La ciencia como respuesta

Dedicado a mis estudiantes de la

Maestría en Estudios Culturales de la UNACH

En las plagas de la antigüedad, a quien acudían los grupos de personas en busca de ayuda y de consuelo eran los expertos de la mística y de la espiritualidad. En ellos veían el lazo comunicante entre lo terrenal y lo sagrado. Así, sacerdotes, chamanes, visionarios eran consultados para dirigir las respuestas emocionales tan elementales en la hora del desamparo y desasosiego.

Ahora no. En lo aciago de nuestro contexto, la carrera contra el tiempo la encabeza la ciencia, ese campo de conocimiento que ha rubricado nuestro comportamiento como humanos por lo menos desde hace tres siglos (tal y como la conocemos ahora).

Vilipendiada por políticos ideologizados y marginada por los futuristas y nuevos místicos de nuestro tiempo, a la ciencia se le han escatimado recursos para su propio desarrollo. En casi todos los programas políticos de cualquier país se le ha quitado presupuesto y ninguneado como si fuese una actividad de ocio y secundaria al resto de la vida social.

En medio de la tendencia actual para descreditarla como el más acabado espacio de conocimiento contemporáneo, como negar el calentamiento global al estilo de Donald Trump; o la contaminación mundial que ha hecho ver, por primera vez en la historia de la humanidad, lo no perdurable de nuestros recursos y, por ende, una posible extinción de nosotros mismos; o la aparición de las teorías de los “complots universales” dejando de lado la explicación sociológica de un mundo amorfo y disperso en sus certezas, a la hora de la expansión del CODVID-19, todos los ojos ponen atención, ahora sí, a las explicaciones de la ciencia y lo más importante: sus esperadas y ansiadas soluciones.

No es casual. Lo que resalta es que no hay ningún conocimiento infalible que pueda apaciguar las ansiedades colectivas de la actualidad. Por ejemplo, las respuestas religiosas dan eso, respuestas, pero no las certezas requeridas en cuánto durará y culminará este problema, en beneficio de nuestra tribu social y el retorno a las rutinas cotidianas, ese mundo normalizado que tanto trabajo nos ha costado construir. Los otros conocimientos disponen de elementos para fortalecer lo que está y lo que viene, con una fe predestinada; el desenlace no sucede ni pasa por los humanos, sino por fuerzas más allá de la razón.

Pero sin fe, tampoco ciencia funcionaría a escalas planetarias. Esa misma fe que provee la dirección de las cosas para que funcionen bien, no necesaria ni únicamente la fe espiritual a secas; más bien, la fe de creer en algo que pueda funcionar. La ciencia, entonces, recobra hoy su sentido. En la primera línea de combate frente al Corona Virus los/as médicos y personal sanitario. Mientras la mayoría de la población se le conmina a guardarse en nuestras casas, este grupo de científicos atiende, diagnostica, cura, reconforta, promueve, pelea aún a costa de su propia salud. No descansa. Mientras esto sucede, la segunda línea: los químicos, epidemiólogos, biólogos de laboratorio, etc., trabajan incansablemente en la vacuna para la pandemia. Sumados está el personal de higiene y sanidad de todos los países que ahora mismo hacen tareas de contención o, en el caso de México, a la espera de las fases críticas de la expansión, como soldados en trinchera, acuartelados en beneficio de nuestra salud. Los científicos al pie del cañón.

La mirada voltea a la ciencia. Como antaño, los expertos tienen como zona de influencia la proximidad de una Verdad que es la única que puede dar fin al avance del virus. Al leer el discurso de la canciller alemana Ángela Merkel y lo que los chinos están trabajando, queda claro que todas las medidas de contingencia son para darles tiempo a los científicos. Tiempo es el que necesitamos, y dar paso a lo que este conocimiento ha servido en estos últimos siglos de avance cognitivo en favor de toda humanidad.

Me gustaría imaginar gestos de humildad y sensatez ante una pandemia que azota a todos por igual, que democratiza la salud y la muerte. Los que ganan millones (artistas, deportistas, empresarios, actores, etc.) podrían donar algo a los centros científicos que están ahora mismo laborando sin tregua. Seria interesante recobrar eso, las formas más primitivas de solidaridad.

Les comentaba a mis estudiantes que nosotros somos parte del campo científico. Nuestro papel quizá no sea inmediato en cuanto a soluciones posibles, pero si en realidad contribuimos es crear universos de información veraz capaz de contener las falacias y las notas de alarma y calamidad sin fundamento. No hay nada peor que un pueblo ignorante, pero es realmente trágico si le sumamos el temor y el pánico social. De ahí que, en estos casos, los científicos sociales servimos para informar y difundir y recrear los escenarios posibles que den pauta a pensar, siempre, en mejor mundo posible. No es simple utopía. Si tan solo lo pensamos, nos devolvemos a nosotros mismos nuestra ruta de humanidad perdida en los irracionales y oscuros deseos del oscurantismo y superchería.

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