Las limitaciones del tacto

Casa de citas/ 480

Las limitaciones del tacto

Héctor Cortés Mandujano

 

Disfrutó del amor familiar y del otro

Sergio Pitol,

en “Hacia occidente”

 

Leo, uno tras otro, tres libros de Sergio Pitol. El primero es su primer libro de cuentos Infierno de todos (Universidad Veracruzana, en su edición definitiva, 1997), que contiene nueve relatos, entre los cuales se hallan los que suelen usar las antologías (“Victorio Ferri cuenta un cuento” y “Amalia Otero”, los más famosos).

El propio Pitol es tajante con ellos en “El sueño de lo real”, su prólogo (p. 16): “Los cuentos incluidos en Infierno de todos, ingenuos, torpones, almidonados en su perversidad, susceptibles a cualquier descalificación que se les quiera adjudicar, revelan, sin embargo, algunas de las constantes en que se sostiene lo que pomposamente podría yo llamar mi ars poetica”.

En ese texto liminal dice también (p. 13): “Lo único que le da unidad a mi existencia es la literatura; todo lo que he vivido, pensado, leído, soñado, está contenido en ella. Más que un espejo es una radiografía: el sueño de lo real”, y además (p. 17): “Escribir me parece un sinónimo del acto de tejer y destejer algunos hilos narrativos arduamente trenzados”.

 

El segundo libro que leo es Cuerpo presente (Era, 1990), que se constituye con una selección de cuatro libros de cuentos. Comparto contigo lector, lectora, algunas líneas.

En “En familia” dice una mujer que ya entrada en años conoce la pasión erótica con un hombre al que se le entrega por completo (p. 48): “Supo mi boca del sabor de su axila, de su ingle, del recóndito celo de su oreja”.

En “La casa del abuelo” el narrador recuerda algo que le dijo su padre (p. 59): “Uno no puede presumir conocer a las personas sino hasta que ha logrado penetrar en el último traspatio de sus ojos”.

Por Pitol he leído muchos libros. Aquí, en “Pequeña crónica de 1943”, recomienda uno que leeré pronto: Resurrección, de Tolstoi (p. 88): “Es una novela que a ratos te aburre. Tiene mucha filosofía y demasiada moral, pero veras qué extraordinaria es. ¡De veras tienes que leerla!”.

Dice en “Cuerpo presente” (p. 116): “¡Poca cosa es un hombre! Nada, al fin de cuentas. Una sucesión de gestos, de frases. ¡Poca cosa!”.

“La noche” tiene una idea inquietante (p. 141): “Lo peor de todo, Gerardo, es que hemos sido atrapados por los ángeles y no por los demonios. Los ángeles son implacables. Tiran más pronto de la cuerda, permiten un radio de acción más limitado”.

 

Soñar la realidad (Plaza y Janés, 1998) es una antología que reúne recuerdos y reflexiones, cuentos y aproximaciones críticas. En la primera sección tiene un texto, de 1996, llamado “Monsiváis, el joven”, donde habla de su amistad con Monsi y cuenta (pp. 26-27): “Hacemos un sucinto repaso de lo que se escribe en México, a quiénes vale la pena leer, a quiénes hay que arrojar a la basura; los aprobados son: de los Contemporáneos, Gorostiza, Pellicer, Novo y Villaurrutia; El laberinto de la soledad y Libertad bajo palabra, de Octavio Paz, que acaba de aparecer; la prosa de Juan José Arreola y los dos libros soberbios de Rulfo. Por Pedro Páramo sentimos una auténtica veneración. Hemos oído hablar muy bien de dos novelas, una recién publicada, otra a punto de serlo, pero ya inmensamente comentada: la primera es Balún Canán, de Rosario Castellanos; la otra, La región más transparente, de Carlos Fuentes”. Van al cine y se ríen a carcajadas. Los callan sus amigos. Se pregunta cuando encienden la luz sobre ellos, sobre los otros (p. 43): “¿No alcanzamos a entender que el verdadero rostro del odio es el amor?”.

En “De reconciliaciones” cita a Joyce (p. 64): “La palabra fecunda el útero virginal de la imaginación para hacerse carne”.

“Sueños, nada más” nos permite entrar en algunos; en uno de ellos camina y charla con un hombre. Un día se queda momentáneamente a solas con su esposa y le dice (p 96): “—¡Qué amplia información maneja su marido! ¡Jamás me cansó de escucharlo! –era un elogio evidentemente delirante. La mujer me miró con asombro.

“—Nunca hubiera creído –respondió–, que fuera usted tan limitado. A mí me parece un soberano imbécil.”

Cita a Ciorán en “Vindicación de la hipnosis” (pp. 111-112): “Somos una mezcla terrible, y en cada individuo coexisten tres, cuatro, cinco individuos diferentes, así que es normal que ellos no concuerden entre sí”.

En el cuento “Nocturno de Bujara” hace una cita no tan breve del Breve tratado de erotismo, de Jan Kott, del que tomo esta idea (p. 235): “El tacto es limitado. A diferencia de la vista, no abarca la persona completa. El tacto es invariablemente fragmentario: divide las cosas. Un cuerpo conocido a través del tacto no es nunca una entidad; es, si acaso, una suma de fragmentos”.

“El oscuro hermano gemelo” es un cuento cuyo tema es la escritura y comienza con una larga cita del prólogo de Justo Navarro a El cuaderno rojo de Paul Auster, de donde tomo este fragmento (p. 245): “Ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es un caso de impersonation, de suplantación de personalidad: escribir es hacerse pasar por otro”.

Y casi termina con (p. 261): “Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces. Se mete en la cama y de pronto esas voces lo obligan a levantarse, a buscar una hoja de papel y escribir tres o cuatro líneas, o tan sólo un par de adjetivos o el nombre de una planta”.

 

***

Ilustración: HCM

Leo el tomo I de la Biblioteca práctica de la lengua (varias editoriales, 2005), Diccionario de sinónimos y antónimos (I), y me encuentro con varias ideas que comparto contigo lector, lectora. Dicen los editores en la presentación (p. 3): “En 1492, mientras Cristóbal Colón se topaba con el continente americano, cuando navegaba hacia lo desconocido, en España, Elio Antonio de Nebrija publicaba la primera gramática castellana”.

Me llama la atención la palabra abadejo, que sirve para designar a tres animales disímbolos (p. 9): un pez (el bacalao), un pájaro (el reyezuelo) y un insecto (la cantárida).

La publicación tiene su origen en España, por profesionales de la lengua de allá; algunas palabras, por ende, parecen tener un significado distinto al que se le da en México. Barahúnda, por ejemplo, se le asienta por lo contrario de su uso aquí (ruido, desorden, confusión). Es sinónimo, dice este diccionario, de (p. 54) “tranquilidad, paz, calma, sosiego, quietud”. Tal vez sea un error, claro, porque en la página siguiente, al poner el sinónimo de barullo asienta (p. 55): “barahúnda, jaleo, lío, alboroto”. En fin.

Al callo lo nombra (p. 65) “ojo de gallo” y aquí le decimos “ojo de pescado”; el cantón aquí es sinónimo de casa y el diccionario dice que es (p. 67) “esquina, ángulo de una casa”. Me llamó la atención la palabra desaborido como sinónimo de (p. 103) “insípido, insulso” y también de desabrido, que es el término más usado.

Los sinónimos de grima también me sorprenden, porque no son los usuales. Dice el diccionario que esta palabra es similar a (p. 160) “repugnancia, asco, aversión”, cuando generalmente se le usa por intranquilidad, disgusto o desagrado.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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