Nuestra vida diferida

Casa de citas/ 562

Nuestra vida diferida

Héctor Cortés Mandujano

 

En En busca del yo. Una filosofía del cerebro (Emse Edapp y Editorial Salvat, 2019), Jesús Zamora Bonilla dice (p. 132): “La inmensa mayoría de los procesos cerebrales son inconscientes… […] El cerebro está continuamente procesando una cantidad enorme de información de todo tipo, pero solo somos conscientes de una parte muy pequeña de esa información, y además lo hacemos a través de una especie de cuello de botella que solo nos permite ser conscientes a la vez de muy poquitas cosas, de modo que si queremos procesar conscientemente una gran cantidad de información, no podemos hacerlo ‘en paralelo’, sino que debemos hacerlo ‘en serie’: primero una pequeña porción de los datos, luego otra, luego otra, etc.”.

Los estímulos que llegan a nuestro cerebro y nuestra reacción ante ellos no ocurren al mismo tiempo, dice Bonilla (pp. 135-136): “Esto sucede aproximadamente unas tres décimas de segundo después de que el estímulo haya sido presentado y haya empezado a procesarse inconscientemente, lo que quiere decir que nuestra percepción consciente de lo que sucede a nuestro alrededor está ‘retrasada’ casi medio segundo con respecto al tiempo real. Vemos las cosas ‘en diferido’, o en lo que en radio y televisión se conoce como ‘falso directo’ ”.

Nuestro yo en una de las invenciones de nuestro cerebro. Antonio Damasio, citado por Bonilla, dice que (p. 138) “el cerebro no solo crea una ‘película’, sino que también crea al espectador de esa película, como un personaje dentro de la película misma”.

 

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Leo, en uno de mis lectores electrónicos, La abadía de Tintern y otros poemas, de William Wordsworth, con traducción de Gonzalo Torné.

En “Resolución e independencia”, escribe Wordsworth: “Todas las cosas que aman al sol están fuera de casa” y también: “He vivido toda la vida entre pensamientos placenteros/ como si las cosas de la vida fueran un juego veraniego”.

Ilustración: Alejandro Nudding

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En The Mauritanian (2021, cinta dirigida por Kevin Macdonald) dos prisioneros conversan, biombo mediante, y se preguntan de dónde son. Uno dice que es de Marsella y el otro le contesta: “Dicen que es hermosa”. Y así, como los nativos hablan mal de los lugares que los turistas consideran maravillosos, el hombre de Marsella dice:

“—Es que no la conocen.”

 

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La ciudad oculta, volumen 1. 500 años de historias (Planeta, 2018), de Héctor de Mauleón, tiene como eje narrativo la Ciudad de México en muchos breves relatos ensayísticos (algún género hay que ponerle), escritos con claridad, humor e inteligencia, que retratan una variopinta temática. Me encantó.

Es lugar común decir que a Cuauhtémoc le quemó los pies Hernán Cortés. Uno de sus familiares pagaría el karma (p. 11): “Se nombró regidor de la ciudad (en 1524) a un primo de Hernán Cortés: Rodrigo de Paz, quien luego moriría trágicamente torturado a manos de funcionarios que le quemaron los pies para que revelara dónde estaba escondido el supuesto tesoro del conquistador”.

Una orden legal del 3 de abril de 1527 (p. 13): “Se ordena enterrar a los indios que mueran y se prohíbe, bajo una pena de diez pesos, lanzarlos a la laguna o a la calle”.

También en 1524 se construyeron cuatro burdeles (p. 45): “En la entrada de estas casas, según las ordenanzas de la época, debía colocarse una rama de árbol, símbolo que desde tiempos inmemoriales dejaba claro el oficio que se practicaba en ellas. De ahí deriva la palabra ‘ramera’ ”.

Moctezuma era sexualmente muy activo. Dice Mauleón que (p. 51) “llegó a tener al mismo tiempo hasta ciento cincuenta concubinas embarazadas”.

Una nota extraña y verídica (p. 57): “A consecuencia de una tromba ocurrida el día de San Mateo de 1629, la Ciudad de México fue abandonada y quedó sumergida bajo el agua durante cinco años” y (p. 58) “miles de cadáveres flotaban entre muebles, carruajes, troncos de árboles. Todo ondulaba en la corriente turbia”.

En marzo de 1649 el Santo Oficio condenó a muerte a trece personas judías: 12 a garrote vil y uno a ser quemado vivo. Los ejecutaron públicamente (p. 64): “Uno a uno, los condenados fueron cayendo por el garrote. A todos se les acercó la imagen de Cristo para que tuvieran ‘el remedio de su preciosísima sangre’. Los cadáveres de los ajusticiados fueron quemados”.

Para que apareciera un objeto perdido se seguía un protocolo preciso y se decía una oración milagrosa (p. 123): “San Donato,/ los cojones te ato/ y si no aparece lo que busco/ no te los desato”.

Un ejército de invasores norteamericanos marcha en las calles de la Ciudad de México, en 1847 (p. 186): “Las tropas deambulan entonando una tonadilla de ‘vulgaridad sobresaliente’: green grow the bushes –a partir de entonces, los habitantes de la ciudad comenzarán a llamar a los invasores los ‘green grows’: los ‘gringos’ ”.

A Villa lo mataron a balazos, pero después se supone que alguien ofreció cierta cantidad de dinero por su cabeza. La robaron (p. 265): “La vida de Francisco Villa fue un enredijo. Su muerte, también. Las preguntas de 1926 siguen vigentes: ¿dónde está la cabeza?, ¿quién la robó?, ¿para qué demonios querría tenerla?”.

 

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En 300 (2007, dirigida por Zack Snyder), basada no en un texto griego, sino en una novela gráfica, se logran escenas visualmente espectaculares, fantásticas. Leónidas, el rey espartano, sabe que va a morir con sus fieles 300 ante el enormísimo ejército de Jerjes. Pide a uno de sus guerreros que regrese a la patria e informe lo que ineludiblemente va a pasar. El mensajero pregunta si manda un mensaje a su amada reina. Leónidas dice:

“—Nada que pueda decirse con palabras.”

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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