El liberalismo que nunca llegó

Siento envidia de aquellos países donde las malas prácticas individuales de funcionarios públicos llevan como consecuencia su dimisión. Una renuncia que no debe ser siquiera presionada por sus superiores o por la opinión pública. Este simple ejemplo, extensivo a otros muchos no juzga la condición humana, siempre dispuesta a saltarse las reglas establecidas para el propio beneficio, sino describe un aprendizaje que asume ciertas responsabilidades éticas imposibles de obviar en una sociedad que se desea democrática, justa y, por supuesto, que cuenta con equilibrios de poder que impiden la impunidad. No hay sociedades perfectas, por supuesto, pero algunas han filtrado durante años ciertos principios que, con mayor o menor éxito, responden a conceptos de la filosofía política liberal.

Ello no quiero decir que esas sociedades, y sus estructuras políticas, no sufran las crisis que el propio modelo político liberal está viviendo a través de su más claro exponente institucional: el Estado moderno. Crisis que pueden ser analizadas desde muchas perspectivas y que tienen distintos motivos, no cabe duda, aunque es imposible no pensar en la lentitud de los cambios en los modelos y estructuras políticas frente a las aceleradas transformaciones tecnológicas y sociales de las últimas décadas. Los deseos y necesidades de las sociedades suelen ser más urgentes que los tiempos de los cambios históricos, normalmente muy dilatados en su temporalidad.

Todo aquello que suene a liberal tiene muy mala prensa. Por desgracia, el concepto de neoliberalismo, de uso indiscriminado, ha influido para que ello ocurra. Un neoliberalismo que en concreto refiere a las nuevas formas que la economía capitalista tiene en nuestro tiempo. El capitalismo como modelo de sociedad se sustenta en los presupuestos del liberalismo económico, por supuesto, pero el liberalismo tiene muchas corrientes y tendencias, tanto en su vertiente política como económica. Lo anterior se suele olvidar, como también tiende a omitirse que muchos de los conceptos defendidos por los críticos más acérrimos de cualquier cosa que suene a liberal tienen su origen en aquello que desprecian. Derechos individuales y sociales son resultado de ese liberalismo tan denostado.

El ejemplo inicial de este artículo muestra algo más etéreo, y que se podría llamar el trasfondo liberal de la sociedad. Un hecho de difícil análisis empírico, aunque pueda intuirse en las formas de actuar y funcionar de individuos y colectivos en la sociedad. Si ello es discutible, también lo será el afirmar que en América Latina el liberalismo pasó de largo o tuvo unas bases de barro. Nada extraño si se entiende que el liberalismo nunca tuvo un real apego en la metrópolis hispana. Seguramente, historiadores y politólogos que hayan trabajado esa temática en las regiones mencionadas discutirían una afirmación de tal naturaleza. A pesar de ello, insistiré en esa afirmación con la libertad, y poca profundidad, que otorga un escrito en forma de artículo de opinión.

Entiendo que el liberalismo político conlleva una serie de comportamientos que, si se filtran en la sociedad y el actuar de sus individuos, representan un respeto por las libertades  y derechos propios pero, sobre todo, de los ajenos. A ello hay que añadir otras muchas formas de respeto en los comportamientos y opiniones de quienes no están de acuerdo con nosotros. Ello no implica un aprendizaje ideológico, como si de doctrina religiosa se tratara, sino es algo que si existe se filtra por todos los poros de la sociedad, desde el hogar a la escuela. Formas de pensar, y de actuar, que evitan observar al otro, ajeno o propio, como enemigo, por muchas discrepancias que existan.

Esa escuela liberal, no necesariamente visible, también se transmite a las instituciones del Estado, y a todos los poderes que lo conforman puesto que ellos no tienen vida propia, sino que son los ciudadanos que ocupan puestos en ellas los que se la otorgan. Las hacen funcionar y las dotan de su carácter. Ello no funciona como fórmula matemática, por supuesto, pero habla de tendencias.

Como ya señalé, lo expuesto es simplemente una opinión, una observación generalizada, pero lo que resulta evidente es que en aquellos países donde el liberalismo político no tuvo impacto en la sociedad es sumamente difícil que hoy en día filtre en sus instituciones y, mucho menos, en la ciudadanía. Tal vez el Estado moderno sea compartido en buena parte del mundo, pero resulta un error confundir una estructura política con el funcionamiento político de una sociedad.

 

 

 

 

 

 

 

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