La terquedad de unos milicianos de la Selva

El EZLN emprendió la batalla más épica, más quijotesca y romántica en el desolado siglo XX. Y sigue en el combate. Un combate desigual, subrepticio e interminable; sus milicianos siguen en esa lucha porque es parte de su dignidad y de su tradición.

A estas alturas no debería haber ningún militante zapatista. No debería haber ningún festejo en la Selva a principios de año. Si acaso Marcos, transmutado en Galeano. Pero no. Hay cientos todavía que creen en esa lucha; que no abandonan sus comunidades ni su pertenencia al EZ, pese al asedio que padecen de finqueros, de policías, de militares y de todos los gobiernos.

Esos milicianos simbólicos están más allá de las disputas de liderazgo del EZLN. Están más allá de la falta de visión de sus líderes. Están más allá de organizaciones civiles y de la Comandancia General de Liberación Nacional.

Los milicianos zapatistas están ahí y alimentan el sueño más surrealista contra la globalización y contra el gobierno actual. Hay quienes dicen que, con sospechosismo y mala leche, son financiados por Salinas, para protestar contra Morena. Se ve que no los conocen.

Algunos quieren encasillarlos como objetos folclóricos, atractivo para turistas y nada más. En varias ocasiones, amigos de otros estados me han pedido que quisieran entrevistarse con Marcos y hacer un tour por las comunidades zapatistas, como si fueran piezas de museo de los últimos guerrilleros latinoamericanos.

EZLN advierte a AMLO: defenderán su territorio contra megaproyectos.
Foto: Ángeles Mariscal

No defiendo a sus líderes, no defiendo las estrategias mal trazadas, en donde vencieron más los celos personales que los comunitarios y las veleidades de poeta que la ecuanimidad y la valentía del guerrillero. Pero, cuando miro a los milicianos, vestidos de café y verde esperanza, con sus rifles de cacería, me conmueven.

Otras comunidades muy cercanas a las suyas se han beneficiado. Han obtenido apoyos sociales, escuelas y hospitales pagados por el gobierno. Pero ellos prefieren armar su propia “escuelita”, capacitar a sus profesoras y formar a sus médicos tradicionales.

Esos esfuerzos tocan la piel. Así como estas marchas simbólicas de lo que alguna vez fue la presencia frondosa del EZLN, en el despertar de 1994, y que trajo beneficios a otros, menos a ellos.

A estos hombres y a estas mujeres les debemos mucho, aunque ahora parezcan fantasmas molestos del pasado. Gracias a ellos volteamos a ver al México del sur profundo, hecho de rostros indígenas, que reclamaban su participación en la creación del nuevo país. Y lo han conseguido, no obstante nuestro regateado reconocimiento.

También prestaron su voz a las causas de igualdad de género. Desde 1994, los retenes que revisaban a periodistas para asistir a las conferencias o entrevistas con el Sub Marcos, estaban integradas por mujeres. Ellas revisaban y daban el visto bueno al ingreso a territorio rebelde. Participaban en los consejos. No se llamaban feministas, ni se han llamado así nunca, pero su presencia fue parte de un cambio que hoy demuele estatuas.

Al EZ se le ha criticado mucho. Se ha dicho que ha sido el único grupo guerrillero que ha devenido en una ONG, que ha beneficiado a otros, menos a sus militantes, que no ha sido solo la quimera y que se ha hecho realidad aquel dicho que el último rebelde comunista había de emerger y morir en América Latina.

Puede ser que alguna de esas afirmaciones sea verdadera, pero sin la presencia del EZLN, muchas de las conquistas sociales que hoy nos parecen de toda la vida, habrían costado más en ser parte de la cotidianidad.

Por eso hoy, a 26 años del levantamiento zapatista, larga vida a sus milicianos, a su terca voluntad de sobrevivir y de dignificar su vida, aunque muchos quisieran aplastarlos y convertirlos en historia, en piezas de museo, en nada.

 

 

 

 

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