La víspera de las visitas


Foto: Isaín Mandujano

Esta tarde el viento sopla suavemente, lo percibo como una caricia muy sutil, el aroma que trae huele a inicios de noviembre, de las fechas más esperadas para recordar y honrar a nuestros fieles difuntos. En la preparación de las ofrendas para las tumbas y los altares me gusta el aroma a flores de cempasúchil, flor de muerto o musá como le conocemos en mi familia y también disfruto el delicioso olor que desprende el incienso de copal. Son aromas que me recuerdan a las celebraciones de estas fechas y me remontan a la niñez.

En casa el altar se prepara con anticipación, las ofrendas de alimentos llevan tamales, dulces tradicionales, como los garapiñados envueltos en papel china de diversos colores, barquillos rellenos de cocada o camote, calaveritas de azúcar,  frutas como naranjas, mandarinas, caña, pan, a veces cacahuates. También se pone vasos con agua, alguna copita con licor y cigarros, no pueden faltar estos elementos para los integrantes de la familia que gustaban fumar o beber. Las flores  de musá, de seda, margaritas amarillas o blancas y otras que son conocidas como flores de raíz son las que decoran el altar, con las velas que alumbrarán el camino de las ánimas. En el panteón las tumbas también se decoran con estas flores y con juncia.

Hoy colocamos las ofrendas, mis manos quedaron aromatizadas con la flor de musá y la juncia. El ocaso se percibe, el sol acaba de ocultarse detrás de la montaña que tengo al frente, comienzan a dibujarse las sombras de las bugambilias, los árboles de flor de mayo y de pata de elefante. El viento se siente frío y me percató que a lo lejos dos de los cachorros caninos que tenemos en casa me observan fijamente. Mi mente trae los recuerdos de los familiares y amistades que han trascendido, sus figuras se hacen presentes. Me parece escuchar sus voces, sus risas, algunas de esas presencias las asocio con el platillo favorito que tenían o que les gustaba cocinar. No pueden faltar los recuerdos de los integrantes de la banda canina que están en el corazón. Todas las presencias de quienes han trascendido me provocan un cúmulo de sentires que mezclan la nostalgia y la alegría por haber tenido la fortuna de formar parte de la familia.

Mis ojos se humedecen, es algo que no puedo evitar, los cierro por un instante y de pronto, siento una caricia en mi cabello, uno de los cachorros se ha acercado a mí. El canto de los grillos se hace notar, a lo lejos  aún alcanzó a distinguir el color amarillo y naranja de las flores de la ofrenda, que junto con la luz de las velas indican que, en casa, ya estamos preparados en la víspera de las visitas que con gusto y amor esperamos y recibimos cada año.

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