Cuando hacer planes deja de ser una prioridad

Si algo ha derribado la pandemia que vivimos y sufrimos es la posibilidad de efectuar planes; ese accionar que pretende controlar el futuro personal en todas las facetas. Vivir sin planes, sin proyectos marcados por una ruta para llevarlos a cabo, incluso con específica cronología, resultaría un drama en otras circunstancias ajenas al Covid-19, una auténtica frustración. Incluso no tomar en cuenta la planificación, antes de cualquier objetivo, es observado como un fracaso puesto que nadie que tenga aspiraciones al reconocimiento, o al éxito laboral y económico, se puede permitir el lujo de no tener trazados los pasos para conseguir lo propuesto.

En esta coyuntura planetaria vislumbrar actividades de fin de semana resulta tan poco creíble como las certezas de los gobiernos sobre las medidas dictadas y que se tomarán en los siguientes días con respecto a la movilidad de la población. Si una cosa tan sencilla es imposible, ¿cómo se plantean otros aspectos más complejos y de largo aliento temporal? Y lo mismo ocurre si se trata de negocios, ventas, impartición de clases fuera del espacio propio de labores… En definitiva, cualquier plan resulta una ilusión inalcanzable.

Desde la perspectiva del mundo productivo, de la economía en la que estamos inmersos, no tener ningún plan es síntoma de ineficacia y falta de raciocinio. Contraste absoluto con los valores de competitividad y éxito que rigen las sociedades del mundo capitalista. De hecho, se efectúan cursos, conferencias y todo tipo de acciones para que las personas se motiven a regir su vida a través de la realización de planes; aquellos que aseguren una mejor vida para los involucrados y sus futuras generaciones. No crean que es algo propio de eslóganes motivacionales, por el contrario, todos aquellos que hayan tenido que efectuar alguna tesis en su vida de estudiante se habrán guiado por un proyecto. No tenerlo hace imposible seguir adelante con la tarea de lograr algún resultado de investigación o reflexión. Marinero sin rumbo resulta un contrasentido tanto en el mundo de la producción, el comercio o la vida académica. Incluso en lo personal se escuchan referencias constantes a la falta de propósitos en la vida como un sinsentido de la existencia.

Pensar más en lo futuro que en lo presente. Un hecho que la pandemia y las medidas dictadas ha alterado puesto que la incertidumbre de lo que vendrá hace que simplemente se viva en el ahora. En cierta forma, estamos instalados en esa sensación de fracaso e impotencia ante la realidad porque no se puede influir sobre lo que se podrá realizar.

Tal vez este sea un buen momento para leer o releer la novela inacabada de Robert Musil, El hombre sin atributos, y que ha sido considerada uno de los referentes para observar las contradicciones, las paradojas del mundo moderno a través de la dejación de los planes de su protagonista. Esta extensa narración de entreguerras, puesto que su primer volumen se publicó en 1930, muestra con claridad, entre otros muchos aspectos sociales del periodo histórico, los desencuentros del protagonista con el mundo que le rodea. Dejar de usar sus atributos, de trazar planes, hace que el protagonista deje de tenerlos para el mundo exterior. Lo anterior no significa inacción en su vida, pero es una especie de pausa de sus atributos que, siendo coherente con la narración, es imposible que tengan un momento determinado para reactivarse en una sociedad puesta de cabeza a través de la ironía constante.

Nuestros atributos tampoco parece que saben desenvolverse en este mundo pandémico, tal vez porque la razón ha quedado anclada en la monopolización de las soluciones y los caminos que debemos seguir tanto en lo personal, como en lo social. La absurdidad de los no planes del hombre sin atributos nos alcanza sin contar con los mecanismos necesarios para entender lo que sucede. La lectura de Robert Musil sería un primer paso para reflexionar al respecto.

 

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