Nuevo etiquetado de alimentos o la congoja de comprar

Hoy abordaré una situación que, por convertida en cotidiana, no deja de asombrar, aunque tal sorpresa no sea agradable. Se trata del nuevo etiquetado de los productos alimenticios que se compran en el supermercado y en cualquier tienda de abarrotes. Etiquetado muy visible para indicar el exceso de sodio, azúcares, calorías y grasas saturadas que llevan los alimentos expuestos en las estanterías para ser adquiridos por la ciudadanía.

Rotular los víveres de esa forma fue aprobado el pasado año, y entró en vigor el primer día de octubre del 2020, con la intención de atender las recomendaciones internacionales sobre la nutrición expuestas por organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Igualmente, el nuevo etiquetado se justifica por el derecho a la información y la salud de los ciudadanos en un país donde las enfermedades provenientes, o intensificadas, por la ingesta de ciertos alimentos se han disparado en los índices estadísticos. Obesidad, diabetes o enfermedades cardiovasculares se enlistan como problemas nacionales que afectan a un elevado porcentaje de la población.

La preocupación por la salud y por prolongar las expectativas de vida, inquietudes agravadas con la pandemia del Covid-19, se convierten en un problema de Estado como lo destacó Michel Foucault con su concepto de biopolítica. Término que destaca las técnicas disciplinarias desplegadas por las instituciones estatales y dirigidas a controlar y encaminar los comportamientos individuales y sociales de los ciudadanos.

Tal etiquetado de los productos parece responder a la perfección a esas técnicas. Afirmar lo anterior no significa denostar la preocupación por la salud propia o de las personas de nuestro entorno, sino entender que en las sociedades modernas la asunción de estos procesos establecidos y controlados desde el poder resulta, por lo general, bastante exitosa porque nadie desea enfermarse. La certidumbre de esa afirmación no le resta inconvenientes al nuevo etiquetado. Además de la angustia y desagrado que representa enfrentarse a una compra turbadora, puesto que la mayoría de productos tienen una etiqueta que los convierte en insalubres, tampoco hay que olvidar que los problemas de salud no se ciñen a los arriba mencionados. Existen otras enfermedades vinculadas con la ingesta de alimentos, como son los casos de la anorexia y la bulimia, y a los que dicho etiquetado no parece ayudar a la hora de enfrentarlas.

Por último, situar este nuevo etiquetado como elemento de reflexión no creo que sea banal, en especial, porque la responsabilidad se traslada, en casi su totalidad, a la ciudadanía consumidora. Habría que pensar si no es más razonable e impostergable trasferir dicho cometido a los procesadores de alimentos, aquellos que son señalados en las etiquetas por no cumplir sus productos con los requerimientos de salud. Seguramente la evaluación y análisis de Michel Foucault ayuda a entender esta circunstancia que remite, como no puede ser de otra forma, al papel jugado por el poder y, como derivación, a la concomitante indefensión de los ciudadanos.

 

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