La pandemia, el humor y la responsabilidad

Como si fuese una quiniela deportiva, la enumeración macabra del número de infectados, los déficit institucionales y el total de defunciones diarias, quienes intentamos seguir el ritmo con que la enfermedad crece, vamos sumando elementos que nos ayudan a comprender el fenómeno en sus múltiples aristas, pero quizás perdemos sensibilidad cuando nos abocamos al puro ejercicio de contar. Así, la contabilidad en sí misma tiene el propósito de dimensionar el problema, pero parece perder relevancia el hecho que detrás de ellos se expresa el dolor de muchas personas.

Si las profesías que científicos y escritores proporcionan acerca de las consecuencias negativas y positivas de la masificación de nuestras ciudades, teniendo como ejemplo paradigmático la zona metropolitana de la Ciudad de México, la pandemia por el coronavirus que ahora nos ataca y nos recluye como medida profiláctica, es la afrenta calamitosa de la costumbre muy mexicana al arrejuntamiento.

Claro que esto tiene sus propias expresiones -digamos- regionales. Mientras más nos acercamos al centro del país somos presa del terror que se inocula con el propósito de provocar caos y patologías entre la población, que pueden derivar en actitudes temerarias o en las irracionalidades del pavor colectivo.

Los días de guardarse nos ponen una dura prueba no solamente porque en la alegría y la tragedia podemos decir que disfrutamos estando cerca, sino porque la gracia de nuestras penurias casi perpetuas convierte nuestra proximidad en elemento imprescindible para la sobrevivencia. En nuestros conflictos y diferencias, así como en los dramas sociales como consecuencia de la acción de la naturaleza, no escatimamos esfuerzos para la solidaridad o al menos para las palabras de aliento.

El gran ídolo del sureste mexicano, Chico Ché, inventó la fórmula musical para sacudirse los estragos de los fenómenos naturales, como los terremotos que tantas desgracias nos han causado. ¿Dónde te agarró el temblor? Pregunta el cantante y su coro le responde, “en medio de la cocina”. No está por demás señalar que el movimiento telúrico del 85 arrojó un saldo fúnebre, de acuerdo con cifras oficiales, de poco más de 3 mil muertos; pero los datos extraoficiales indican que el número de fallecidos alcanzó los 20 mil. La tragedia tuvo dimensiones dantescas si tomamos en cuenta que aproximadamente 250 mil personas se quedaron sin hogar y cerca de un millón tuvieron necesidad de abandonar sus casas por fallas estructurales, inseguridad y miedo. Pero, de nuevo, la reacción de la ciudadanía no se hizo esperar, mientras las autoridades locales y la federación se paralizaban frente al fenómeno.

Nuestra vocación casi poética de vivir convierte en artículo de primera necesidad todo aquello que convoque un variado conjunto de expresiones artísticas. Por eso es que, mientras otros países luchan por encontrar la fórmula perfecta para detener el virus mortal a través de una vacuna eficaz, nosotros nos concentramos en crear aquella composición musical que fortalezca nuestro espíritu combativo frente al mal o nos instruya sobre las maneras que podemos evitar sus peores consecuencias. Eso es lo que ha motivado expresiones musicales como la cumbia del coronavirus o el uso de personajes didácticos, como Susanadistancia, con el claro propósito psicopedagógico de evitar la propagación de los contagios para una infraestructura hospitalaria que puede resultar insuficiente si no se controlan a tiempo.

Recientemente escuché una espléndida composición de la gran creatividad musical veracruzana, a propósito de estos días de encierro “voluntario”. Con el sabor inconfundiblemente alegre de un arpa ejecutada por una mujer, un trovador comienza su canto narrando la tragedia marital por culpa del ’virus de moda’, provocando que su mujer lo echara de su casa cuando al amanecer empezó a toser. La versada y la ejecusión musical de la historia refleja justamente las consecuencias indeseables de la que quizás sea una de las peores crisis sanitarias que hemos vivido en los últimos tiempos. Como un impulso incontenible se sufre de exclusión y estigmatización provocado por un resfriado común, pero es tal la información y el bombardeo mediático al que estamos sujetos en estos días que en lugar de comprender las circunstancias y prevenir las consecuencias, se contribuye a generar más pánico. Por eso, el protagonista de esta historia termina siendo repudiado por su mujer y la comunidad en la que vive.

Esta alegoría ya se ha hecho presente cuando en los pueblos o las ciudades la gente se organiza con el fin de destruir, por miedo, lo que imagina es la fuente de contaminación y peligro. Por eso, en un lugar de Morelos las personas instigadas por sus dirigentes o profetas de ocasión se atreven a manifestar que incendiarán un hospital si admiten gente enferma de covid19. ¿En qué cabeza cabe que destruir un hospital en algo nos salvará, si lo que más necesitamos ahora es precisamente eso?

En otra zona del país una enfermera es atacada por unas personas rompiéndole algunos de sus dedos de la mano, mientras que en Guadalajara personal médico sufre de discriminación continuamente en el transporte público, cosa que se materializa literalmente bajándoles del camión y/o arrojándoles cubetas con agua y cloro.

Así las cosas, lo que se prefigura es que las consecuencias de la enfermedad podrían resultar épicas no solamente por las torpezas de este gobierno sino, también, porque se dejaron caer sectores estratégicos como el de la salud y ahora pagarán los costos quienes menos responsables resultan en esta tragedia: los pobres. Si la infraestructura hospitalaria en el país se encuentra en el estado tan deplorable fue porque se tomaron decisiones equivocadas o, peor todavía, los recursos destinados a ello fueron utilizados para otra cosa. Es hora de llamarlos a cuentas quienes resultan los responsables que mantiene en vilo al país ante semejante desastre.

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