Alfredo López Austin/Rodolfo Reyes Cortés: Dos Caminos, Dos Destinos

Muy de mañana el pasado viernes 15 de octubre nos llegaba la noticia de la muerte de Alfredo López Austin a los 85 años de edad. Había nacido López Austin en Chihuahua, en Ciudad Juárez, en plena frontera con los Estados Unidos. Uno puede ver el “otro lado” sentado en el parque de Ciudad Juárez, la “Town Border” de la película que protagonizó Jeniffer López. Alfredo López Austin, como tantos jóvenes en aquellos días, se trasladó a la Ciudad de Monterrey para estudiar Derecho en la Universidad Autónoma de Nuevo León allá por los años de 1954-1955, estudios que continuó en la Facultad de Derecho de la UNAM de 1956 a 1959. Pero litigar no era la vocación de Alfredo. Como tantos jóvenes en México, en aquellos años solo se hablaba de tres profesiones: derecho, ingeniero o medicina. Por fortuna, su estancia en la UNAM lo auxilió a descubrir su vocación por la Historia y se inscribió a la Facultad de Filosofía y Letras en donde logró obtener la licenciatura con una tesis dedicada a la reflexión de los métodos de trabajo de Fray Bernardino de Sahagún, el sorprendente etnógrafo de la cultura nahua en el siglo XVI. López Austin no sació su sed de saber y continuó hacia el posgrado. En la misma UNAM, en la Facultad de Filosofía y Letras, obtuvo la Maestría en Historia con otro texto señero, hoy clásico, Hombre-Dios. Religión y Política en el Mundo Náhuatl que en 1973 se publicó como libro. Muy temprano en sus inicios como Historiador, Alfredo López Austin ingresó al Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM al frente del cual estaba nada menos que Don Miguel León-Portilla, a quien Guillermo Bonfil, con el humor que lo caracterizó, llamaba “El Tigre Portilla”. Por cierto, a propuesta de Bonfil, Don Miguel me otorgó la primera beca que recibí como estudiante de antropología, lo que me permitió trabajar al lado de Bonfil como ayudante de investigación y conocer desde mis días de estudiante a personajes como Alfredo López Austin. Además de las influencias locales, López Austin fue un seguidor de la llamada “Escuela de los Annales” fundada por Fernand Braudel, el historiador francés. Me parece que fue esta Escuela la que inspiró a López Austin a proponer los tiempos históricos de Mesoamérica, continuando así el trabajo y el consejo de Paul Kirchhoff, el fundador de ese concepto, que los antropólogos e historiadores han convertido en una identidad. Pero eso es harina de otro costal. Lo cierto es que trabajando Mesoamérica, López Austin logró acuñar su concepto de “Núcleo Duro” para referirse a los elementos estructurales de una Cultura, que perviven o cambian lentamente. De esta manera, Mito, Realidad Histórica, El destino del Alma, Cuerpo Humano, se entremezclan magistralmente en la obra de Alfredo López Austin. Con Luis Millones, el arqueólogo e historiador peruano, López Austin trabajó comparando las mitologías y cosmovisiones del llamado “Mundo Andino” (concepto que John Murra sujetó a discusión) y de Mesoamérica. Me parece que no es exagerado decir que López Austin pensó a los mitos y las cosmovisiones como teorías de la Historia, lo que puede observarse al leer Los Mitos del Tlacuache, el libro que publicó en 1990.  Con Martha Luján, su compañera de toda la vida, Alfredo López Austin tuvo a su hijo Leonardo López Lujan, destacado arqueólogo e historiador, que sigue un camino muy interesante como investigador. Por cierto, el lector interesado podrá encontrar múltiples referencias a López Austin en Google. Es un Historiador fundamental que todo estudiante de ciencias sociales en general y de historia en particular, debe leer.

Al enterarme de la muerte de Alfredo, me llegó un golpe de tristeza pero también un sentimiento de agradecimiento por haberlo conocido y tratado, a él y a su esposa. Nos reuníamos en la casa maravillosa de José Lameiras y Brigitte Boehm, allá en el añejo D.F., en Tlalpan, en una calle que lleva el nombre utópico de “Triunfo de la Libertad” en donde estaba situada aquella casa de los Lameiras-Boehm que nos daba regocijo y cobijo en los maravillosos días de estudiantes. Abrazo a la distancia a Martha Luján  y a su hijo Leonardo. Alfredo nos dejó huérfanos como dijo una poeta de Oaxaca, pero vive en cada libro que escribió.

Aún con la noticia de la muerte de Alfredo López Austin muy fresca en la memoria, mi amigo José Luis Ruiz Abreu, el entrañable Oso, me llamó para decirme que había fallecido Rodolfo Reyes Cortés, otro personaje notable de nuestro ámbito cultural latinoamericano. Rodolfo era coleto, nacido en San Cristóbal de las Casas un día 24 de abril de 1936. Me llevaba exactamente 11 años.  Escuché de Rodolfo de labios de mi padre desde mi adolescencia porque venía su nombre a propósito del comentario de que la Maestra Chela Reyes era su hermana y tenía su escuela de ballet justo enfrente de mi casa, en la primera avenida sur en Tuxtla Gutiérrez. Un buen día, conocí a Rodolfo porque tocó a esa puerta y le abrí. “Está el Maestro Fábregas” me preguntó al tiempo de saludarme. Mi padre lo recibió con notorio gusto y recuerdo que en la biblioteca de aquella casa, se enfrascaron en larga conversación. Rodolfo era todo un personaje de la danza, la coreografía y lo que podemos llamar la etnocoriografía. En efecto, muy joven aún, pero ya un bailarían experimentado, Rodolfo Reyes Cortés se sumó a la Revolución Cubana y a solicitud del Comandante Ernesto “Che” Guevara, fundó el Conjunto de Danza Folklórica Nacional de Cuba al que dedicó 10 años de su vida. Viajó por todo el mundo con ese conjunto. Fue el asombro de públicos diversos en África, Oceanía, Europa, Asia, América Latina y El Caribe. Rodolfo tenía una sed insaciable de bailar, de danzar, de penetrar los rincones de una sociedad a través de la danza y la poesía. Por cierto, también fue pintor y escultor, alumno que fue de la legendaria Escuela La Esmeralda situada en la Ciudad de México, recinto en donde conoció y trató a los grandes del muralismo mexicano, Rufino Tamayo, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera. En los tiempos del Presidente Salvador Allende, Rodolfo Reyes fundó el Ballet Folklórico Nacional de Chile, con el que también viajó por el mundo. En los aciagos días del golpe de Estado de un ejército de mercenarios cayó el Presidente Allende asesinado en su propio despacho; Rodolfo Reyes fue prisionero y torturado, a grado tal, que trasladado a la Ciudad de México tuvo que internarse en un hospital para ser curado de sus heridas. Pero se levantó y siguió danzando. Lo recuerdo trabajando en la UAM en donde fundó un certamen nacional de Etnocoriografía del que fui jurado a petición suya. Con él, colaboró Noé Gutiérrez, quien fuera el Director del Archivo Histórico de Chiapas  cuando los trasladamos a la UNICAH y autor del libro Que trabajos pasa Carlos. Por cierto, regresado de Chile y curado de sus heridas, Rodolfo Reyes Cortés fundó la Facultad de Danza y la Compañía de Danza Contemporánea además del Taller de Reconstrucción Etnográfica de la Universidad Veracruzana durante el Rectorado de Roberto Bravo Garzón. En los días del Instituto Chiapaneco de Cultura, en alguna mañana, recibí la visita de Rodolfo Reyes Cortés que me solicitó apoyo para hacer una gira por Chiapas y enterarse en el campo mismo, de las danzas que el pueblo chiapaneco ha creado a lo largo de siglos. El ICHC le facilitó un vehículo y un chofer conocedor de los caminos chiapanecos, y así Rodolfo Reyes reconoció de nuevo a su tierra natal y supo ver en las danzas de Chiapas a mensajes profundos de la variedad cultural del estado.

En 2019, Rodolfo Reyes recibió, por fin, un reconocimiento del Estado Mexicano al otorgársele la Medalla de Bellas Artes. Murió el 16 de octubre de este año pandémico y sin duda deja un vacío muy importante solo igualado por la importancia de su trabajo. Es de esperar que el propio Gobierno del estado de Chiapas le rinda un homenaje a tan notable chiapaneco, ciudadano universal, cosmopolita y bailarín infatigable.

Dos vidas, dos destinos. Alfredo López Austin y Rodolfo Reyes Cortés nunca se conocieron. Murieron casi al unísono porque así es la vida. Ambos contribuyeron en campos muy diferentes pero muy representativos de nuestro Orbe Cultural y Académico. Ambos trascendieron las fronteras de México y lograron difundir universalmente el conocimiento, la sabiduría ancestral de los pueblos que hacen de México una tierra pródiga de variedad cultural. Que descansen en paz.

Ajijic. Ribera del Lago de Chapala. A 17 de octubre de 2021.

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