La balada mexicana, amor y desamor

#FotodeOro
Vicente Fernández y el “Buki” – 1987 Símbolo de colisión.
Foto: Cine_Mexicano

Este año, los mexicanos comenzamos huérfanos de referencias generacionales. Con la muerte de Vicente Fernández, se fue el último de los grandes de la cultura popular mexicana, la de la realeza, la que se imponen como analogía de un olimpo concedido con base a eso que se llama Pueblo, el mismo que le da sentido a esta pérdida y llora la ausencia de sus héroes populares.

Si el Rey ha sido por siempre José Alfredo Jiménez y el Príncipe José José, alrededor de ellos la nobleza de la cultura musical popular y de masas nacional: Juan Gabriel, Vicente Fernández. Todos ellos ya fallecidos. Este selecto grupo ha marcado, sin duda, a todas las generaciones, desde la década de los 40’s a la fecha. Han delineado los trasfondos emocionales de todo un país y, a base de sinceras arengas al amor, pero sobre todo al desamor, llenaron todos los huecos posibles y por todos los rincones de México, de ese sentimiento atorado que todo el mundo sabe qué es, pero nadie puede decir exactamente porqué es.

Amor terrible el de los mexicanos. Es y no puede ser. Es ajeno y lejano. También pasional a tope, rudeza (in)necesaria para la sexualidad en ristre. Es amor macho que se ahoga de dolor en una cantina; al mismo tiempo, es un grito frontal de las proto feministas, dormidas como felinas al acecho, como conjuró Lupita D’Alessio, cuando juraba en nombre de Dios “que ganas de no verte nunca más”. Es amor inalcanzable, pero por eso mismo dotado de una brisa sublime que moja todo lo que se narra. Y por supuesto, el dolor. Nada más sublime que el dolor, y si es provocado por esas extrañas y caprichosas fuerzas obscuras que hacen del ser amado todo un ser diabólico en menos de su suspiro, o en lo que acaba un trago de tequila, provocando las ausencias más terribles que uno pueda imaginar, mucho mejor.

Es lo mismo que José José propone sea así como uno pueda ser feliz: recordando, añorando, sintiéndose el más triste de todos, pero con la idea ilusa de que, algún día, ese amor volverá. Pobres tontos que somos, o más bien, ingenuos ridículos y charlatanes que creen en lo que se tiene, pero ya se ha ido para siempre.

Amamos con locura, pero no sabemos manejarlo. Aprendices de toda la vida y jamás asimilamos la lección.

La columna vertebral de este enjambre de conmociones lo han sido los cuatro grandes mencionados. Pero la inacabable escuela de la balada mexicana es permanente y no se agota en un gesto de desamor. Somos potencia cultural en el ramo. Profesionales de vincular los discursos más profundos del amor, con las cosas más triviales de la vida.

Cierto que, después de Vicente Fernández, no se observa nadie que pueda ocupar este pedestal voluptuoso y tormentoso de donde emanan las más dramáticas certezas de la vida artística nacional. A nivel regional Joan Sebastian, Antonio Aguilar y Marco Antonio Solís, el Buki. De ahí la lista se cierra, ahora mismo no se vislumbra ningún relevo que cuadre dentro de las expectativas sensoriales de todo un país.

La orfandad en este sentido cabe más específicamente en el campo de lo cultural, entendido esto como lo que pulsa en el sentimiento de la gente con respecto a lo que desde lo emocional se apropia y convierte en sueños. Toda nación debe tener a quien venerar. Se sabe que las historias nacionales se hacen así, promoviendo héroes que, en un principio (producto de los nacientes Estado Nación), fueron militares; historias bélicas narradas en formas de hazañas incorruptibles a las cuales los protagonistas no tenían ningún tipo de adscripción de género, etnia o clase social: héroes en todo el sentido del significado.

Ahora no, las pertenencias modificaron su ropaje. Los artistas populares y de masas son quienes toman el pulso cultural del país, como una certera atalaya que mide el vaivén pasional de quienes viven para, por y a costa del amor. Las referencias identitarias provienen de quienes pueden traducir lo sentimentales y cursis que podemos ser, al grado de ponerlas en un lugar selecto de nuestra cotidianidad. Ahora será difícil llenar el vacío de la realeza ya ida. Y vaya que necesitamos quien nos cante, porque para tiempos difíciles, nada mejor que meternos a la profundidad de nosotros mismos y verificar que, aun en los arrebatos pasionales más increíbles, seguimos vivos.

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