Devorar a la madre

Casa de citas/ 558

Devorar a la madre

Héctor Cortés Mandujano

 

Cuando llevaba leídos los primeros cuatro capítulos –son ocho– de la novela La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria (Seix Barral, 1980), de José Donoso, me preguntaba cómo es que no era tan popular, tan conocida, siendo –como me parecía hasta esas páginas– tan buena.

El capítulo cinco comienza a torcer el rumbo (la aparición del perro Luna y la rara decisión de Blanca, la marquesita, de dejarlo vivir en su cuarto) y me parece que la novela va en picada en los siguientes, hasta el final, que la regresa, otra vez, por el buen camino.

Donoso era un maestro. Recuerdo la emoción con que leí, hace mucho tiempo, su novela El obsceno pájaro de la noche que, curiosamente, también torcía el rabo después de la mitad.

La misteriosa desaparición… es una novela erótica, sicalíptica; de esas que hay que leer, como recuerdo que alguien decía de otro libro cachondo, solo con una mano (depende de la edad y de las experiencias, por supuesto). Está escrita con experiencia y sabiduría. Hay párrafos genialmente resueltos.

Cuando Blanca va a buscar a Almanza para que la aleccione en el ejercicio sexual, se le resiste y éste le dice, en tercera persona, mientras la va desnudando (p. 90), “si las ganas se le notaban en el olor que se sentía desde lejos”.

A nadie le importa nuestro interior, nuestros vicios ocultos, mientras no se noten. Le anuncian a Blanca la visita de su suegra y ella la hace esperar (p. 175): “¿Por qué no bajar inmediatamente? Al fin y al cabo iba vestida de manera adecuada y eso, claro, era lo más importante de todo porque era lo que los demás veían”.

La novela, si bien me parece no es redonda, tiene cuatro capítulos magníficos. La volveré a leer, seguramente.

Ilustración: Alejandro Nudding

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Me gustaría que algún filólogo escribiera un día un libro titulado: Coger

Rubem Fonseca,

en “Intestino grueso”

 

Dice Sergio Augusto en la contraportada de Feliz año nuevo (Cal y arena, 2012), de Rubem Fonseca: “En diciembre de 1977, ya en la tercera reimpresión, Feliz año nuevo fue inesperadamente prohibido por la censura, y todos los ejemplares en venta y las existencias en el almacén de la editora Artenova fueron confiscados por la policía federal. […] En 1989, después de trece años de batallas judiciales, el Tribunal Regional decidió, por dos votos a uno, que el ministro Armando Falcao se había equivocado”.

Los 15 cuentos que lo integran son híper violentos y llenos de sexo explícito, lo que explica su popularidad con el público lector, por un lado, y, por otro, la prohibición judicial, dada la gazmoñería hipócrita de los tribunales, que prohíben un libro de crímenes de ficción, pero no son tan eficaces con los crímenes de verdad.

En “Corazones solitarios”, el narrador trabaja en un diario femenino, donde todos son hombres que usan nombres de mujer para firmar sus artículos. Él decide firmar con un nombre masculino, aunque duda (p. 26): “Se ve mal que yo sea el único aquí que no tiene nombre de mujer, van a pensar que soy maricón”.

En “Nau Catrineta”, los personajes son modernos caníbales. El narrador, para agradar a sus tías, tiene que cumplir con una condición: matar y comer a una persona (p. 135): “Sí, tú mismo tienes que matarla; no uses eufemismos tontos, vas a matarla y después a comerla”. Decide que sea una muchacha, Ermé, que le gusta. La envenena. La tía Helena le explica (p. 137): “Moleremos los huesos y se los daremos a los cerdos con harina de maíz y mazorcas. Con las tripas haremos salpicón y sopa de ajo. Los sesos y las carnes nobles son para ti. ¿Por dónde quieres comenzar?”. Decide que por la parte más tierna (p. 138): “No la condimentamos mucho para no estropear el sabor. Está casi cruda, es un pedazo de nalga, muy blando, dijo tía Helena. El sabor de Ermé era ligeramente dulce, como ternera lechal, pero más sabroso”.

“Intestino grueso” es una entrevista a un autor, que uno tiende a confundir con Fonseca. Cuando le preguntan sobre cuándo comenzó a escribir, responde (p. 163): “Creo que fue a los doce años. Escribí una pequeña tragedia. Siempre he pensado que una buena historia tiene que acabar con alguien muerto. Sigo matando gente”.

Propone (p. 175): “Ha llegado el momento de hacer, nosotros, artistas y escritores, un gran movimiento cultural y religioso universal, en el sentido de crear el hábito de alimentarnos también con la carne de nuestros muertos”; por esa repuesta, le preguntan si comería a su padre: “Como carne asada o guisada, no. Pero en forma de bizcocho, como fue mostrado en aquella película, no tendría la menor repugnancia en devorar a mi padre. Es posible también que alguien quiera devorar a la madre asada, enterita, como una gallina, para después lamerse los dedos y los labios, diciendo mamá siempre fue muy buena”.

La última pregunta es si le gusta escribir (p. 177): “No. A ningún escritor le gusta realmente escribir. Me gusta amar y beber vino: a mi edad no debería perder tiempo con otras cosas, pero no consigo dejar de escribir. Es una enfermedad”.

 

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Canción sin nombre (2019), es una película peruana, coescrita y dirigida (es su primer largometraje) por Melina León, que está ambientada en la época terrorista de 1980. Ha ganado varios premios y recorrido varios festivales internacionales.

Dos cosas que me llamaron la atención de la trama, que involucra el robo de niños y la complicidad de jueces y señores de la justicia con ese crimen, fueron a). cuando la protagonista entra a un edificio hay un corro de niñas que juegan a saltar la cuerda y repiten una canción terrible, que supongo es o ha sido popular por aquellos lados: “Soltera, casada, viuda, divorciada; con hijos, sin hijos, no vales nada”.

Y b). La otra es un poco más sutil y tiene que ver con la influencia de la cultura estadounidense, que se filtra en todos los órdenes de la vida en América Latina. Uno de los personajes es un actor, y uno supondría que está trabajando en la obra de un dramaturgo local o que se refiera a los hechos de Perú. Y no. Está montando El zoo de cristal, de Tennessee Williams.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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