De series policíacas y comentarios de Pedro Tomé

En mi anterior entrega para Encarte Crítico comenté la singularidad de algunas series policíacas exhibidas en Netflix y sus posibles relaciones con problemáticas que atañen a los antropólogos. Desde España, Pedro Tomé, mi colega y amigo, me escribió comentarios muy relevantes en relación al texto mencionado. En uno de sus apuntes, dice Tomé: “…lo interesante de que comiencen a  aparecer  en estas series, fiestas populares como elemento nuclear y lo necesario que sería que hubiera antropólogos entre los guionistas…” En efecto, en series como Hierro la vida del pequeño poblado en el que se sitúa la acción gira alrededor de la fiesta popular. Como bien apunta Tomé, un antropólogo o antropóloga conocedora de esas fiestas, sería de gran ayuda en la etnografía de la misma, lo que enriquecería al guion de manera notable, beneficiando al espectador en su apreciación de la importancia de la fiesta como un ritual de identidad colectiva. Además, desde la antropología podría describirse la maraña de relaciones sociales que implica la sola organización de la fiesta y los juegos de poder que entraña. Todo ello es factible de presentarse visualmente sin cansar al espectador ni pretender ofrecer “lecciones” de antropología, sino solo de informar al público lego de la importancia que este tipo de fiestas reviste. Por esa razón, en mi texto, mencioné la relevancia de la Fiesta Grande de Chiapa de Corzo y atendí a los orígenes ibéricos de la misma al llamar la atención en el parecido de los trajes y atuendos usados en la Isla del Hierro y en la fiesta de los Parachicos. Lo mismo digo en el caso de la “bajada” de las vírgenes de Copoya al visitar a Tuxtla Gutiérrez. Pero existe un siguiente comentario de Pedro Tomé que es muy interesante: “…creo que la eclosión de las series merece una reflexión adicional. Creo que son un producto propio de esta vida postmoderna y neoliberal”. En efecto, es notoria la eclosión de estas series en un momento en el que crecen desmesuradamente las ciudades formando megapolis inmensas mientras que los ámbitos rurales son absorbidos en esas concentraciones irracionales. Todas o casi todas las historias en las que se basan esas series, se desarrollan en pequeños poblados, cuyo contexto de relaciones “cara a cara” son explorados por los cineastas y en donde, de nuevo, la intervención de los antropólogos sería de gran importancia. Por ejemplo, la serie que se titula Capistrani, cuya acción transcurre en un pequeño poblado de Luxemburgo. El actor Luc Schiltz, completamente desconocido en México, interpreta a un detective que investiga el crimen de una adolescente ocurrido en un breve poblado Luxemburgués. Con el crimen, está relacionada la desaparición de otra adolescente, que resultaré ser melliza de la asesinada. De nuevo, el espectador observa el conflicto entre los habitantes de un pequeño poblado que vive de actividades propias del campo y un detective que viene de “la Ciudad”  con un morral de ínfulas y prejuicios. Pero la realidad lo obliga a aliarse con una mujer policía local, sin la cual es imposible que logre avanzar un solo centímetro en la investigación. La actriz Sofia Mousel, también desconocida en México, logra una excelente interpretación de la mujer policía local. Además, la serie va mostrando la complejidad del pequeño poblado e incluso la participación del ejército luxemburgués en el tráfico de drogas y el problema que  representa para un país de 600,000 habitantes el que su juventud se drogue. Muy interesante serie, que se ajusta al comentario exacto de Pedro Tomé: están enmarcadas en el postmodernismo y el neoliberalismo. Además, la serie está hablada en luxemburgués con  breves intervenciones en alemán y en francés y, por supuesto, con subtítulos en español. Me he preguntado si es posible hablar de una generación a nivel internacional de cineastas que por alguna razón, coinciden en sus visiones del mundo y lo transmiten a través de estas series. Siguen los comentarios de Pedro Tomé con observaciones muy atinadas. Cito en extenso: “La gran diferencia con lo que teníamos hasta hace unos años es que el cine (o el teatro, o la ópera u otros espectáculos públicos (incluido el circo) es que eran siempre “colectivos”. Es decir, uno salía de casa e iba a un espacio público-aunque privado-donde disfrutaba (o no) de lo que veía y luego en la calle comentaba con otros qué le había parecido.

Las series, sin embargo, apuestan por la individualidad. Uno las ve en casa. Algunos en familia, pero muchos solos en el ordenador. Siempre (o casi) en el ámbito de la privacidad. No requieren salir del “hogar”. Aunque hay una nueva sociabilidad de grupos de jóvenes que “quedan” para ver juntos una serie completa-siete u ocho horas de una tacada todos juntos o cada uno en su casa con las computadoras sincronizadas”. Excelente observación con la que concuerdo. Además, como también lo señala Tomé, estas series tienen un público global que alcanza millones de espectadores además de cruzar infinidad de ámbitos culturales. Sin duda, es un tema antropológico. ¿Qué resultados tendrá a corto y largo plazo esta situación? Las series no son inocentes: conducen al observador hacia prototipos de vida que son sugeridos a millones de personas. Y no sólo en el “mundo occidental” sino a nivel planetario. Así que encierro pandémico pero también mensajes a una colectividad humana de millones de personas unidas alrededor de una computadora o una pantalla. Todo ello es tema antropológico y reclama una nueva visión de esta disciplina para explicar el mundo actual.

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 21 de junio, 2021.

 

 

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