Buenas leyes y buenas armas

Casa de citas/ 555

Buenas leyes y buenas armas

Héctor Cortés Mandujano

 

En Cerebro y música. Entre la neurociencia, la tecnología y el arte (Emse Edapp-Editorial Salvat, 2019), de Víctor Maojo, se tocan varios temas; uno es la respiración como disciplina fundamental para los cantantes (p. 65): “Para tener una buena voz hay que conocer bien cómo funciona la respiración”, pero saberlo no sólo sirve a los cantantes, sino a cualquier instrumentista.

El célebre pianista Arthur Rubestein, cuenta Maojo, que cuenta Arthur en su biografía, tuvo una amante apasionada –la mezzosoprano Gabriella Besanzoni– y “Rubestein se fijó muy atentamente en el control respiratorio –regido desde el cerebro– de la cantante, que él imitó en su técnica, lo que fue determinante para su forma tan personal de tocar”.

Maojo cuenta muchas anécdotas de celebridades. El tenor napolitano Enrico Carusso, por ejemplo, vomitaba antes de cada representación. Algo más. Su celebrada entrega y éxito en I Pagliacci (p. 68) “se debían a su compenetración emocional con el papel del protagonista, pues Carusso sabía que su mujer lo engañaba, en la vida real, con su propio chofer, con el que poco más tarde se fugó”.

Tiene el libro un apartado sobre la enfermedad de algunos artistas; allí se refiere el autor a la sífilis, que (p. 129) “se llamó en Francia (y de ahí, en toda Europa) ‘el mal español’, mientras que en España se le llamó ‘el mal francés’, en signo evidente de generosidad con el mérito ajeno. En realidad, parece que el primer caso pudo producirse en Italia”.

 

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Notas desde el subterráneo (Editora Nacional, 1963, traducción de Alfonso Nadal), de Fiódor Dostoyevski, tiene como protagonista a un hombre que odia a todos y, evidentemente, se odia a sí mismo. En la primera parte, “El subterráneo”, tiene 40 años, y en la segunda, “Mientras cae la nieve”, tiene 24. Nada cambia. Sólo tiene odio en su subterráneo, es decir en su interior, en su espíritu; está (p. 209) “divorciado de la vida real”.

Se encuentra en un salón, con una prostituta e intenta redimirla (p. 154):

—Aun eres joven, guapa; puedes amar, casarte, ser feliz…

—No todas las casadas son felices.

 

Su desentendimiento de aquello que no sea él, lo resume muy bien con esta pregunta (p. 198): “¿Qué me importa que se hunda el mundo, mientras a mí no me falte el té?”.

Es contradictorio. Siente deseo por Liza y toma sus manos (p. 202): “¡Cómo la odié y cómo me sentí atraído por ella en aquel instante!”.

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Maquiavelo. La política es independiente de la moral y solo persigue el poder (RBA, 2019), de Marcos Jaén, recorre vida y obra de ese florentino, nacido en 1469.

Los Medici eran los poderosos de Florencia hasta que fueron expulsados; entonces, Girolamo Savonarola (1452-1498) tuvo en el algún momento el poder en sus manos y (p. 44) “persiguió ferozmente a los homosexuales, las bebidas alcohólicas, el juego, la ropa indecente y los cosméticos”.

A él se debe el famoso concepto de la “hoguera de las vanidades” (título de una espléndida novela de Tom Wolfe), porque hizo un fuego inmenso en la plaza central de Florencia donde hacía arrojar todos los objetos que consideraba “pecaminosos” (p. 44), “incluyendo cuadros y obras maestras del período, libros de Petrarca y Bocaccio, y de los clásicos grecolatinos”.

Pero Savonarola, más que por su odio prejuicioso, no estaba armado y se cumplió lo que Maquiavelo escribió en una de sus puntuales observaciones (p. 47): “Solo conquistan los profetas armados, los profetas inermes no pueden más que fracasar”.

Maquiavelo fue un pensador que hablaba de su tiempo y, quizás sin preverlo, del futuro. Como dice Jaén (p. 66): “La política no puede instalarse en un mundo maravilloso e ideal. Es necesario conocer lo que el filósofo denomina ‘la vía del infierno’ ”, las tripas de la realidad.

Maquiavelo escribía para ayudar a pensar a los políticos; su mala fama posterior a su muerte donde lo “maquiavélico” se usa para referirse (p. 7) “a quien utiliza la hipocresía y la manipulación para lograr sus fines”, se debió en parte “a su actitud crítica hacia la Iglesia y a la franqueza de su pensamiento”.

Su breve libro El príncipe (escrito en 1512-1513) debiera ser (es, de hecho) un libro de lectura obligatoria para los que ejercen el poder (p. 100): “Para el florentino, ningún gobernante podía tener todas las cualidades que pretendían los libros. Peor todavía, en caso de tenerlas, no sería sensato utilizarlas. El filósofo entendía que, en la conservación del Estado, lo bueno o malo adquiere un rol secundario respecto a lo útil y necesario”.

Y más (p. 101): “Entre quien está armado y quien está desarmado, dice Maquiavelo, no hay proporción alguna. No es razonable que quien esté armado obedezca a quien esté desarmado, ni que el desarmado se encuentre seguro entre servidores armados”. Por eso (p. 102), “los cimientos de todos los Estados, nuevos, viejos o mixtos, son buenas leyes y buenas armas”.

Tres consejos (p. 108): “Un príncipe prudente no puede guardar fidelidad a su palabra si esta se vuelve en contra suya”; “Lo importante no es solo que el líder tenga cualidades, sino más bien, y sobre todo, que parezca que las tiene”, y “Hay que poder moverse según exigen los cambios de fortuna”.

Una última idea (p. 131): “Cuanto más rigurosa es la falta de libertad, más miserable es la situación de los ciudadanos y peor es también la del Estado”.

 

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De Epilepsia y sincronización cerebral (Emse Edapp-Salvat, 2018), de Julio Guiomar Niso Galán, tomo esta cita, que es epígrafe de uno de los últimos capítulos y que hace referencia a los prejuicios que nunca terminan y que hicieron que (p. 11) “en la Antigüedad la epilepsia fuera erróneamente vinculada a la influencia divina, la posesión demoníaca o incluso la locura”; dice, pues, el epígrafe de Rajendra Kale (p. 117): “La historia de la epilepsia se puede resumir en 4000 años de ignorancia, superstición y estigma, seguidos de 100 años de conocimiento, superstición y estigma”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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