Borges y El bosque de la noche

Casa de citas/ 521

Borges y El bosque de la noche

Héctor Cortés Mandujano

 

Me alegró hallarme con la biografía Jorge Luis Borges (Ediciones Omega, 2002), escrita por el filósofo español Fernando Savater, de quien he leído con mucho placer varios libros. El título original de este libro, aclara mi lector electrónico, era, es El tiempo, la ironía metafísica.

Savater declara sin ambages que Borges ha sido desde siempre su autor favorito y que no vivió a su lado (estuvo junto a él en pocas ocasiones) ninguna anécdota especial. Cuando lo invitaron a escribir su biografía pensó en revisar lo que de este autor se hubiera escrito y, dice que, en 2000, en Argentina (p. 8) “me fue facilitado un imponente prontuario, del tamaño de la guía telefónica de Nueva York, con literalmente miles de referencias. Como si se tratara de Shakespeare o Cervantes, pero a menos de veinte años de su muerte”.

Alan Pauls, cita Savater, dijo de Borges (p. 24), “fue básicamente alguien que se pasó una respetable cantidad de años escribiendo en redacciones tumultuosas, con plazos perentorios, contra reloj y a veces contra sus jefes, por dinero, y alguien cuyos textos, a menudo tachados de ilegibles, compartían la misma página de revista con un aviso de corpiños o de dentífrico y con artículos para esclarecer a las amas de casa”.

Borges escribió un dístico genial en “Un poeta menor” (p. 32): “La meta es el olvido. Yo he llegado antes”.

Savater, aunque no se empeña en ello, sí da cuenta de varias de las famosas anécdotas de Borges (p. 36): “En cierta ocasión, ya semiciego, al pasar frente al cartel electoral de un partido nacionalista que exultaba ‘Dios, familia y propiedad’ comentó a su acompañante: ‘¡Caramba, qué tres incomodidades’ ”.

El biógrafo ha leído completa y reiteradamente al argentino y nos hace saber los que considera sus mejores cuatro libros (p. 39): Ficciones (1994), El Aleph (1949), Otras inquisiciones (1952) y El hacedor (1960). Y también sus mejores cuentos: “Las ruinas circulares” y “El Aleph”.

Otra anécdota (p. 58): “En Egipto, ante las pirámides, se inclinó para recoger un puñado de arena que derramó unos metros más allá, mientras susurraba: ¡Estoy modificando el Sáhara!”.

Tal vez por textos como éste, tituló Savater a su libro la ironía metafísica. Dice Borges sobre la vista azarosa de unos pájaros al vuelo (p. 71): “Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe”.

Al final, Savater hace la selección de los que considera los mejores textos de Borges, pero excluye aquellos que son muy populares o muy sabidos; la suya es una antología para quienes ya han leído al argentino, no para quienes quieran empezar a leerlo.

El menosprecio que los norteamericanos sienten por la gente de México ha existido desde hace mucho. En “El asesino desinteresado Bill Harrigan”, biografía de Billy The Kid, cita Borges que este asesino legendario debía (p. 90) “hasta veintiuna muertes –‘sin contar mejicanos’-, porque “no vale la pena” anotarlos.

En “The Fear of the Dead in Primitive Religion, de sir James George Frazer”, Borges hace gala de su ironía característica cuando glosa el volumen de Frazer, que trata del temor a los muertos, y dice que (p. 99) “la obra seguirá inmortal: no ya como lejano testimonio de la credibilidad de los primitivos, sino como documento inmediato de la credulidad de los antropólogos, en cuanto les hablan de primitivos”.

En “La señora mayor” cuenta la historia de María Justina Rubio de Jáuregui, quien (p. 135) “era la única hija de guerreros de la independencia que no había muerto aún”. De nuevo es irónico (p. 138): “Hacia 1929, en que se hundió en el entresueño, contaba sucedidos históricos, pero siempre con las mismas palabras y en el mismo orden, como si fueran el Padrenuestro, y sospeché que ya no respondían a imágenes. Lo mismo le daba comer una cosa que otra. Era, en suma, feliz”.

Su poema “La dicha” tiene líneas magistrales (p. 145): “Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos. […] Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída, pero los dos se entregan. […] Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno. El que lee mis palabras está inventándolas”.

Ilustración: Alejandro Nudding

***

 

La novela El bosque de la noche (me gusta el título), de la escritora norteamericana Djuna Barnes, hace constante alusiones sexuales y no se priva de constantes “palabrotas”; sin embargo, y en contraste, está escrita en una cuidada prosa poética.

La historia fue, supongo, escandalosa para los tiempos en que se publicó (originalmente en 1936, mi original es de RBA Editores, 1993), porque habla, y simplifico, de la relación entre el noble Félix y Robin, que se casan; cuando ella pare a su primer hijo, deja a su marido y a su hijo (no volverá a verlos) para irse con una mujer, Nora, de la que se ha enamorado; luego deja también a Nora para irse con Jenny… Nada mal para epatar burgueses.

Otro de los personajes, para atacar por todos los flancos, es un doctor travestido, que es amigo de Félix y Nora. Cuando ve que las mujeres se aman, piensa (pp. 90-91): “Amor de mujer por mujer, ¿qué mente pudo crear este demencial afán de angustia desenfrenada y sombría maternidad sin resolver”.

El doctor Matthew Poderoso O’Connor es un pensador (p. 98): “Dormimos sumidos en un polvo de reproches contra nosotros mismos. Estamos llenos hasta la garganta de los nombres que damos al sufrimiento”.

Tiene largas parrafadas disfrutables, pero no se prodiga con todos (pp. 108-109): “Yo no hablo de cosas importantes con gente tan superficial”.

No tiene gran opinión de los demás (p. 112): “Para mí, todo mundo es una especie de hijo de puta”; ni de sí mismo: “Yo soy un pedo en un vendaval, una humilde violeta debajo de una plasta de vaca”.

Me encantó esta idea del doctor sobre la cotidianidad de la muerte (p. 113): “Nosotros no conocemos la muerte ni sabemos cuántas veces ha tanteado nuestro espíritu más vital. Cuando estamos en el salón, ella visita nuestra despensa”.

Trata de consolar a Nora, que sigue enamorada de Robin, a pesar de que ella ya vive con Jenny (p. 155): “Supón que tu corazón tuviera un metro de diámetro, ¿lo destrozarías por un corazón que no fuera mayor que una cagadita de ratón?”.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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