La federación internacional de eructos

Casa de citas/ 508

La federación internacional de eructos

Héctor Cortés Mandujano

 

Me divierto viendo y leyendo La asquerosa enciclopedia (Planeta, 2015), un libro lujosamente editado, escrito por Kirén Miret e ilustrado por Alberto Mont.

El contenido, por su título, puede adivinarse: todo aquello, de la A a la Z, que pueda dar asco, una de las emociones básicas (sí, está considerada una emoción) del ser humano. Algunas cosas me llamaron la atención y las comparto contigo lector, lectora.

En su apartado de eructos, nos cuenta que (p. 45): “Quien posee el eructo más largo del mundo es Tim Janus, un pizzero que bebió siete litros de refresco antes de lograr su hazaña: 18.1 segundos seguidos eructando”; allí mismo nos informa que “existe una federación internacional de eructos y se siguen haciendo campeonatos a nivel mundial”.

En el dato insólito sobre las lagañas, escribe (p. 87): “Las lágrimas de los ojos se componen de tres capas, una más asquerosa que las otras: la primera está hecha de moco y sirve para atrapar el polvo y expulsarlo, la segunda es acuosa y es la que hace que sepan saladitas y la tercera es aceitosa y hace que las lágrimas no se evaporen”.

Curiosamente, dentro de las cosas asquerosas pone a los niños y a las niñas; da sus razones (tienen los cachetes pegajosos de dulce, no les gusta bañarse, hacen ruidos y cochinadas sin inmutarse, etcétera); luego dice (p. 104): “Hasta cierta edad no hay cosa más asquerosa para un niño que una niña y viceversa, aunque luego pasa algo raro que nos hace cambiar de opinión”.

Hay un hombre, el australiano Graham Barker, que tiene un récord asqueroso (p. 117): es quien tiene más que nadie, porque las ha guardado en frascos, las pelusas que se saca del ombligo.

Tiene como asqueroso el olor a queso y dice (p. 128): “Una forma bastante primitiva de hacer queso es olvidar un recipiente de leche abierto en cualquier rincón. Al cabo de unos días va a tener una mescolanza horripilante y maloliente: queso. No será buen queso, pero de que es queso, no tengas ni la menor duda”.

Foto: Mario Robles

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Para hacer esta muralla,

tráiganme todas las manos:

los negros, sus manos negras,

los blancos, sus blancas manos

“La muralla”,

de Nicolás Guillén

 

Leo Antología mayor (1972, Editorial Diógenes), de Nicolás Guillén, uno de los grandes poetas de Cuba.

Describe en “La canción del bongó” a los negros y a los blancos que bailan (p. 36): “Cueripardos o almiprietos” y dice en su célebre “Velorio de Papá Montero” (p. 45): “Hoy amaneció la luna/ en el patio de mi casa;/ de filo cayó en la tierra/ y allí se quedó clavada./ Los muchachos la cogieron/ para lavarle la cara,/ y yo la traje esta noche/ y te la puse de almohada”.

En “West Indies LTD” dice algo lindo (p. 65): “Las palmas, inocentes de todo, charlan con voces amarillas”.

Esta es la primera de sus “Adivinanzas” (p. 66):

 

En los dientes, la mañana,

y la noche en el pellejo.

¿Quién será, quién no será?

                        –El negro.

 

Dice, en “Canción de los hombres perdidos” (p. 74): “El sol nos tuesta en su candela,/ pero por la noche la Luna/ de un escupitajo nos hiela”.

A Nicolás Guillén se le conoció como el poeta del son y son muchos sus poemas que se han convertido en canciones y en repertorio (como “La muralla” o “De qué callada manera”, que se llama “Canción”, originalmente) de cantantes y grupos latinoamericanos. Aquí están como versos, con su música primigenia.

 

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Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico (Siglo XXI Editores, 1995), de Paul Ricoeur, es ya un clásico en sus tres volúmenes que hablan, como explicita su título, de tiempo y narración. Dice Ricoeur, citando a San Agustín (p. 48): “El presente no tiene extensión”.

Y lo cita de nuevo (p. 57): “¡Ay de mí, que ni siquiera sé lo que no sé” y agrega (p. 58): “Medimos el tiempo cuando pasa; no el futuro que no existe ni el presente que no tiene extensión, sino ‘los tiempos que pasan’ ”.

Sobre la narración, la dramaturgia, siguiendo a Aristóteles, escribe algo que no siempre entienden los primerizos (p. 110): “Lo que experimenta el espectador debe construirse antes en la obra”.

San Agustín habló de la fenomenología de la acción y dijo que, según Ricoeur (p. 124): “No hay un tiempo futuro, un tiempo pasado y un tiempo presente, sino un triple presente -un presente de las cosas futuras, un presente de las cosas pasadas y un presente de las cosas presentes”.

Roman Ingarden y Wolfgang Iser plantean una idea que nos comparte Paul (pp. 147-148). “La obra escrita es un esbozo para la lectura; el texto, en efecto, entraña vacíos, lagunas, zonas de indeterminación e incluso, como el Ulises de Joyce, desafía la capacidad del lector para configurar él mismo la obra que el autor parece querer desfigurar con malicioso regocijo”.

Pero nuestra lectura configurativa es benéfica, porque (p. 152) “a las obras de ficción debemos en gran parte la ampliación de nuestro horizonte de existencia”; debemos tener cuidado al leer ya que (pp. 305-306): “el poeta procede desde la forma; el historiador, hacia ella. Uno produce, el otro argumenta. Y argumenta porque sabe que se puede explicar de otro modo”.

Y tanto la obra de ficción, como la histórica tienen (p. 365) “la pretensión de verdad”.

 Contactos: hectorcortesm@gmail.com