La calle en tiempos del Covid

Salgo a la calle. Si encuentro a un amigo no creo que me reconozca. Llevo gorra, lentes y un cubrebocas que me tapa gran parte del rostro.

Sé que en algún momento me contagiaré, pero no quiero ser presa de a centavo del virus. No por mí, pienso, sino por mi madre, con quien paso tardes de plática entretenida.

Los dos sabemos que por alguna ventana que abrimos al mundo llegará el virus con el aliento de una visita despreocupada, de los nietos o bisnietos.

Es un virus traicionero que se aprovecha de los sanos para esparcir su ponzoña y abrir las espinas engañosas de corona.

Mi madre quiere abrazar a las nietas. Le digo que no, que se aplazaron los abrazos y las felicitaciones efusivas.

Es un poco escéptica, pero no yo, por eso voy de gorra y lentes gogles. Efectivamente nadie me reconoce, o el amigo aquel ha preferido desviar a la mirada para no encontrarnos y no retroalimentarnos de este virus innombrable.

Es mejor. Yo tampoco quiero hablar con nadie a menos de un metro de distancia. Es inevitable, sin embargo, responder a la dependienta, quien sin cubrebocas y con guantes sucios, pregunta si soy cliente consentido con la energía de sus veintitantos años y sin miedos estorbosos.

Camino a mitad de la calle. No quiero tropezarme con nadie en la banqueta. Por ahí van filas de despreocupados que florecen a la vida, novios de besos endémicos, amigos de compañía chisporroteante, enjambres de niños y uno que otro viejito incapaz de mantenerse alejado del barullo y del chismerío. Los hay también que deben salir porque no tienen nietos ni parientes o amigos para comprarles la comida del día. Hay muchos que salen a ganarse la tortilla en medio del temor. Veo a una viejecita que jala una cubeta y ofrece tamales. La necesidad expulsa a nuestros ancianos de sus casas.

La guadaña marcha silenciosa entre fiestas y celebraciones furtivas de nuestros paisanos.

Voy disfrazado de enfermero. Los lentes me aprietan. El cubrebocas me acalora. Quisiera tirarlos. Me imagino los médicos de batas, lentes, guantes y estrés. Aquí es cierto que todavía empieza la batalla. Han tropezado las primeras víctimas. Han caído los primeros contagiados. Informan que hoy domingo tenemos 124 casos confirmados y 6 muertos en nuestro estado.

Camino por una desértica Real de Guadalupe en San Cristóbal en busca de uns medicina para mi madre. No recuerdo en mi cincuentena haber visto a esta ciudad tan vacía. Menos por estos días, río antaño de paseantes bulliciosos. Ahora no. Chiapa de Corzo está menos solitaria. Es cierto que no hay turistas, pero sus habitantes caminan despreocupados y se solazan con el sol de 40 grados de este fin de semana. El reloj, la Pilona y la pochotona están solitarios, cercados por cintas prohibitivas y policías vigilantes.

Regreso a mi casa, me quito los lentes, el cubrebocas, la ropa y los zapatos. Es más protección psicológica, porque este virus está al acecho y en viaje constante, capaz de llegar de China a Suchiapa, mi pueblo, en solo 115 días. Vuelvo a lo mío, a refugiarme en viejos libros, en periódicos viejos. Por ahora, huyo de las redes sociales. Siento que ahí los ánimos están enardecidos. Muy polarizados. Debe ser la incertidumbre de estos días en que se juega nuestro destino.

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