Banalizar el mal no se olvida en Europa 

Como si se tratara de la historia cíclica expresada por Arnold J. Toynbee, aunque sin los resultados que el académico británico preveía, hoy la vieja Europa vuelve a mirarse en el espejo para hallar y reconocer el mal. Concepto, este último, unido a nuestra condición humana y que, por lo tanto, debe leerse desde códigos morales, y ello no significa un nexo obligatorio con algún tipo de credo religioso. En este caso, la moral se relaciona con conductas individuales y sociales, con actos humanos que afectan a otros humanos, y la valoración que se hace de dichos actos en el sentido de ser considerados justos e injustos, buenos y malos, honestos o deshonestos.

Hablo del mal, de la maldad, para tildar lo que está ocurriendo en las aguas del mar Mediterráneo con las personas que mueren al huir de las guerras que no han provocado. Un hecho que sucede desde hace varios años y al que ahora se une lo observado en los últimos días. Cuerpos policiales y manifestantes de ultraderecha se han establecido como escudos para que refugiados en territorio turco no accedan al territorio griego, el de la Comunidad Europea. No se desentrañará la perversa geopolítica que ha establecido infinidad de campos de refugiados en Turquía; los orígenes de las guerras creadas por las potencias mundiales en el Medio Oriente; la permisividad con la que se tratan las acciones políticas y militares del Presidente turco, R. T. Erdogan, o las nuevas formas de combatir por el control hegemónico de ciertos territorios estratégicos por su ubicación geográfica y por los recursos naturales con los que cuentan. Cada uno de esos temas merece un análisis pormenorizado, sin embargo, todos ellos se relacionan con la condición vivida por millares de seres humanos que han debido huir de su tierra natal para sobrevivir, ya ni siquiera para conseguir un mejor futuro como ocurre con los migrantes laborales.

A los muertos en el mar Mediterráneo hoy se unen algunos más por ese cierre de la frontera europea, ese escudo que agradeció la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, cuando visitó la zona conflictiva: “Agradezco a Grecia que sea el escudo de Europa”. Una idea de escudo que solo se entiende como instrumento defensivo, aunque en este caso se proteja de seres humanos desarmados, sin capacidad de ataque bélico de ninguna naturaleza.

Por lo anterior, quiero recordar la banalización del mal, en el sentido que lo hizo Juan Luis Nevado en su artículo “Reflexión acerca de la crisis de los refugiados a través de la categoría de “banalidad del mal” arendtiana”. Texto muy recomendable, y publicado en la Revista Internacional de Derechos Humanos en el año 2019, y que nos conduce a la Europa actual con el trasfondo de las explicaciones que la filósofa Hannah Arendt efectuó al escribir su libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Obra, profusamente discutida, y que surgió del juicio celebrado en Israel contra el funcionario nazi Adolf Eichmann. Reconocido genocida durante el Tercer Reich alemán que fue detectado en Argentina, bajo el nombre de Ricardo Klement, y llevado por el Mossad al nuevo Estado israelí.

La filósofa, que reflexionó sobre el origen del totalitarismo, observó en Adolf Eichmann a una persona que no tenía criterios morales sobre la “solución final” nazi en la que participó. Era, para la pensadora judía, un funcionario que cumplía la política del Reich alemán con la mayor eficiencia posible para poder ascender en el escalafón laboral del régimen político. Circunstancia que llevó a Hannah Arendt a reflexionar sobre lo que ella misma bautizó como “banalidad del mal”. Acciones y actuaciones de seres humanos al servicio de un sistema o una idea, sin cuestionarse las reglas y herramientas que lo sustentan, aunque ellas signifiquen la vejación o el exterminio de seres humanos. Conscientes o no de los actos cometidos, lo que resulta evidente es que la banalización del mal se ejemplifica en el caso de Eichmann con su relajación moral. Actitud secundada y justificada por ser parte de un régimen político y una sociedad que, en su mayoría, apoyaba esa forma de pensar y sus consecuencias. Testimonio racional, explicación coherente, pero que para la filósofa alemana no significa que los seres humanos deban escabullirse de sus responsabilidades, de su posicionamiento moral contra el mal.

Hoy, las palabras de la presidenta de la Comisión Europea resuenan como una repetición de cualquier banalización del mal por estar al servicio de su institución y de los Estados que la componen, por encima del sufrimiento humano que se desea alejar, aunque ello signifique la muerte de personas. Como si el no observar, el no ver cara a cara representara la inexistencia del problema. Discurso y actitudes que México también tiene cerca en ambas fronteras, la sur y la norte. Hecho que lleva a reflexionar sobre la condición cíclica de las acciones humanas, como si la historia no sirviera de aprendizaje, de ejemplo a no repetir.

 

 

 

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