La tentación del totalitarismo

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Carlos Marx trabajaba investigando problemas de la sociedad en Asia. Hurgando en los archivos del Museo Británico en Londres encontró los informes de los agentes coloniales británicos en la India, más otro tipo de documentación sobre la vida campesina y basado en esa documentación acuñó la etiqueta “Modo Asiático de Producción”. Se refería con ello a la estructura de una sociedad como la India, misma que no le cabía en su esquema desarrollado hasta ese momento para explicarse la sucesión de períodos en la Historia. Desafortunada etiqueta la de Modo Asiático de Producción porque introdujo el prejuicio de que el totalitarismo de Estado es propio del Oriente. Lo que llamó la atención de Marx al estudiar la organización de las comunidades campesinas en la India, fue que el trabajado estaba atado a la comunidad. Esto es: el productor directo, el campesino, sólo tenía posibilidad de acceso a la tierra, siendo miembro de una comunidad dada. No le estaba permitido al campesino cambiar de comunidad o comprar tierra para sí. La propiedad de la tierra es comunal en ese Modo de Producción y por lo tanto,  no existe la enajenación de la misma. Por otra parte, Marx observó que la relación de esas comunidades con el Estado se explicaba a través del tributo pagado en forma de impuesto. Cada comunidad estaba censada por el Estado y según lo que producía y la cantidad de producto, era el tributo que pagaba. Es decir, la comunidad le pagaba renta al Estado en forma de tributo en especie para acceder a la tierra. Por lo cual, la propiedad de la tierra que a ojos del campesinado era colectiva y de la comunidad misma, en realidad era del Estado. La comunidad estaba en posesión de una propiedad estatal. A través de este control del Estado sobre las comunidades, se erigió un poder total sobre la sociedad. El Estado tuvo la capacidad de movilizar a grandes contingentes de mano de obra y establecer programas de construcción de grandes obras públicas, la mayoría relacionadas con el control de las avenidas de los grandes ríos, para regular el riego y asegurar la producción agrícola. En ese esquema, el Estado era indiscutido. Lo que se ordenaba se hacía. Este esquema fue retomado en el siglo XX por un investigador alemán, miembro que fue del partido comunista de Alemania  en tiempos de Stalín y de Hitler. Marcado por ese contexto, Karl Wittfogel emigró a los Estados Unidos ya converso al anticomunismo. Escribió un libro que tituló El Despotismo Oriental  (1957. Traducción española en 1966) en donde afirmó que la Democracia es connatural al Occidente mientras que el Totalitarismo es característico del Oriente y colocó a la extinta Unión Soviética como un país Oriental que había reconstruido al Modo Asiático de Producción, estableciendo el totalitarismo de Estado. Por supuesto este juego es maniqueo y el error viene de origen: haber etiquetado a un Modo de Producción con una categoría geográfica, además, Oriental, lo que leído con ojos “Occidentales” resulta en una teoría como la propuesta por Wittfogel. Por supuesto el asunto es más complejo. Incluso Wittfogel acuñó el término “Sociedades Hidráulicas” (como si lo que determinara a una sociedad fuese el agua) para referirse a la capacidad del Estado “Asiático” de movilizar a grandes contingentes para construir obras de control del agua: grandes presas, sistemas de canales, irrigación compleja, control de la avenidas de los ríos y similares. El problema es que quedó la impronta de que el totalitarismo es propio del Oriente mientras que la Libertad es característica de Occidente. Punto de vista más etnocéntrico es difícil de encontrar. Incluso, el propio Marx, asustado, escribió que el colonialismo con todo lo que repugna, es la salida para destruir el Modo Asiático de Producción e instalar la libertad en el trabajo y en la política, confiando en que los proletarios del mundo darían al traste con el capitalismo. Los textos que escribió Marx en el periódico New York Daily Tribune (1852-1861) reiteran su opinión acerca del colonialismo y el papel que juega en Asia.

Un profesor, crítico literario y musical, de extraña nacionalidad que combinaba a Palestina y los Estados Unidos, Edward Said (ya fallecido), escribió un demoledor libro titulado  Orientalismo (1978), en donde expone la falacia de identificar al totalitarismo estatal con una región del mundo y a la libertad con otra. Precisamente en este período pandémico presenciamos como el totalitarismo es característica del Estado sin más. El llamado “regreso a la normalidad” o a “la nueva normalidad” lleva el riesgo de que se instale el manejo totalitario de la sociedad auxiliado en una tecnología digital que posibilita que se lleve el control del Estado en las propias manos del controlado a través de las famosas aplicaciones que facilita el teléfono celular.  Los movimientos individuales pueden ser registrados y controlados desde una oficina, gracias al celular. Existen en la actual situación reglas necesarias que son una tentación para los controladores del poder: tener maniatada a la sociedad no es cosa de juego. Incluso, tenemos a la vista sistemas disfrazados de democráticos que son en verdad, totalitarios. El ejemplo más destacado de ello es los Estados Unidos, en donde un candidato ganando las elecciones las pierde. Así, días atrás, se publicaron encuestas que muestran que el voto popular en los Estados Unidos está a favor del partido demócrata pero que este, ganando, perdería, porque el famoso Colegio Electoral votaría por Trump. En México, debido a que el crimen no se detiene, existe la aprobación (78%) de la población para que el ejército siga en las calles. En Brasil, ese personaje impresentable que es Jair Bolsonaro, coquetea todos los días con medidas totalitarias que están acarreando el desastre para la sociedad brasileña. En la India, las medidas totalitarias se imponen. Y así, podríamos hacer un repaso por el mundo y observar que la tentación del totalitarismo está presente, con el avance de los fascismos en Europa y en otras partes del mundo. Además, nadie sabe a ciencia cierta cómo será la “nueva normalidad”, qué tipo de sociedades surgirán. Lo que sí está a la vista es el fracaso del llamado neoliberalismo y la necesidad urgente de encontrar caminos para desterrar la terrible desigualdad social que impera en el mundo. La distribución de la riqueza nunca había sido tan desigual como en el presente. Es ya un imperativo ir más allá del miedo y tratar de llegar a sociedades menos injustas y en las que la libertad sea una realidad y no una quimera.

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 17 de mayo, 2020.

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