Nuestra épica

A lo largo de nuestra existencia una de las variantes con que acomodamos nuestro desarrollo como personas tiene que ver con la épica, entendida aquí como esa forma de dar sentido a nuestros momentos, a veces imaginarios, a veces fantásticos, pero que irremediablemente nos convoca a pensar el eterno dilema vital: ¿Para qué estamos aquí? ¿Cuál es el propósito de nuestra vida? ¿Servimos para algo? No se me ocurre mejor ejemplo que en la escena del último lecho, cuando uno alcanzaría a pensar: “¿valió la pena todo?”, antes de la última exhalación.

Este sentimiento se acrecenta, por supuesto, en tiempos de crisis. Cuando uno se siente vulnerable aflora lo mejor y lo peor de uno. La muerte es es aliciente perfecto para sabernos finitos, nuestra soberbia desaparece en un instante al saber que nada puede contrarrestar la ignominia del fin.

Los gobiernos han usado este tipo de épica a la hora de enfrentar la guerra, el evento más irracional posible -matar al mayor número de desconocidos, sistemática y permanentemente- pero, al mismo tiempo, el de mayor amor de todos: dar la vida por la “patria” o el lugar donde nacieron nuestros ancestros y donde crecerá la descendecia. Si de algo sirven las crisis, es para conocer cómo atemperar el dolor que significa no hacer algo en beneficio de nuestro alrededor, llámese sociedad, comunidad, familia, etc., y así encumbrar el héroe perdido en nosotros, si existe, si es que es de verdad un sentimiento “naturalizado” en la esencia humana.

En tiempos pasados todos queríamos ser guerrilleros. Salvar a la tribu de los malos dirigentes, derrocar las injusticias y poner el grano de arena existencial para hacer de este mundo uno de equidad y bienesar común. Levantamos piedras de los terremotos y organizamos colecta de víveres; tocamos rock en pro de los movimientos sociales de Centroamérica; salimos a marchar en contra de las intervenciones imperialistas en Medio Oriente, vehementes, sedientos de amor y paz, también de justicia. A todo lo que daba la escatología de la bondad y la igualdad. Clamamos por lo/as desaparecidos y por la desaparición del mal gobierno. Como dijo el gran David Bowie: ser héroes por un momento, por un instante, donde percibiéramos un atisbo de lo que somos capaces.

En las batallas, los batallones escoceses siempre llevan a varios gaiteros en punta, por el simple hecho de recordar el origen de las cosas, el porqué se pelea contra enemigos invisibles. Levantar la moral, le llaman. Sería más que eso, es morir por una causa más allá de toda comprensión. La cosa épica.

En este confinamiento, en medio de las ansiedades, afrontar continuamente las incertidumbres que asolan al planeta, uno se pregunta para qué sirve lo que uno es. Ahora les toca al personal sanitario que, sin quererlo, lo que hagan depende mucho de nuestra supervivencia, y más allá de toda innecesaria alegoría, hacen su trabajo mientras nosotros nos guardamos. Todos tenemos amigos, conocidos médicos, enfermer/as, conozco de viva voz a gente que están en la trinchera para contener la epidemia. No hace falta decirlo, pero honran con su trabajo el juramento de Hipócrates con que se dieron de alta para realizar una de las labores más profundas de todas, que es la de proveer salud y vida a sus semejantes. Cuando se ponen una bata y cubrebocas, ¿pensarán en la posibilidad de contar su historia a la gente que quiera conocerla? ¿Sabrán que aquella depende en gran medida la nuestra? Mientras repasan sus tareas del día, al calzarse los guantes, gorro, bata, zapatos especiales, como soldados de la piedad o ángeles de la misericordia, tal vez guardando silencio en el vestidor frente a sus colegas para después, literalmente, partirse la madre por todos, ¿les llegará a la mente su propia épica, la que contarán a lo largo de sus vidas, como un mantra preciso de saberse parte de un todo que ayudó a cientos, miles y quizá millones de vidas? Sin saberlo en corto, tal vez sin dimensionarlo del todo, pero tal vez en la soledad de su acción guardarán esa chispa que hace de los humanos una especie llena de esperanza y de futuros promisorios.

Todos hemos ido alguna vez a consultas de médicos privados, extrañándonos del altísimo costo que tienen y cómo, de muchas formas, se lucra con la salud pública. No todos, desde luego, pero ojalá que lo/as médicos que cobran bastante bien tengan la sabiduría necesaria para ayudar en todo lo que se pueda en esta contingencia. No guardarse en sus cómodas casas y salir a hacer el papel que en estos momentos esperamos de ellos. La tribu los necesita, en ello va también su trascedencia.

Soy académico y profesor. Quisiera hacer más, pero estoy consciente de mi papel y de mi épica; ahora cuidamos de mi padre y madre, ellos lo hicieron por mi y mis hermanos y hermanas más de una vez. Y generar conciencia crítica a mis estudiantes quienes, decididos y plantados, afrontan su deber como debe ser. También forman parte de una épica poderosa, el pensar el mundo futuro y dar los elementos necesarios para la nueva convivencia que se avecina, donde habremos de vivir de aquí en adelante y en el cual nada será igual. Y ojalá que ello/as, cuando se encienda la fogata y se cuenten las historias, tengan un nombre, junto al personal sanitario y todos los que ayudan, en lo más alto de las flamas.

 

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