La divinidad del monstruo de Héctor Cortés Mandujano

“Cuando en el Evangelio según los egipcios, Shelom preguntó al Señor: ‘¿Durante cuánto tiempo prevalecerá la muerte?’, Él respondió: ‘Mientras vosotros tengáis hijos’… Y cuando ella preguntó: ‘Entonces, ¿he hecho bien no pariendo hijos?’, Él dijo: ¿Comed de todas las plantas menos de las que son amargas’”. Robert Graves, en La divinidad del monstruo

 

Una voz se escucha en la oscuridad de la sala. Habla de los egipcios, habla de la muerte y del sentido de la vida, habla de los hijos nacidos del dolor y hechos para el dolor.

Con la luz, reflejada por espejos, se descubre al monstruo de rostro blanco y gastado por el tiempo, y a una persona (Él), vestido de beige como recluso de penal. Y como recluso de esta vida, está lleno de dudas, de incertidumbres, de deseo de encontrar respuestas certeras para el tránsito fácil.

Pero el monstruo no está ahí para entretener a Él, no es su bufón, es un provocador que tiene respuesta para todo: para la muerte, para la amistad, para la eternidad, una respuesta incompleta, que debe ser rellenada por Él.

El monstruo está ahí porque es parte de nosotros, porque es parte de nuestra divinidad y de nuestra maldad, nuestro Ello, nuestro ser alado y nuestro ser terrenal, nuestra realidad y nuestra ficción, el que nos invita a caminar, a imaginar y a avanzar en contra de nuestro enemigo permanente: el tiempo, “el único animal que se alimenta de sí mismo”, pero que es incapaz de devorarse. El monstruo nos obliga a agazaparnos, a dejarnos morir, a negarnos a la vida, a pensar en ella. Dualidad pura.

Nuestra parte monstruosa nos dice que no hay hombres ni mujeres libres, que todos estamos atados a un nombre, “a una familia, a una nacionalidad, a una vestimenta, a una posición, a unas ideas”. La servidumbre, dice Héctor Cortés Mandujano en su papel de Ello, de Monstruo, es infinita “y a eso lo llaman identidad, individualidad, un sinnúmero de estupideces”.

Tampoco la vida tiene sentido; a menos que alguien le otorgue sentido: “No existe la vida en un sentido general, no existe la vida viviéndose y no hay la gran vida, sino viditas, en diminutivo; gente que transita en el tiempo”, susurra el Monstruo.

La divinidad del monstruo es una obra compleja, y por tanto de asistentes a quienes se les exige completar la actuación. Es implacable con el público que se reúne en Telar Teatro, ese proyecto que debería contar con todos los apoyos, por el esfuerzo de proponer algo diferente, más allá de los musicales comerciales, y sobre todo ofrecer un foro a las obras de creadores chiapanecos.

Héctor Cortés Mandujano es un creador de una obra consolidada, que será referente en la narrativa y la dramaturgia mexicana. Confío en que llegará el momento en que este escritor, el más valioso que tenemos, reciba el reconocimiento nacional que se merece; por lo pronto, es respetado, leído y seguido por una cofradía de admiradores que asiste a sus obras de teatro y a las presentaciones de sus libros.

Este escritor se ha rodeado de un equipo creativo para la puesta en escena de sus obras de teatro y para la permanente publicación de sus obras literarias. Juventino Sánchez siempre está ahí para armar ediciones atractivas con su Tifón Editorial; el grupo Marabunta, de Telar Teatro, y por supuesto de Alfredo Espinoza, que interpreta con coraje, con un desdoblamiento impresionante a Él; de Nadia Carolina Cortés Vázquez, maquillista y diseñadora del vestuario; Dalí Saldaña, responsable de la iluminación, y del grupo Octavo Garage, que se encarga de la musicalización.

La divinidad del monstruo tendrá sus últimas representaciones el próximo viernes 14 y sábado 15 de febrero en Telar Teatro, ubicado en la 9 Sur y 4 Poniente. Vale mucho la pena asistir.

 

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