Nuestras pastorelas de navidad

 


© El arcángel y la demonia. Ciudad de México (2019)

La Navidad y el Año Nuevo en los Cuxtepeques, desde muy pequeño o desde que recuerdo, siempre les asocié al fresco de las noches de Todosanto; al de las noches y madrugadas de principios de noviembre. Fresco que desde ahí se acentúa de poco a poco. También con las posadas que inician el dieciséis de diciembre, nueve días antes de la Noche Buena, igual que todos los novenarios. Con la Misa de Gallo del 24 de diciembre, en donde se celebra el nacimiento del Niño Dios, y con las Sentadas de Niño que igualmente se celebran (o pueden celebrarse) desde el día siguiente de la “nacida” y hasta antes de la celebración de la Virgen de Candelaria, el día dos de febrero.

Relaciono también la Navidad con las piñatas de siete picos y sus ollas de barro; con los originales “aguinaldos” de las posadas y con el “regalito” que nos traían los Reyes Magos el seis de enero. Para nada “los” regalos, sino alguno, pequeñito, en el caso de que tuviésemos suerte. A los niños de los años sesenta y setenta del siglo pasado, nos agasajaban sólo el día de nuestro santo o el de nuestro cumpleaños.

A mi paso por el Seminario Menor en Tuxtla (sitio en donde se forman los nuevos ministros religiosos católicos de la Diócesis local), entre 1972 y 1975, supe de las pastorelas que se efectúan a lo largo de diciembre. Actué incluso en las del Seminario y en alguna ocasión en la que se escenificaba en el auditorio anexo al templo de San Roque. Igual, durante ese período afirmé mi conocimiento sobre las posadas y el nacimiento, y tiempo después, durante la Universidad, fue en San Cristóbal que vi por primera vez a los Reyes Magos —disfrazados, orondos, gigantes—, como parte del desfile o procesión que luego supe, se efectuaba cada seis de enero.

Ahí me enteré de las Roscas de Reyes; de sus rebanadas que con café o chocolate se servían (y aún sirven) en las cafeterías y restaurantes de la ciudad. Y después, durante mi larga temporada de trabajo en el palacio del Gobierno del Estado, supe de los “muñequitos” que ponían dentro de las roscas y de su consecuencia típica: que el día de Reyes, durante el tentempié y la repartición de pequeñas porciones, “quien le tocaba niñito”, debía organizar algún convivio en su casa, el día de la Candelaria.

Luego vino César Antonio, nuestro hijo único, y con él, el kínder Cri Cri de la maestra Villy, donde aprendimos esta estrategia: que el día anterior de Reyes, los niños garabateaban su pedido, metían su mensaje a los globos, las educadoras los inflaban con helio y… gozosa la muchachitera soltaba sus globos al viento. A la mañana siguiente, nuestros hijos debían encontrar el regalo de los Reyes al pie de su cama. Años después, tiempos más recientes… quizá finales de la década de los noventa, los radicados en Tuxtla supimos de la costumbre defeña o del centro del país: convidar tamales a los vecinos, el día dos de febrero, celebración de la Candelaria.

Sin embargo, de entre todas estas navideñas prácticas culturales, deseo destacar la de las pastorelas, pues ellas vienen de lejos, de España, de los religiosos y sus misiones evangelizadoras; de la época de la Colonia. Una tradición antigua y arraigada en todo México, en Centroamérica y quizá en los demás países de la América Latina. Forma antiquísima, lúdica y muy didáctica de enseñar al pueblo, a la gente sencilla, las peripecias míticas del nacimiento del Niño Dios de los cristianos.

Y bien, ratifico que me encantan las pastorelas. Igual que todo el teatro habido y por haber. Desde las pequeñas escenas que practican nuestros hijos y nietos en el kínder, y en las escuelas o academias de catecismo, hasta las verdaderas joyas teatrales representadas por grupos formales de teatro. Sigo asistiendo a las que anualmente efectúa el Seminario, a algunas escolares, y a otras que nos invitan. De repente a alguna montada por el colectivo La Puerta Negra, el Teatro de la Ciudad, Lola Montoya, Aarón Vite Grajales y sus seguidores, o los varios pequeños grupos teatrales que hoy, afortunadamente, abundan en Tuxtla y todo Chiapas.

Debido a ello, durante la temporada que acaba de transcurrir, nos invitaron y estuvimos… en una infantil en San Cristóbal, en la escenificada por los pupilos del buen William Ordóñez Ruiz —Facultad de Humanidades, UNACH— y en otra organizada formalmente por actores profesionales. En la ciudad de México, teatro Rafael Solana del Centro Cultural Veracruzano.

Me refiero a la pastorela presentada por el director William Ordóñez y su grupo de teatro Letra y Movimiento, en el Auditorio de los Constituyentes de la UNACH el pasado 20 de diciembre: La Noche más Venturosa, pastorela clásica del teatro mexicano. Y Las Pachecas a Belén de la empresa Alonzzo Producciones, escenificada hasta hoy —según nos enteramos por el programa de mano—, durante más de treinta temporadas anuales. El 17 de diciembre la vimos y disfrutamos complacidos. Entre otros motivos, por sus cinco actores varones, revestidos de mujeres, una de ellas como el propio demonio.

Aunque… ya para cerrar, recordemos que estas pequeñas obras, serían imposibles sin los personajes del relato bíblico: María, José y el Niño, los y las pastoras, algún soldado romano, pero, sobre todo, sin el ángel o arcángel y el mismísimo satanás. Así que ya lo saben: durante la próxima Navidad, que no se nos escape la ocasión. ¡A promover las pastorelas con nuestra asistencia! y sobretodo, sin blasfemar por las inconsistencias del lugar o el precio.

cruzcoutino@gmail.com agradece retroalimentación

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