La espera en primavera

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Alba y Elisa concretaron irse de mochileras a visitar pueblos fuera de su estado. Además de buenas amigas, tenían la coincidencia de trabajar de manera independiente y eso permitía que sus tiempos libres pudieran ajustarse para tomar unos días de descanso.

Ya ubicadas en uno de sus destinos, el primer día madrugaron para aprovechar el tiempo. Decidieron recorrer el pueblo de San  Miguel, el clima era agradable, soleado pero fresco. En su trayecto no pudieron resistirse a comprar recuerdos y productos de la región. En uno de los puestos Elisa encontró bolsos tradicionales, le gustaron mucho para poder adquirirlos y venderlos en su tienda de artesanías. Sin darse cuenta, en alrededor de un par de horas ya llevaban varias bolsas con las compras realizadas.

Mientras seguían su recorrido se detuvieron al inicio de un andador donde a lo lejos se veían varios puestos de antojitos, les venían como anillo al dedo, sobre todo porque aún no desayunaban.

–Elisa te has fijado que parece que fuimos al mercado por la despensa de la semana? Mira cuántas bolsas traemos, hay que fijarnos muy bien para no olvidar alguna.

–Es cierto Alba, vaya que somos rápidas comprando. Y hablando de eso, ¿entre tu cargamento traes los bolsos tradicionales que compré?

– No, creí que los habías agarrado tú después de pagar.

Luego de revisar el contenido de cada bolsa, preocupadas se dieron cuenta que Elisa había olvidado esos productos en la tienda, varias cuadras atrás. Elisa propuso que ella regresaría a la tienda para avanzar y Alba se quedara con las compras. Pidió a Alba la esperara en la esquina del andador de los antojitos. Acordado esto Elisa partió prometiendo no demorarse tanto, Alba no le creyó del todo, justo porque era la primera vez que recorrían esas calles en un pueblo desconocido para ambas.

El reloj comenzó a marcar el tiempo, eran las 11:45 de la mañana. Alba decidió sentarse a esperar  bajo el ventanal de una casa, ubicada al inicio del andador. Acomodó las bolsas. Para matar el tiempo quiso revisar sus redes sociales, sin embargo, no había señal. Se arrepintió de no haber llevado algún libro de bolsillo. Vio la hora, las 12:55. Empezó a impacientarse.

Aprovechó para observar la dinámica en ese andador. Se puso de pie, le gustó el empedrado del piso. Se veía movimiento en donde estaban los puestos de comida, en ambas banquetas del andador. La mayor parte de las personas que transitaban eran mujeres. Se veía señoras ofreciendo sus  productos como blusas y vasos hechos con bambú. Alrededor de donde Alba estaba las paredes tenían murales muy coloridos con rostros de niñas, niños, jóvenes y personas adultas, con detalles que Alba asumió alusivos a elementos culturales que había visto en las artesanías que vendían.

Sintió un ligero roce en su espalda, giró y se percató que era una rama,  la ventana de la casa estaba bellamente decorada con flores. Se acercó a una de las flores y halló en uno de sus pétalos a una catarina. Para Alba era una linda premonición haberla encontrado, recordó que solían dormir en invierno y salir en primavera, justo la época en que se encontraban. Tan entretenida estaba que olvidó revisar el reloj. En ese momento escuchó la voz de Elisa que gritaba,

–¡Alba, Alba ya regresé!

Al tiempo que agitaba alegremente la bolsa con los productos recuperados.

Alba le devolvió el mensaje con una sonrisa en el rostro y aplaudiendo. La espera en primavera había valido la pena.

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