No hay virus que gane al miedo

Como si la historia volviera a repetirse, desde hace varias semanas la mutación de un virus de la gripe bautizado como Coronavirus recuerda el pánico que desató en México la aparición de una variante de la influenza tipo A, llamada H1N1. A raíz de ello México se vio envuelto, durante la primavera del año 2009, en una vorágine de noticias y, sobre todo, de desinformaciones por la emergencia de una enfermedad que estaba afectando a muchos mexicanos. Las medidas tomadas para luchar contra ese nuevo virus desde el propio país y por instancias especializadas a nivel internacional, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), no impidieron el pánico y las reacciones que, por irracionales que parezcan, son totalmente humanas.  Tan humanas como nuestras creaciones en forma de novelas y películas donde el argumento se centra en las múltiples formas de destrucción, real o posible, causadas por extrañas enfermedades.

Foto: Campaña de vacunación de Secretaria de Salud

Ulrich Beck, su definidor, así como otros sociólogos como Anthony Giddens, han hablado de la “sociedad del riesgo” como propia de una modernización, con sus avances tecnológicos, que crea inseguridades ligadas al cambio constante, a las transformaciones que nos sobrepasan. Es decir, cuantas más certezas y mejores condiciones de vida parecen existir, la preocupación por la propia seguridad se convierte en una obsesión, en un temor que es parte de nuestra construcción simbólica de la realidad.

La historia está llena de ejemplos de miedos sociales, incluso movimientos de trascendencia política para la humanidad, como la Revolución francesa, fueron precedidos de circunstancias que se conocen como “la grande peur” (el gran miedo). Pánico a problemas de convivencia social y violencia que fueron más rumores que certezas, aunque esas circunstancias sí antecedieron las revueltas que provocaron la posterior toma de La Bastilla y la caída de la monarquía en la Francia de 1789. Ejemplo no único, por supuesto, ya que las pestes y la divulgación de enfermedades infeccionas hasta bien entrado el periodo histórico Moderno, así como ciertos desastres también han ocasionado olas de pánico y, lo que es peor, la búsqueda de responsables, casi siempre grupos humanos minoritarios o estigmatizados por su condición étnica o religiosa.

Hoy en día se cuenta con más conocimientos, mayores avances científicos para poder comprender las causas que producen el surgimiento de enfermedades como la mutación sufrida por un virus de la gripe, así como las formas para combatirlo, a través de encontrar el medicamento indicado y la creación de la pertinente vacuna para prevenirlo. En definitiva, cuanta más indagaciones y conocimientos se tienen también parece que las informaciones fluyen hacia la construcción de narrativas alejadas de la supuesta realidad. De ahí que se hayan divulgado noticias espeluznantes. No se niega con ello que existan muchas lagunas en el conocimiento alrededor de lo que ocurre en China, puesto que es uno de los países más herméticos, por su autoritarismo político, a la hora de conocer sus interioridades. Pero lo anterior no impide señalar que el mundo de grandes avances tecnológicos no puede combatir la capacidad humana de construir significados. Más allá de la ciencia, y también trascendiendo las informaciones mal intencionadas que existen y tendrán sus motivos, los seres humanos edificamos nuestro pensamiento a través de múltiples informaciones no necesariamente ordenadas, sino que en su dispersión producen la opinión individual y social. Un pensamiento de la plaza pública que no siempre resultará agradable, en especial cuando se manifiesta con discriminaciones como las observadas tras el Coronavirus sobre la población asiática en distintos lugares del planeta. Realidades que deben llamar la atención sobre los disímiles tiempos que tienen las transformaciones científicas y los constructos culturales, éstos últimos los que nos otorgan la condición de humanos. Y nada es más humano que el miedo.

 

 

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