Las virtudes de la sangre menstrual

Casa de citas/ 473

Las virtudes de la sangre menstrual

Héctor Cortés Mandujano

 

Leo, en el eBook de mi lector electrónico, el volumen uno del erudito y complejo ensayo La diosa blanca, de Robert Graves (1895-1985), que busca, simplifico, aclarar los misterios bárdicos de varios poemas antiguos, enlazados entre sí. Para ello hace gala de conocimientos botánicos, bíblicos, esotéricos, mitológicos, poéticos… Cuánto sabía este poeta, novelista, ensayista inglés.

Comparto algunas ideas (pp. 29-30): “La ‘Yegua nocturna’ o Pesadilla es uno de los aspectos más crueles de la Diosa Blanca. Sus nidos, cuando se les encuentra en los sueños, alojados en las grietas de las rocas o en las ramas de enormes tejos huecos, están hechos con ramitas cuidadosamente elegidas, forrados con pelos de caballo blanco y plumas de aves proféticas y sembrados de mandíbulas y entrañas de poetas. El profeta Job dijo de ella: ‘Habitaba y permanecía en la roca. Sus crías también chupaban sangre’ ”.

Esculapio, rey de la tribu tesaliense, resucitó a Glauco de entre los muertos, se salvó de perecer en la hoguera y también (p. 54) “se acostó con cincuenta muchachas enamoradas en una sola noche”. Un Lázaro lúbrico.

En uno de los poemas analizados, Graves habla de “la Silla de Idris”, un asiento de piedra donde (p. 101), “según la leyenda local, el que pasa en él la noche se le encuentra a la mañana siguiente muerto, loco o convertido en poeta”.

En otra indagación llega al nombre de Hércules (p. 138): “Pero ‘Hércules’ es una palabra de muchos significados. Cicerón distingue seis figuras legendarias diferentes llamadas Hércules; Varrón, cuarenta y cuatro. Su nombre, en griego Heracles, significa ‘Gloria de Hera’ y Hera es el nombre griego primitivo de la diosa de la Muerte”.

Hay varias variantes, todas horribles, de cómo murió Hércules. Tomo ésta que no conocía. Lo emborrachan, lo atan a una cruz (p. 140), “lo golpean sus compañeros hasta que se desmaya y luego lo desuellan, ciegan, castran, empalan con una estaca de muérdago y finalmente lo despedazan en la piedra que sirve de altar. Recogen su sangre en una vasija y la utilizan para rociar a todos los miembros de la tribu, y hacerlos vigorosos y fecundos. Los pedazos son asados…”.

En ciertos momentos históricos, que Graves precisa, muchos poemas heréticos fueron recortados por orden del Papa. Los poetas herejes razonaban su desacuerdo (p. 161): “El Papa, aunque permite que representemos a Jesús como un Pez, como el Sol, como el Pan, como el Vino, como un Cordero, como un Pastor, como una Roca, como un Héroe conquistador y hasta como una Serpiente Alada, nos amenaza con el fuego del infierno si nos atrevemos a celebrarlo como los venerables dioses a los que Él ha reemplazado y de cuyo ritual se derivan todos estos símbolos”.

Los dedos y las manos están ofrendados a dioses; el centro de la mano, por ejemplo, está ofrendado a Marte, el dios de la guerra, porque en el centro queda la empuñadora de la espada y por eso todas las manos tienen dibujadas la inicial mayúscula del dios Marte; además (p. 222): “Los romanos y los griegos empleaban el pulgar, consagrado a Venus, para ponerse los anillos con sello, los cuales eran habitualmente de hierro; eran amuletos profilácticos para conservar la virilidad, pues el pulgar era sinónimo del falo y el hierro una cortesía con el marido de Venus, el dios herrero Vulcano. Pero para los anillos de boda empleaban el cuarto dedo de la mano izquierda. Macrobio, que escribió en el siglo V, explicó esa costumbre basándola en dos razones: que éste era el dedo menos utilizado de los diez y el menos capaz de movimiento individual, y por consiguiente aquel en que se podían llevar con más seguridad piedras preciosas; y (citando la autoridad de Apiano, el escritor del siglo I) que por este dedo corre una arteria que va directamente al corazón”.

Otra variante mitológica de la creación del mundo (p. 280): “La creación del mundo, según los órficos, fue el resultado del acto sexual realizado entre la Gran Diosa y Ofión, la Serpiente del Mundo”.

¿Por qué la manzana ha tenido una importancia mítica tan inmensa?, se pregunta Graves y dice (p. 291): “La respuesta se halla en la leyenda del alma de Curoi oculta en una manzana; cuando la espada de Cuchulain partió la manzana ‘la noche cayó sobre Curoi’. Pues si se corta una manzana por la mitad transversalmente cada mitad muestra en el centro una estrella de cinco puntas, símbolo de inmortalidad, el cual representa a la diosa en sus cinco estaciones desde el nacimiento hasta la muerte y, a la inversa, hasta el nacimiento otra vez. También representa al planeta Venus –la manzana estaba consagrada a Venus– adorada como Héspero, la estrella vespertina, en una mitad de la manzana, y como Lucifer, el Hijo de la Mañana, en la otra”.

En las notas finales, Graves cita a Plinio sobre lo bueno y lo malo de la sangre menstrual (p. 298): “Su contacto puede secar las vides, la hiedra y la ruda, descolorar un paño purpúreo, ennegrecer la ropa blanca en la artesa, empañar el cobre, hacer que las abejas abandonen la colmena y que aborten las yeguas; pero puede también librar a un campo de las plagas […], calmar una tormenta en el mar […], y curar los furúnculos, la erisipela, la hidrofobia y la esterilidad. En el Talmud se dice que si una mujer en la menstruación pasa entre dos hombres, uno de ellos morirá”.

Foto: Nadia Carolina Cortés Vázquez

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Tuve ocasión de conversar algunas veces con Carlos Monsiváis y me contó, en una de ellas, que había dejado de publicar su columna en El Nacional (un diario oficial que, supongo, desapareció hace tiempo), porque había descubierto que nadie lo leía allí. Ni los correctores. Lo comprobó, me dijo, cuando envío siete veces la misma columna y nadie reclamó, nadie se dio cuenta.

Más o menos lo mismo pasa con el protagonista del cuento “La nube de Smog”, de Ítalo Calvino (contenido en Los amores difíciles, RBA, 1989), que es contratado para escribir artículos en La Purificación, una revista. Dice, cuando ve que nadie le comenta su nuevo artículo (p. 246): “Ni Cordà ni los otros me hicieron nuevas observaciones, pero esto en vez alegrarme confirmaba mi sospecha de que nadie leía La Purificación”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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