Todo residuo es un inicio

Casa de citas/ 565

Todo residuo es un inicio

Héctor Cortés Mandujano

 

El ojo se fijó en la misma sílaba de la que todo había brotado. Ka.

Roberto Calasso

 

Ka (Anagrama, 1996), de Roberto Calasso, es la recreación literaria de sagrados textos védicos, que comienza, cómo no, con la creación del mundo; un mundo que, además, nunca terminará (p. 15): “Nada puede ser exterminado, porque todo deja un residuo, y todo residuo es un inicio…”.

De hecho, nada muere (p. 19): “Lo indestructible es muy pequeño, tenue como una sílaba. Debes saberlo tú, que estás hecho de sílabas”.

Prajāpati, el padre de todo, tenía dentro de sí una mujer. Pronunciaron tres palabras (p. 32), “en el vértigo amoroso: a, ka, ho. A fue la tierra, ka el espacio intermedio, ho el cielo”.  Este dios supremo, que no tiene corporalidad, se enamora de su hija, Usas, el amanecer. La penetra, pero es herido por Rudra, el arquero oscuro, para que no pueda eyacular dentro de ella. En ese texto sagrado, como en todos, el sexo incestuoso es el centro, el origen, el pecado.

Usas, la Aurora, por incitar a su padre, por su pecado, es atacada por los rayos de Indra (p. 59): “Había sido la primera en sufrir la suerte que desde entonces suelen correr las mujeres bellas: la de ser perseguidas y desterradas”. Sin embargo (p. 61), “un día Usas se convirtió en Buddha”.

En los tiempos inaugurales del mundo (p. 81), “nacer, hasta ese momento, nunca había sucedido a través del sexo. Brahma continuaba engendrando hijos nacidos-de-la-mente, sin salir de su perplejidad”. Hasta que el sexo llegó a la vida de los 133 dioses creados con la letra, las sílabas sagradas (p. 85): “Veinticinco años duró el coito de Siva y Sati, sin que Siva derramase en ella el semen”.

 

Ilustración: HCM

Siva y Sati danzan. Visnu mutila el cuerpo de Sati (p. 92), “que bailaba sobre los dedos de Siva. Cayeron los brazos, los senos, los pies, y se posaron sobre el suelo, deshaciéndose en cenizas. Siva no se apercibió de nada, poseído como estaba por la danza. Pero cuando la vulva de Sati calló sobre la Kāmarüpa, la danza se detuvo. Y se vio que la vulva se había recostado sobre la punta de una bruñida columna de roca. Allí permaneció, como un tapete”.

A Siva intentan castrarlo (p. 99): “ ‘Si queréis castrarme, me castraré yo mismo’, dijo Siva, con toda tranquilidad. Con una mano se aferró el falo y el escroto, que estaban ligeramente teñidos de rojo, y los arrojó en la hierba alta. Allí donde había caído el falo de Siva, los rsi vieron atónitos cómo se agitaba una serpiente de luz”.

Marcan la piel de un caballo para que el cuchillo lo destace. Alguien lo hace (pp. 152-153): “¿Quién era el que así actuaba en ese momento, que es el irreversible mismo? Quién, se preguntaba adhvaryu, mientras el cuchillo comenzaba a hurgar en las vísceras. La respuesta era: Ka. Que significa: ¿Quién? La respuesta era otra pregunta. […] Pero, ¿dónde está Ka? Nunca se encontraba entre los dioses, ni tampoco entre los hombres. […] Sin embargo, todo se descomponía sin él. Ni los dioses ni los hombres pueden vivir sin Ka”.

El libro está lleno de verdades palmarias. Por ejemplo (p. 234): “Sólo quien asimila el veneno del mundo tiene la fuerza de la piedad” y (p. 257): “Sustancia es aquello que subsiste por sí mismo, sin necesidad de otro. Es el autismo primordial”.

Indra decidió no nacer por la vagina (p. 243): “Decía que era un ‘feo pasaje’. Consiguió nacer de través, de la cadera de su madre”.

Dice Buddha (p. 364): “Cualquiera sea la cosa que aparezca, ‘eso eres tú’ ”.

Brahmā dijo (p. 395): “ ‘Interrumpir un sueño profundo es como interrumpir el coito de dos amantes.’ El mundo nació de la interrupción de un sueño. Por eso la vigilia es la única prueba de la existencia. Por eso el mundo está fragmentado y no puede alcanzar la plenitud. Por eso intenta continuamente recomponer la plenitud. En vano, porque lo discontinuo nunca se trasmutará en continuo”. 

 

***

 

Si todas las serpientes vivieran juntas en un solo sitio,

¿quién se acercaría?

 

Chinua Echebe,

en Me alegraría de otra muerte

 

Leo, en uno de mis lectores electrónicos, Me alegraría de otra muerte (1960), del escritor nigeriano Chinua Echebe (1930-2013), con traducción de Marta Sofía López, cuyo título alude a un verso de T. S. Elliot.

Echebe es un referente mayor en la literatura africana.

El personaje central es Obiajulu Okonkwo, natural de Umuofia, hablante de igbo, y residente en Lagos, dentro de la demarcación africana de Nigeria. Obi, como se le llama en la novela, estudió literatura inglesa en Londres y volvió a su patria para ocupar un puesto en las oficinas de administración del estado.

Obi intenta casarse con una mujer prohibida para él, según las inflexibles normas religiosas de su comunidad, y además comete soborno, díptico de decisiones que lo llevan a la ruina; sin embargo, lo que más llamó mi atención de esta novela, en el terreno narrativo, fueron los refranes que salpican aquí y allá los avatares de este bisoño protagonista.

Dicen, por ejemplo: “Un hombre que vive en la orilla del Níger, no se lava las manos con saliva”.

También: “Al ojo no le hiere el sueño”.

Y: “Donde quiera que algo se alza, algo se alza a su lado”.

Además: “El principio del llanto es siempre duro”.

La otra cuestión, son las comparaciones. Me gustan. El protagonista dice sentir “como el espasmo en la pata de una rana muerta cuando se le aplica corriente”.

Y luego “se sintió como un metal que ha pasado por el fuego”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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