La autarquía y la felicidad

Casa de citas/ 550

La autarquía y la felicidad

Héctor Cortés Mandujano

 

 

Aristóteles fue alumno de Platón (quien lo fue de Sócrates) durante 20 años. Pero Aristóteles hizo su propio camino. De él trata Aristóteles. El hombre feliz y la sociedad justa son los que buscan el equilibrio entre los extremos (RBA, 2019), larguísimo subtítulo, de Oriol Ponsatí-Murlà.

Algunos filósofos fundaron su propio centro de enseñanza (p. 28): “La Academia de Platón, el Liceo de Aristóteles, el Jardín de Epicuro”. Aristóteles escribió con abundancia, por eso se suele dividir su producción en seis grupos (p. 42): “Lógica, física, biología, filosofía primera, filosofía práctica y filosofía poiética”. [La poiesis significa creación, la conversión de cualquier cosa del no ser al ser.]

La felicidad, en Aristóteles, como en los trágicos, es perspectiva (p. 50): “La felicidad sólo puede darse en el momento culminante de la vida, al final de todo, cuando se llega a la cima de la montaña, y por vez primera (y última), el hombre puede mirar atrás y contemplar todo el camino que ha recorrido”.

Aristóteles proponía a sus alumnos la autarquía, pero (p. 76) “el autárquico no es un anacoreta, sino alguien que vive su dimensión social sin que ninguno de los aspectos esenciales de su vida dependa de los demás”. Ser libre, lo más que se pueda.

 

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Ilustración: Alejandro Nudding

Leo Séneca. Una ética basada en la conciencia de la finitud y el respeto al prójimo (RBA, 2019), de Jaime Moreno.

Séneca, al igual que Sócrates, se quitó la vida por sí mismo, luego de una condena de Estado. Fue consecuente con su dicho (p. 37): “La muerte no es un castigo ni una desgracia, sino un estado natural que permite descansar de las tribulaciones de este mundo”.

Su pensamiento rozaba lo herético, pues pensaba que había (p. 46) “una superioridad del sabio con respecto a la divinidad, puesto que un dios posee en sí mismo la perfección, sin esfuerzo alguno por su parte, mientras que el humano debe ganarla a pulso”.

Y lo importante era el interior de los humanos (p. 52): “Cualquier circunstancia vital carece de importancia: una persona puede ser rica o pobre, pero su verdadera riqueza dependerá de si posee o no la virtud interior”. La vida, proponía, debe ser dedicada a buscar la sabiduría, no los privilegios, el dinero, las propiedades materiales.

El sabio puede aceptar la riqueza, pero no aferrarse a ella, decía Séneca (quien gozó de privilegios económicos desde su nacimiento), porque (p. 56) “las riquezas del sabio están al servicio y, en casa del necio, al mando”.

Insistió sobre la naturalidad de la muerte (p. 62): “Lo importante es vivir una vida de verdad, no únicamente existir, y ello requiere, entre otras cosas, ser consciente de la propia mortalidad”.

[Los romanos llamaban Otium (que se tradujo como Ocio) al tiempo consagrado a “las actividades artísticas y creativas”, no a la holgazanería, como se entendió después; la palabra tenía su antónimo en Negotium, que era el tiempo dedicado a “la política y los negocios”.]

Séneca tuvo varios cargos políticos de los que no siempre salió bien librado: Claudio lo condena a muerte, pero le conmutan esa pena por el destierro. Se convierte después en consejero político y ministro con Nerón, quien también lo condena a muerte. Séneca decide suicidarse. Lo dijo de distintas maneras (p. 106): “Perecederos nosotros, recibimos bienes perecederos”. Consecuente con ello (p. 139): “Murió tras abrirse las venas y beber, como Sócrates, una infusión de cicuta”.

[A Cayo Julio César Augusto Germánico lo apodaban Calígula, nombre con el que se coló a la historia, en su rama más sanguinaria y siniestra. El apodo (p. 71) “se refiere a las cáligas o sandalias que calzaban. Era, pues, el ‘botitas’ ”.]

Del glosario final de este volumen me llamaron la atención dos definiciones (p. 151): “Cuerpo: parte del ser humano que, al contrario del alma, se caracteriza por su bajeza” y (p. 153) “Proficiente: Persona que ha iniciado su proceso de mejora moral hacia la sabiduría, es decir, un aspirante a ésta. […] Se trata de una categoría intermedia entre el sabio y el necio introducida por Séneca, quien siempre se consideró proficiente”.

 

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Dice mi buscador de Google, sobre lo que busco: “En 1907, los rotativos Boston Sunday Post y The New York Times sorprendieron con la noticia de que Duncan MacDougall, un desconocido médico de Haverhill, Massachussetts, habría ‘demostrado’ que el alma humana pesaba alrededor de 21 gramos”.

21gramos tituló, por la idea anterior, Alejandro González Iñárritu a su segundo largometraje; yo leo, sin embargo, la novela breve El pesador de almas (Plaza & Janés, 1963), de André Maurois y en ella se cuenta de un médico, el doctor James, un pelín loco, que inventa una máquina para, justamente, pesar las almas de los recién fallecidos. La conclusión a la que llega es que (p. 34) “el alma existe y pesa diecisiete centésimas de miligramo”.

Ni a quién hacerle caso…

 

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He hablado en varias Casas de cita sobre Hannah Arendt. Lo hago de nuevo, luego de haber leído, en la colección Comprender la filosofía, Hannah Arendt: el totalitarismo es una forma nueva de dominación que usa el terror para destruir al ser humano (RBA, 2019), de Agustín Serrano de Haro.

En Sobre la violencia dice Arendt (p. 125): “La violencia puede siempre destruir el poder; del cañón de un arma brotan las órdenes más eficaces que determinan la más instantánea y perfecta obediencia. Lo que nunca podrá brotar de ahí es el poder”.

Dice Agustín Serrano que una de las citas predilectas de Arendt era la de Catón de Útica (95 a.C.-46 a.C.), que dice (p. 126): “Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca menos solo que cuando está consigo mismo”.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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