El miedo a morir por el Coronavirus

In Memoriam de Pilar Lisbona Espín

Hace algunos días escribí sobre el miedo en relación al Coronavirus (Covid-19). Esa novedosa variante de virus de la gripe que se declaró en China y que se estaba extendiendo rápidamente por el mundo, a pesar de las drásticas medidas tomadas por el gobierno del gigante oriental. Ello ha llevado a una doble escalada de acontecimientos. En primer lugar, como es lógico, aparece el incremento de casos detectados, de personas contagiadas con dicho virus en el orbe, aunque haya continentes y países mucho más afectados. En segundo lugar, se sitúa la inflación de informaciones de distinta naturaleza sobre el tema del virus, y que han oscilado entre las emitidas por especialistas en epidemiología y las creadas para causar confusión por ser falsas, pasando por un sinnúmero de casos donde el espectáculo, muchas veces interpretado por periodistas, es el objetivo mismo del despliegue informativo, sin importar el rigor y precisión de lo comunicado.

Desde hace tres semanas la Organización Mundial de la Salud declaró la aparición del Coronavirus como pandemia mundial, un hecho que representa la existencia de una enfermedad epidémica que se expande por el mundo, a la vez que ataca a las personas de manera indiscriminada. Algo similar, con toda la distancia temporal existente, a la pandemia más recordada de la historia contemporánea, como lo fue la de la influenza o gripa española de 1918, aquella que a nivel mundial se estima que mató a 50 millones de personas, aunque las formas de recontar casos no eran tan precisas como lo son en la actualidad.

Ello recuerda otros momentos históricos, de los más mortíferos que ha vivido la humanidad, como el de la peste bubónica que se extendió durante siglos, en especial en Asia y Europa, pero que tuvo en el siglo XIV, cuando acababa el periodo histórico conocido como Edad Media en el continente europeo, el momento más crítico. Desolación y merma poblacional abordada por muchos historiadores, y en expresiones culturales como el cine y la novela.

Pero si la peste bubónica abrió la posibilidad de dar múltiples explicaciones sobre su origen y los motivos que propiciaron tal epidemia, sobre todo a través de las referencias religiosas del periodo, hoy también existen diversas explicaciones, con seguridad más variadas debido a la complejización del mundo global. Interpretaciones religiosas, conspiraciones de todo tipo y, en especial, muchas afirmaciones entornadas de cientificidad, pero muy poco científicas, están circulando por el sinfín de canales de difusión con los que hoy se cuenta en el planeta.

La muerte, y sus causas, siempre han sido interpretadas de distinta forma debido a las diferencias culturales de la humanidad. Pero dicho ello, hoy el mundo globalizado ha extendido formas de temor, de miedo, que son más estandarizadas en el planeta de lo que eran hace siglos. El miedo a morir se generaliza en relación, también, con la prolongación de la vida hasta edades impensables en la historia. Si en la Edad Moderna europea el promedio de vida se ubicaba en alrededor de 40 años, hoy ese promedio en la Comunidad Europea se sitúa en los 81 años. Esa extensión del tiempo de vida, gracias a los avances médicos, ha significado que la muerte se posponga, se atrase, y cueste enfrentarla como lo demuestran los esfuerzos por dilatar el vivir a cualquier precio, y que también se ejemplifica con la idea y las acciones encaminadas a mostrarnos siempre jóvenes.

Pandemias como la del Coronavirus, y las que con toda certeza se extenderán en el mundo durante años venideros, ponen de cabeza a Estados y gobiernos que deben tomar medidas sin ningún tipo de certeza, pero que se dirigen a evitar el colapso sanitario. Aquel que impediría atender a toda la población damnificada por el nuevo virus. Circunstancias que afectan la cotidianidad de la ciudadanía, aquella que debe confinarse en casa para evitar los contactos con otras personas y así cortar la cadena de contagios. Un estado de excepción en la vida de las personas que acrecienta el temor por la muerte propia o de familiares que fallecen lejos del contacto con los seres queridos, aquellos que tampoco pueden siquiera darles el último adiós. Esta muerte por el Coronavirus cuestiona nuestra forma de enfrentarla, como objetará el futuro de los vivos cuando este estado inusual de vivir finalice. Ello merece otra reflexión porque la crisis económica mundial que ya inició nos afectará a todos.

 

 

 

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