Destilar pesimismo  

A nadie sorprende la tendencia a juzgar la realidad de manera negativa, sobre todo porque los antecedentes de esta forma de mirar el mundo son antiguos. Incluso, se convirtió en doctrina filosófica contemporánea gracias al alemán Arthur Schopenhauer. Un pesimismo, antagónico al optimismo, también referente de la psicología para observar los desamparos y falta de anclaje de la vida individual en la sociedad contemporánea.

Pero dicho ello, seguramente es la literatura la que ejemplifica a la perfección los estados de ánimo de los individuos y sus sociedades. Coyunturas concretas o, de manera más escasa, durante situaciones de largo aliento también han posibilitado visiones optimistas. Sin embargo, lo que casi siempre ha prevalecido es el pesimismo. La literatura del siglo XX es un buen ejemplo de ello, en especial en la Europa atravesada por innumerables conflictos bélicos de magnitud insospechada y por la aparición de regímenes políticos autoritarios, por decir lo menos, y que incluso tuvieron en la supresión masiva de personas uno de sus puntos nodales en su accionar político.

Tampoco hay que olvidar la literatura, más cercana en el tiempo, creada bajo el amparo de los regímenes autoritarios y de las dictaduras tan prolijas en Centro y Sudamérica. Momentos de degradación de la condición humana que no parecen querer desaparecer en estas y otras regiones del mundo.

Los conocedores expertos sabrán seguir las huellas de ese pesimismo en el pasado, y reconocer que lo dicho por José Saramago respecto a su no pesimismo, no le impidió pensar que “el mundo es pésimo”. El Premio Nobel de literatura era consciente del mundo que observaba y ello no era ajeno a su construcción literaria. El respeto por la creación literaria me ha dirigido a buscar autoras y autores que se enfrentan a la vida desde posiciones que, por su visión de la realidad, son referentes del pesimismo. Dolor por lo observado y vivido que, al mismo tiempo, es constructivo en la creación literaria.

Siempre pensé que sería magnífico recomendar, a colegas y amigos, la lectura de Mariano José de Larra. De hecho, en las facultades de periodismo de América Latina deberían ser de lectura obligada sus escritos, aquellos que versan sobre la despreciable condición de un Estado, como el español, nunca pensado para servir a sus ciudadanos. La breve vida de Mariano José de Larra, quien se suicidó a los 27 años, no significa que su legado ácido, crítico y, en buena medida, pesimista, no demostrara que la vida que nos tocó vivir era mejorable en el país donde se reside.

En lo personal, agradezco haber encontrado narradores como Sándor Márai para entender la condición humana. No es el único, por supuesto, que contó con dicha capacidad, pero ejemplifica, en su propia vida, ese pesimismo; el mismo que no debería confundirse con el inmovilismo personal, como él mismo demostró. A pesar de ello, en sus Confesiones de un burgués expresó, con nitidez, que ni “el poema más perfecto, ni el drama más revelador, ni la verdad épica podían ya cambiar el destino humano”, aquel que conduciría al fascismo, al nazismo o al estalinismo. Por eso, los “escritores expresaban cada vez con más fuerza y genialidad el hecho de no tener fuerza, de haber fracasado”.

Hoy no se vislumbran motivos para el optimismo, por lo que la literatura reflejará la poca fe en la realidad actual o en el futuro cercano. A pesar de ello, lo más preocupante es que esa literatura sufra, como lo atisbó Sándor Márai, la incapacidad de influir en el mundo que la ampara. Los tiempos que corren no ayudan a disipar ese destino y, por lo tanto, parece inevitable no pensar, ni referir, ese pesimismo.

 

 

 

 

 

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