Autonomía tecnológica: herramientas libres para la lucha social

 

 

Texto publicado en el número 552 de la revista América Latina en Movimiento (abril 2021) ¿Quién decide nuestro futuro digital?, editado por ALAI.

Si eres fan de Mark Zuckerberg, Bill Gates o Elon Musk, te gusta ganar dinero por encima de todo, no tienes ganas de organizarte con nadie o crees que el neoliberalismo ha hecho más en favor de la humanidad que Violeta Parra, este texto no es para ti.

Si, por el contrario, crees que otros mundos son posibles, y dedicas tiempo y energías para construirlos, y además también usas tecnologías digitales para ello, quizás te puede interesar lo que se dice a continuación.

No pretendemos sentar cátedra o decir lo que hay que hacer. Solamente somos una organización del sur de México, con 10 años de experiencia en el trabajo con tecnologías digitales vinculándolas con lo social. Hemos tenido muchos aprendizajes en estos años, sobre todo partiendo desde la idea de tender puentes entre los movimientos sociales y las herramientas tecnológicas. Un necesario “ida y vuelta” acorde a los tiempos que vivimos.

No creemos en el solucionismo tecnológico. Intentamos mantenernos al margen del tecnooptimismo (propio de la primeras dos décadas de la web) y del tecnocatastrofismo (propio de esta última década). Más bien pensamos que la clave es centrarse en lo social, en las dificultades y las oportunidades de relacionarnos con los procesos sociotécnicos.

Tampoco queremos fetichizar lo libre. Por sí mismas las tecnologías no deberían tener el poder que les damos, son herramientas que tendrían que hacer lo que queremos que hagan y dejar de hacer lo que no queremos que hagan (parafraseando al Partido Pirata Arg).

Sin embargo muchas tecnologías son cerradas, propiedad de grandes corporaciones, a las que necesariamente nos tenemos que adaptar si las queremos usar. Y ya hemos escuchado muchas veces lo que hacen Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft (el llamado Imperio GAFAM).

 

La agroindustria y la tecnología

Un amigo hacía una pregunta muy pertinente: ¿tu colectivo u organización se citaría para tener su asamblea en un Starbucks o en un Walmart? ¿Por qué sí la hace en Skype, Zoom, GoogleMeet o FacebookLive?

El modelo agroindustrial cambió nuestro vínculo con la tierra y la alimentación. Como expresan desde las luchas populares, «el problema de la agricultura actual es que no es un sistema orientado a la producción de comida, sino a la producción de dinero». Un puñado de empresas de Estados Unidos, Europa y China decide qué se produce, cómo se alimenta la población y, al mismo tiempo, cómo se enferma y empobrece.

Al igual que ocurre con la alimentación y la agroindustria, en las tecnologías digitales existe un control corporativo global. Este Imperio GAFAM, monopolizando, monetizando nuestros datos personales, condicionando políticas, moldeando la cultura popular, está cambiando nuestra forma de relacionarnos, de hacer política, de consumir, de trabajar, de vivir.

Y al igual que la respuesta a los conglomerados del agronegocio son los sistemas alimentarios locales, biodiversos, campesinos y agroecológicos, en el mundo tecnológico se puede luchar contra el capitalismo depredador e individualista buscando y usando alternativas, herramientas libres, abiertas y colaborativas. Es una lucha que ya comenzó hace años, pero que ahora que dependemos tanto de las tecnologías digitales tenemos que extender, porque el problema ya lo estamos viviendo y se va a exacerbar: noticias falsas, vigilancia, control social, vulneración de derechos básicos (libertad de expresión, de asociación y manifestación), pérdida de privacidad y comercialización de datos personales. Un poder que las disponen para producir cambios culturales a gran escala, fomentando el individualismo y la desmovilización, la polarización, la desmemoria y la inmediatez.

 

Pequeño repaso histórico

Se cumplen ahora 30 años desde la creación de la web, el gran impulso para que Internet se popularizara. Un impulso que pudo materializarse gracias a que era libre. Tim Berners-Lee, su creador, no quiso patentarla y la ofreció así al mundo.

Entonces, en los años 90 se abrió la idea de que Internet nos iba a otorgar libertades hasta entonces solamente soñadas, y se vio en ella la oportunidad de crear un futuro más inclusivo, distribuido y a favor de las personas y sociedades.

Pero ya a finales de la década, los conglomerados corporativos quisieron intervenir e invirtieron en proyectos bajo su lógica de rentabilidad. Poco a poco todo se va cerrando, excluyendo, generando ganancias para unos pocos. Aún así, es hasta 2006 aproximadamente, con las posibilidades que brinda la web 2.0, la creación de las redes sociales comerciales y la adquisición de Youtube por parte de Google cuando las cosas cambian hacia lo que tenemos ahora.

Como indica Osvaldo León, la fuerza de las «plataformas digitales se la encuadra bajo los parámetros ideológicos predominantes pautados por el consumismo, la competitividad, el individualismo como valores de superación y residual convivencia social, bajo un ambiente altamente emotivo». No olvidemos que las tecnologías no son neutrales, sino que responden a los objetivos de quienes las diseñan.

Se pregunta Douglas Rushkoff: ¿Las redes sociales conectan a gente de manera nueva e interesante? No, las redes sociales en realidad usan nuestros datos para predecir nuestro comportamiento futuro para, cuando sea necesario, influir en nuestro comportamiento futuro. Google, Facebook, Amazon o Apple tienen la suficiente capacidad productiva y la influencia directa en las personas como para ser actores políticos decisivos en el actual escenario global.

El proyecto inicial de una red abierta fue derivando en una progresiva centralización y mercantilización.

“Las plataformas digitales han convertido un mercado ya de por sí explotador y extractivo (pensemos en Walmart) en un sucesor aún más deshumanizador (pensemos en Amazon)”, remarca Rushkoff. “Pero el impacto más devastador del capitalismo digital acelerado recae sobre el medioambiente y en la población pobre del mundo”. Y se basan en el extractivismo minero y el extractivismo de datos, añadimos desde Sursiendo.

 

El debate…

En muchas ocasiones es muy difícil dejar de usar las plataformas o herramientas corporativas. En otras se usa el argumento de que “ahí está todo el mundo” y ahí es donde debemos estar con nuestros mensajes. También hay cada vez más voces que dicen que no hay que usar las tecnologías del enemigo, que además tiene el poder de apagar esos mensajes cuando lo deseen.

Recordamos el debate que se ha dado en los movimientos desde los años 80 (o incluso antes): intentar tener repercusión en los medios masivos de comunicación o crear nuestros propios medios. Pensamos que Internet es un territorio en disputa, que es preferible habitar a que sea apropiado por las corporaciones con las consecuencias que implica en la modificación de nuestras ideas y comportamientos. Además, estamos alimentando con nuestra presencia su crecimiento.

Volvemos a Rushkoff, quien afirma que “podemos convertirnos en los consumidores y perfiles individualistas que nuestros dispositivos y plataformas quieren que seamos… o podemos recordar que el ser humano evolucionado de verdad no camina solo”.

 

Alternativas: camino hacia la autonomía

Desde Sursiendo intentamos usar y alentar el uso de tecnologías libres. Lo libre lo entendemos más como lo colaborativo y abierto, contrario a lo corporativo y cerrado. Sí, libertad para compartir, para el apoyo mutuo, para saber cómo está hecho y para qué sirve. En realidad lo libre da la posibilidad de adaptarlo a nuestras necesidades, ver si hay algo detrás. Y como no todo el mundo desea desentrañar esas herramientas, hay mucha otra gente que testea, comprueba y difunde que las cosas funcionan como dicen que funciona. Cuando es libre, claro.

La Autonomía Tecnológica se puede equipar a la idea de soberanía alimentaria: depende de contar con los medios que hagan posible una tecnología al servicios de las necesidades de comunidades locales.

Es el camino que se puede ir transitando, poco a poco, porque parece que las tecnologías digitales han llegado para quedarse, y para tener una gran importancia en nuestras vidas.

Como en unos de los grandes problemas que ya enfrentamos y que crecerá con el paso del tiempo, «la protección de la privacidad no es un problema individual sino colectivo. La seguridad de nuestra información no es un tema técnico sino político«, coincidimos con estas palabras de Bea Busaniche.

Y quizás no necesitemos perseguir el crecimiento e intentar hacer las cosas “a lo grande”, sino pararnos a pensar qué necesitamos realmente y para qué. O de qué otras formas podemos también diversificar el satisfacer esas necesidades.

Sí es cierto que hasta hace unos años las tecnologías libres eran difíciles de usar, no eran estéticamente atractivas. Pero eso ha cambiado, aunque se haya quedado en el imaginario popular la idea inicial. Muchas de las herramientas abiertas y colaborativas ya las usamos, como el navegador Firefox, el gestor de contenidos WordPress o la paquetería LibreOffice, que incluso superan en prestaciones al software de las corporaciones.

Preferimos algún sistema operativo basado en GNU/Linux, como Debian o Linux Mint, que son robustos, fáciles de usar, con mucha documentación y personalizables.

Para el tratamiento de imágenes, el diseño gráfico y editorial tenemos Gimp, Scribus e Inkscape. No deberíamos de abandonar los correos electrónicos para comunicarnos, y existen algunos gratuitos y seguros, como los que se ofrecen en RiseUp, Disroot y Framasoft, que además son plataformas militantes que ofrecen otras herramientas útiles.

Para videoconferencias tenemos a Jitsi o Bluebigbuttom; para mensajería instantánea a Signal, por ejemplo. Peertube y FediverseTv son plataformas de videos. Para uso de la “nube” a Nextcloud. Además pueden ir complementadas con el uso de servidores autónomos y cooperativos, como hay en casi todos los países de América Latina. Al igual que nodos a las redes federadas y descentralizadas, como Mastodon o Diáspora.

Es más, cada vez hay más experiencias de redes comunitarias, que se responsabilizan de las infraestructuras básicas, e incluso construyen sus propios routers.

Y existe apoyo tecnológico como Tierra Común, Colectivo Disonancia, LaLibre.net, Cooperativa Primero de Mayo, hacklabs, colectivos tecnológicos y grupos de ciberfeministas para las causas sociales.

Ya no hay excusas para asomarse a las herramientas libres, hay alternativas, soluciones a nuestras necesidades, pero cambiando la mentalidad del solucionismo.

“Hoy más que nunca, debemos esclarecer nuestros horizontes políticos a largo plazo pensando en qué modelo de sociedad queremos vivir y qué estrategias políticas necesitamos para conseguirlo” (Colectivo Disonancia).

Decía recientemente Raúl Zibechi que “aún no hemos encontrado los modos de actuar capaces de enfrentar la revolución digital, no para negarla, sino para evitar que destruya la vida”; quizás, una forma sea no colaborar con este nuevo imperialismo-gafam y dejar de usar sus tecnologías. #SalvemosInternet con nuestras decisiones y prácticas cotidianas. Sí se puede, si avanzamos de a poquito con un horizonte definido.

@sursiendo

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