La otra cautividad del confinamiento

Todavía con el confinamiento vigente, no sólo pienso en las personas que no he visto, y en alguna que no volveré a ver nunca, sino en aquellas que de forma justa e injusta, en ello no voy a entrar, sufren un doble cautiverio por encontrarse en las cárceles de todo el mundo. Si nuestro encierro domiciliario resulta desgastante, agotador, no preciso decir lo que es para los seres humanos que pasan la crisis del coronavirus en el encierro de otro encierro.

En contraposición, quienes tenemos un confinamiento más estricto, por no ser nuestro trabajo indispensable para que hospitales, servicio de limpieza o abastecimiento de alimentos sigan funcionando, los días y las semanas se hacen muy largos. No dudo que alguien pueda disfrutar de un cierto encierro, por poder realizar cosas en su hogar que dejó pendientes. Aquellos arreglos siempre dejados para mañana, la lectura de los libros guardados para cuando el tiempo lo permita o, simplemente, la opción de ver las películas y series recomendadas por amigos, pero que no se visualizaron porque te quitaban el sueño imprescindible para ir a trabajar al día siguiente.

Claro que lo anterior parte del supuesto de que se tenga una vivienda, más o menos digna, y que se cuente con todo lo necesario para llevar a cabo lo expuesto. Es decir, el confinamiento entiende, y mucho, de la condición social de los involucrados. Piénsese en las personas que viven al día y que obtienen sus recursos económicos en las calles de ciudades y pueblos, mismos que la prohibición de trabajar les impide conseguir lo necesario para satisfacer su sustento.

Cortesía: Orquídeas Moxviquil.

Si esa es una certeza que será muy difícil que solventen las ayudas sociales y las despensas repartidas en el territorio nacional, otra que no debe olvidarse es que esta especie de arresto domiciliario en que vivimos, y necesario para los especialistas en la materia sanitaria, también causa problemas físicos y psicológicos a buena parte de la población. El contacto social es fundamental para la mayoría de pueblos de América Latina, y ello ha sido coartado con el confinamiento. Ni visitas a familiares, ni reuniones con amigos, en definitiva, ninguno de las relaciones que construyen la sociabilidad que nos distingue, y nos humaniza.

¿Qué ocurrirá cuando acabé este confinamiento? Cómo resulta lógico pensar, en ningún caso la apertura a la vida social será drástica, sino que responderá a fases que nos mantendrán alejados. Nadie puede prever, porque realmente se desconoce, qué ocurrirá, cómo será nuestro vivir cotidiano en la calle y en nuestras relaciones sociales. Sin embargo, parece evidente que no saldremos indemnes de este encierro.

En lo personal, vivo bastante confinado, muchas horas encerrado en mi despacho, pero ello no impide tener contactos y encuentros laborales y sociales, aquellos que rompen los ritmos cotidianos tan necesarios para volver a la realidad de los libros y la computadora. Encuentros ritualizados que ponen un punto y aparte en la vida, como seguramente les ocurre a muchas personas.

Frente a estas realidades, el desconocimiento de lo que ocurre en las prisiones suele coincidir con sus múltiples problemáticas, que van de la sobrepoblación a las malas prácticas, estas últimas claramente representadas por la falta de respeto a los derechos humanos y la permisividad del tráfico de substancias prohibidas. En definitiva, aspectos sabidos para quienes tienen relación con esas instalaciones.

Nadie duda de que los delitos deban pagarse, y más cuando alguien los ha sufrido en carne propia o en la de sus familiares, pero tal vez entre otras muchas cosas que deban replantearse en nuestra sociedad, tras este fenómeno del que todavía no vemos el final, y mucho menos las consecuencias, sea si realmente el sistema penitenciario sirva para alguna cosa más que para reeducar en el propio delito, estimularlo. En definitiva, y si se piensa en la actualidad, si la distancia social es uno de las reglas básicas para controlar la expansión del Covid-19, los establecimientos penitenciarios son el mejor ejemplo de cómo extender el virus de manera rápida.

 

 

 

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