“Los enemigos de Dios”, de Alfredo Palacios Espinosa

Allá por octubre de 1911 se enfrentaron las élites más representativas de Chiapas: la asentada en Tuxtla Gutiérrez, más liberal y masona, y la de San Cristóbal, más conservadora y católica. Entre otros enrevesados propósitos, la disputa fue por la sede de los poderes políticos locales.

Sobre este acontecimiento singular, confuso, cruel y oscuro trata Los enemigos de Dios, una tragedia oculta por dos ciudades (Unich, 2019), la obra literaria más reciente de Alfredo Palacios Espinosa (1948).

Una virtud del texto, y que es una característica en la extensa producción del escritor originario de La Providencia, municipio de La Concordia, es su irrevocable capacidad fascinadora.

En las diez primeras páginas es capaz de armar una trama atractiva y, a partir de ese inicio vibrante, no soltar al lector. Esa cualidad, producto de una técnica depurada y trabajada, se complica cuando se ha escrito tanto sobre un hecho histórico.

Alfredo Palacios sabe que su labor como escritor es llenar los vacíos dejado por los historiadores; crear hipótesis y otras lecturas sobre el pasado. El fin de los historiadores es contar “la historia verdadera”, el “así fue”, pero en esa ruta hay también intereses, miradas de soslayo e imaginación. Al escribir de esas zonas de claroscuros propone: “Es posible que así haya sido”. Nos convence, nos lleva a las intrigas eclesiásticas, a los quereres prohibidos y amorosos en las iglesias, y al refocile de curas y superiores.

El novelista, a diferencia del historiador, puede mezclar libremente personajes y escenas, pero Alfredo Palacios decide apegarse a la realidad, a personas de las que se ha probado su existencia. Al final, más que con los coletos o con los tuxtlecos, con los que simpatizamos y nos solidarizamos, son con los pueblos zoques, tsotsiles, tseltales, con Jacinto Pérez Ch’ixtoj, Pajarito,quien pierde a su familia y, después, la vida.

En este enfrentamiento, parece decirnos Alfredo Palacios, los perdedores fueron los de siempre: los ignorados, los más pobres, los más golpeados. Los líderes coletos del movimiento, que deberían haber sido los derrotados, al final posicionaron sus demandas, y si bien no lograron el propósito del retorno de poderes a San Cristóbal, conservaron las prebendas.

El autor de El heredero del miedo no es solo un gran contador de historias, y el más grande del “así pudo ser” de nuestra memoria chiapaneca, sino un provocador de relojería.

En el “así pudo haber sido”, refiere la entrega pasional del sacerdote minorista Belisario Trejo al obispo Francisco Orozco y Jiménez, de las noches de entrega, y, también, de la ruptura, del silencio y del ocultamiento de ese amor prohibido.

 El obispo es un personaje en sí de novela; sumamente complejo, atractivo, enamorado de sí mismo, de su obra, vestido de sotana y de deseos mundanales, mezcla de ángel y demonio, de espíritu innovador y conservador, de ternura y de violencia, de intriga y de despropósitos.

Alfredo Palacios es un maestro en el arte de crear atmósferas; construye un rico contexto que permite entender el conflicto, con personajes que aparecen y se desvanecen en sus comercios, en sus parroquias, en sus casas acotadas, en los cerros de los Altos, en el río Grande o en la sala de redacción de los periódicos.

Está el ambiente de San Cristóbal, de Tuxtla, de Chiapas en general, de mitrados visitadores de alcobas ajenas, de guayines trazadores de nuevos destinos, de plantas de luz innovadoras, del runrún de obispos envenenados por jicarazos de chocolate, de temblores –de ese memorable y terrible terremoto que causó angustia primero, y fiesta y lluvia de ceniza después entre los chiapanecos–, de intrigas y de campañas políticas y trato injusto a los pueblos indígenas.

Al final del enfrentamiento, que más que entre coletos y tuxtlecos, fue entre indígenas pobres, mal armados y engañados de que luchaban en defensa de su religión, y tuxtlecos –pertrechados con armas modernas–, la victoria estaba anunciada, y así lo reconoce uno de los protagonistas derrotados al término de la contienda: “Todo estaba acabado. La solidaridad y los rangos militares desaparecidos” de los coletos. Todo, dice con frase precisa y literaria, se lo había llevado la chingada.

Hoy, 118 años después de aquel conflicto, los enfrentamientos no se registran entre pueblos mestizos e indígenas, ni entre dos ciudades, y aunque hay pugnas internas, no alcanzan, y esperemos que no alcancen el nivel de violencia, que plasma y registra de forma magistral el novelista, dramaturgo y maestro de generaciones Alfredo Palacios, en eso que fue el cruel y violento enfrentamiento de dos pueblos: el indígena y el cashlán, un conflicto alentado por el mitrado y la élite coleta.

 

Fuente:

Palacios Espinosa, Alfredo (2019). Los enemigos de Dios. Una tragedia oculta por dos ciudades. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México: Universidad Intercultural de Chiapas.

 

 

 

 

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