Democracias plenas y sabiduría del refranero

En las siguientes páginas utilizaré un ejemplo lejano para algunos lectores, pero ello no impide la reflexión sobre las maneras de construir discursos políticos. Formas de estructurar dichos discursos con nítidos resabios religiosos y que tampoco resultan ajenos a las reafirmaciones personales de los seres humanos. El mencionado ejemplo es el del presidente del gobierno español, Pedro Sánchez. Desde hace meses es imposible no escuchar alguno de sus discursos o respuestas a periodistas que no incluya la siguiente muletilla: “España es una democracia plena” o “somos una democracia plena”. Los especialistas en analizar los discursos necesitan más que una frase para realizar sus interpretaciones, pero aquí solo voy a recordar el refranero popular, que siempre ayuda cuando no se cuenta con las herramientas, ni el espacio suficiente, para profundizar en una materia.

Pedro Sánchez

Insistir en la afirmación sobre España como democracia plena puede leerse como un contrasentido. Si realmente es la democracia que se afirma qué sentido tiene repetirlo constantemente. Una lectura a vuela pluma es que la muletilla recuerda el lenguaje religioso y su liturgia. Repetición ritual que en política, o en cualquier situación, tiene la voluntad de la reafirmación. Así, se confía en la fe ciudadana para convertir en verdad absoluta lo repetido en el discurso. En el ejemplo utilizado, sin embargo, la declaración debe contextualizarse a través de los varapalos que el Estado español se ha llevado, en especial por el papel de su poder judicial, en distintas instancias internacionales por su dudoso, por decir lo menos, respeto a los derechos humanos y civiles.

Desde esa lógica, y como dije antes, se entiende la referencia al refranero y su “Dime de qué presumes y te diré de qué careces” porque el presidente del gobierno español atribuye a España unas virtudes que en la realidad no se comprueban, por no decir que son bastante dudosas. Una situación que, con toda lógica, es extrapolable a otros ámbitos regionales y en los que los políticos insisten, a través del discurso, en mostrar una realidad tergiversada para maquillarla o, en última instancia, ocultarla.

La teatralidad propia de la política hoy es difundida a través de todos los medios de comunicación disponibles; lo anterior facilita observar que en muchos países los políticos construyen sus discursos para demostrar que tanto sus Estados, como los gobiernos en turno, son presentados de acuerdo a modelos ideales, en vez de reflejar la cotidianidad de instituciones y ciudadanos.

“Dime de qué presumes, y te diré de qué careces” resulta muy pertinente para aplicar a la política actual, pero a nadie se le escapa que el refrán se adapta a la perfección, y por desgracia, a la exhibición cotidiana de muchas personas que cada vez más construyen su realidad a través de esa teatralidad. Exaltación personal que recuerda los modelos utilizados por la mercadotecnia y que son ejemplificados, a la perfección, en la política.

Vender irrealidades, vender humo como deporte contemporáneo para un ocultamiento de objetividades que, en definitiva, siempre se hacen presentes con un poco de perspicacia y, sobre todo, con la máxima de no desear vivir en la fe y con las ganas de enfrentar la realidad con una visión crítica. Sobran alardeos vacíos y faltan criterios sustentados en el análisis en estos tiempos de volátiles informaciones y afirmaciones.

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