¿Y si de pronto comprendo el amor?

Casa de citas/ 511

¿Y si de pronto comprendo el amor?

Héctor Cortés Mandujano

 

Leo de nuevo El sentido del cine (Siglo XXI, 1974), de Sergei Eisenstein, que me ha gustado mucho.

Cuando habla de la yuxtaposición (dos escenas sin relación, puestas juntas) usa como ejemplo un cuento breve y magnífico (“La viuda inconsolable”), de Ambrose Pierce, donde una mujer vestida de negro llora ante una tumba. Un hombre intenta consolarla y le dice (p. 12): “En algún sitio habrá otro hombre, aparte de su marido, con quien usted pueda aún ser feliz.

“Lo había”, sollozó, “lo había, pero esta es su tumba.” Es decir, la viuda llora en la tumba de su amante.

Toma otro ejemplo de “La caza del Snark”, de Lewis Carroll (p. 13): “Tome las palabras ‘enfurecido y furioso’. Decídase a pronunciar ambas, sin establecer cuál dirá primero. Ahora abra la boca y dígalas. […] Si usted posee el más raro de los dones, una mente perfectamente equilibrada, dirá ‘enfurioso’ ”.

Cita a Byron (p. 54): “El gran arte es efecto, producido no importa cómo”.

Dice que había en los siglos XVI y XVII (p. 74), “diseñadores de decorados únicos (que) ofrecían al empresario un desierto, un palacio, la cueva de un ermitaño, el trono de un rey, el cuarto de vestir de una reina, un sepulcro y varios cielos, ¡todo por el precio de uno!”.

Cita en extenso La rama dorada, de Freizer (p. 101): “Los antiguos sostenían que si una persona que sufría ictericia miraba fijamente un chorlito y el pájaro la miraba también fijamente, se curaba de la enfermedad. […] La virtud del pájaro no residía en su color sino en sus grandes ojos dorados que, naturalmente, atraían la ictericia”.

El libro tiene textos sobre el título del libro, pero también agrega apéndices sobre la obra general de Eisenstein, montajes, secuencias, bosquejos y el guion llamado “El canal de Forgana”, que se me hace una maravilla y del cual comparto contigo lector, lectora, un fragmento. Una enorme sequía, un desierto. El joven y hermoso emir necesita una mezcla, mientras la gente repite obsesivamente la palabra “agua” (p. 198): “El emir mira hacia los cautivos. Los cautivos repiten: –¡No hay agua para mezclar el mortero! ¿Qué vamos a hacer?

“De la plaza se eleva un grito: –¡Agua! ¡Agua!

“El emir, con tono displicente, ordena:

“–Amasad el mortero con su sangre.”

Foto: Mario Robles

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Tu papel es testificar

el tremendo gozar de los otros,

y mediante la palabra, convertir

ese gozo en algo más sublime

Virgilio Piñera,

en “Reversibilidad”

 

Los poetas de Orígenes (FCE, 2002), con selección, prólogo, bibliografía y notas de Jorge Luis Arcos, en una antología de diez importantes poetas cubanos: José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Gastón Baquero, Ángel Gaztelu, Justo Rodríguez Santos, Eliseo Diego, Octavio Smith, Cintio Vitier, Fina García Marruz (la única mujer) y Lorenzo García Vega.

Dice Arcos en su prólogo que (p. 7) “este grupo ha constituido, desde su lejana irrupción en 1937, el movimiento cultural más importante y fatalmente polémico de la cultura cubana hasta el presente”; la revista Orígenes “fue considerada en su época ‘la revista más importante del idioma’, según Octavio Paz”.

Lezama Lima es un autor que leo a menudo. En su famoso poema “Muerte de Narciso” se halla el título del célebre libro de poemas de José Carlos Becerra (p. 33) “El otoño recorre las islas”.

Había leído narrativa y teatro de Virgilio Piñera, y me condolí con la biografía que de él escribió Cabrera Infante. Su poesía me encantó (el título de esta columna es un verso suyo). Dice en Las Furias (p. 112): “Soy el garzón de las melancolías/ distribuyendo aires amarillos” (garzón es quien atiende las mesas en un restaurante). En “La isla en peso”, un poema extenso y genial, escribe sobre la concupiscencia (p. 118): “Todavía puede esta gente salvarse del cielo,/ pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente/ los falos de los hombres. […] La santidad se desinfla en una carcajada”. Dice más adelante (pp. 126-127): “En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:/ Todas las aletas de todas las narices azotan el aire/ buscando una flor invisible. […] la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,/ los cuerpos se encuentran el olor […] el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,/ se posa en el pie de los bailadores. […] La noche es un mango, es una piña, es un jazmín. […] No queremos presencias celestiales sino presencias terrestres,/ que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo”.

Dice Gastón Baquero en “Palabras escritas en la arena por un inocente” (p. 174): “Ella conoce la destreza de amor con que se yergue/ Dentro de mí un cuerpo esplendoroso”, y en “El viajero escribe (pp. 218-219): “Desde pequeño supe que la luz no existe, que es tan sólo uno de los disfraces de las tinieblas”.

 

***

 

Leí La biblia de los sueños. Cuentos completos (Ediciones de Medianoche, 2011), de Sylvia Plath. Me llamó la atención que esta poeta, extraordinaria y suicida, al hablar de los dolores de parto (la más tremenda narración sobre ello me parece que está en Mi vida, de Isidora Duncan), decida que los culpables de la maternidad son los hombres.

Dice Sylvia, en “Pastelito y los hombres del canal” (p. 214): “Aunque borrado de la superficie de la mente, el dolor estaba ahí, en algún sitio, hiriendo indeleblemente lo más profundo de las entrañas: un vacío pasillo de sufrimiento, sin puertas ni ventanas. Y luego ser engañada por las aguas de Leteo para regresar de nuevo, toda inocencia, a concebir un hijo tras otro. Era bárbaro. Era un engaño ideado por los hombres: continuar la raza humana; razón suficiente para que una mujer se rehusara completamente a parir”.

Plath nació en 1932 y se suicidó el 11 de febrero de 1963. Tuvo dos hijos con el poeta Ted Hughes.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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