Un matrimonio y la moral juarista

Desde hace muchos años, el ahora presidente López Obrador definió como característica principal y definitoria de su “estilo personal de gobernar” regirse bajo la moral juarista que implica un modo austero de vivir; pero en un país en donde el puesto público más modesto es como sacarse la lotería, esos principios se convierten en obstáculo para quienes aspiran a vivir como jeques árabes y hacer gala ante la ciudadanía de la ostentación que se materializa en pequeños, medianos o desbordados alardes de grandeza.

No está mal convocar a la moderación frente a una clase política acostumbrada al dispendio y falta de escrúpulos mientras se ocupan cargos públicos. En México, nunca quien aspire a un puesto en el gobierno del nivel que sea puede decir que su único propósito es coronar sus afanes de servicio a la ciudadanía. Ocupar un cargo en la administración pública sirve fundamentalmente para amasar fortunas, sobre todo en los puestos de mayor jerarquía. Solamente en los últimos años es que se ha empezado a discutir el tema de los salarios de los funcionarios y se estableció un marco normativo a fin de regularlos. No obstante, ha sido insuficiente para evitar los excesos.

A estas alturas resulta muy difícil conjeturar si el escándalo desatado por la boda de Santiago Nieto, extitular de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda del Gobierno Federal, es al final de cuentas un ajuste al gabinete por un despropósito o las batallas que se libran al interior mismo del gobierno de la 4T a fin de conquistar la ansiada candidatura para suceder al presidente López Obrador.

Ignoro si, en verdad, el enlace matrimonial del ex-titular de la UIF se caracterizó por la opulencia, tal y como ocurrió en la boda de César Yáñez, cuando todavía ni arrancaba formalmente este gobierno. Pero lo que no se ve por ninguna parte es que Nieto Castillo haya cometido algún tipo de ilegalidad mientras contraía nupcias.

En si misma, la boda de Santiago Nieto (una especie de Eliot Ness a la mexicana) desde cuya oficina se investigaba, acumulaba expedientes y cancelaba cuentas, no parece prefigurar algún tipo de acto de corrupción en los contrayentes. Que la ex secretaria de Turismo de la Ciudad de México viajara en un avión privado con el dueño de El Universal con más de 25 mil dólares, no la hace responsable de algún tipo de delito, como tampoco involucra a la pareja que decidió casarse en Antigua, Guatemala. Si hay algún tipo de delito es precisamente la no declaración de esos recursos y, según se sabe, el único y reconocido dueño de los mismos es el director del periódico mexicano; salvo que de eso prácticamente no se habla en los medios. Se ha dado mayor cobertura mediática a lo que puede alimentar el morbo, que a la eventual comisión de alguna falta o presunto delito derivado de la no declaración del dinero que se pretendía ingresar al país donde se llevó a cabo la multicitada boda.

Si en estricto sentido se trata del juego de vencidas entre los equipos de trabajo entre la jefa de gobierno de la Ciudad de México y el canciller, pues la contienda hasta ahora podría declararse como en una suerte de empate. Cayó una funcionaria que “le echaba ganas” en el gobierno de la Ciudad de México y un funcionario importante de la Secretaría de Hacienda que ha sido vinculado con el hoy titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Dada su propensión litúrgica cuando desde el púlpito de las mañaneras lanza invectivas, el presidente Obrador define un tipo de conducta que debería ser practicada por todos los servidores públicos en el desempeño de sus cargos, pero resulta sumamente difícil de sostener que, aun con todo lo pertinente que pueda parecernos una moral en el trabajo de los funcionarios del gobierno, su comportamiento se atenga al criterio de la “justa medianía” como postula el presidente como dogma de fe. Ni la ciudadanía, en general, como tampoco los funcionarios piensan que esa deba ser la norma, cuando lo que se valora es justamente lo contrario. Llegar a ocupar un cargo público por más modesto que sea es como sacarse la lotería y muy tonto quien no lo aprovecha, suele ser  parte de nuestra filosofía popular.

Desatada toda una campaña de satanización que en estos días ha amainado, los peores pecados de Santiago Nieto no solamente podrían estar anclados a lo fastuoso de su boda con Carla Humphrey, sino a la relación que mantiene con el canciller y sobre todo a los vínculos que tiene con algunos de los invitados que constituyen enemigos declarados del presidente.

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