La sabiduría, esa sirena avara, 2

Casa de citas/ 570

La sabiduría, esa sirena avara

(Segunda de dos partes)

Héctor Cortés Mandujano

 

En Moby Dick o la ballena blanca, de Herman Melville, decíamos, hay un conocimiento pormenorizado de los cetáceos. Esta nota sobre las ballenas con bebés es impresionante (p. 532): “Cuando la lanza de un cazador corta por causalidad esas partes preciosas de una ballena que amamanta, la leche y la sangre de la ballena rivalizan en teñir el mar en decenas de metros. La leche es muy dulce y cremosa, el hombre la ha probado: sería excelente para acompañar las frutillas”.

El esperma de una ballena puede llenar cientos de barriles y tenía, en los tiempos de la novela, muchos usos; incluso emocionales, como cuenta Ismael, que decía Paracelso (p. 567): “El esperma posee la rara virtud de aplacar el ardor de la ira”.

No hay en esta novela mucho espacio para el buen humor, pero sí un destello. Bunger, un cirujano ballenero de otro barco, al que Ahab arriba para pedir informes de su obsesión, explica que esos monstruos marinos no devoran gente, porque es para ellos imposible digerir siquiera un brazo humano. Hacen la finta de devorar, dice el experto (pp. 596-597): “Pero a veces le ocurre lo mismo que el viejo juglar que fue paciente mío en Ceilán: fingía tragarse cuchillos y un día dejó caer uno en el estómago; se le quedó allí durante doce meses o más, y cuando al fin le di un emético, lo devolvió trasformado en un montón de clavos”.

Escoger la historia de la ballena blanca, dice Ismael (tal vez Melville), fue una decisión fundamental (p. 616): “Para producir un gran libro hay que elegir un gran tema. Nadie podrá escribir nunca ninguna obra grande y perdurable sobre las pulgas, aunque muchos lo hayan intentado”.

Los hombres debemos ser amigos de nosotros mismos. A veces somos nuestros peores enemigos (p. 641): “Que Ahab se cuide de Ahab”. Su perdición será encontrar a la ballena que anda buscando (p. 692): “Vengo a decirle que hay viento favorable. Pero, ¿cómo, favorable? Favorable a la muerte y al infierno. Favorable a Moby Dick”.

Otra frase que en México y en Chiapas sería mal interpretada, ocurre en alta mar, cerca del final (p. 695): “El rayo cayó sobre la nave, destrozando vergas y parte del aparejo”.

Ahab le dice al carpintero, que le hizo una pierna de palo (pp.707-708): “Un día haces piernas, el siguiente haces ataúdes para meterlas dentro y después, con los mismos ataúdes, salvavidas… Tienes tan pocos principios como los dioses y eres un sabelotodo, como ellos”.

Hasta la página 731 aparece Moby Dick, para en enfrentamiento final: “¡Allí está! ¡El chorro! ¡Una giba como una montaña de nieve! ¡Es Moby Dick!”.

Lo que vivimos, propone Melville, se repetirá eternamente, si queda grabado en la escritura (p. 749): “Ahab es ya Ahab para siempre, hombre. Esta escena está escrita, es inmutable”.

Antes de que Moby Dick lo mate, dice Ahab (p. 763): “¡Acudid desde los confines más remotos, olas audaces de toda mi vida pasada! ¡Formad la ola inmensa y única de mi muerte!”.

Por el breve epílogo sabemos que Ismael se salvó abrazando un ataúd. Lo salvó el barco Rachel, con el que su capitán buscaba a su hijo (p. 767): “En la búsqueda de su hijo perdido, sólo había encontrado a otro huérfano”.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

***

 

Basada en la vida real, la cinta The Devil’s Mistress (dirigida por Filic Renc, en 2016) cuenta la historia de amor entre Joseph Goebbels y Lída Baarová. Él era el ministro de propaganda nazi y uno de más cercanos personal e ideológicamente a Adolf Hitler, y ella la bella y talentosa actriz checa que llegó a conquistar el cine alemán.

Ella era, según la prensa, la mujer más bella del cine europeo y él era feo y, además, con una pierna deforme. Se enamoran. Por ella, Goebbels discute con Hitler y presenta su renuncia al partido y a su esposa y a su familia y a su país. Pero es obligado a renunciar a ella, y Lída es perseguida, degradada, y al ser derrotado el nazismo es acusada de traición en su patria, encarcelada y condenada a muerte. Es indultada en el último momento.

Goebbels le dice cuando recién inician su romance que en el amor se juntan el bien y el mal, y un poco de locura. Cuando Lída tiene que escapar de Berlín para llegar a su patria le ayuda un asistente de dirección de sus películas. Ella apenas lo recuerda, él le tiene devoción. Ya a salvo, ella trata de darle dinero, que él no acepta. Quiere otra cosa. ¿Un beso?, sugiere la actriz. No, dice el jovencito, con los ojos bajos, “me conformaría con acariciar sus pechos”. Ella deja que meta las manos debajo de su blusa. Él parece tocar el éxtasis máximo. Después de unos minutos dice: “Ya puedo morir tranquilo”.

Cuando se saben perdidos, Goebbels y su mujer, Magda, se suicidan el 1 de mayo de 1945; antes, ella envenena a sus seis hijos (cinco niñas y un niño), nacidos entre 1932 y 1940.

 

***

 

Aunque en el final del libro propone un “decálogo” para tomar buenas decisiones, el ensayo ¿Cómo tomamos decisiones? Los mecanismos neuronales de la elección (Emse Edapp-Editorial Salvat, 2019), de Rubén Moreno Bote, nos explica que (p. 32) “jugar al ajedrez o elegir el desayuno no parecen problemas comparables, pero la realidad es que en ambos casos utilizamos prácticamente las mismas áreas cerebrales”.

Aunque se supone que es muy famosa, yo no conocía la lista que el 7 de abril de 1938 hizo Charles Darwin para decidir si se casaba o no. Al final de la lista anotó que si se casaba (p. 24): “Vida en Londres, […] sin excursiones, sin libros […]. Profesor en Cambridge […]. Mi destino es ser profesor en Cambridge o ser pobre”.

En julio de 1938, de nuevo se planteó la decisión y escribió que si estaba casado (p. 24): “Ansiedad de los niños. Quizás peleando. Pérdida de tiempo. No podré leer por las noches. […] Menos dinero para libros.” Dice Rubén Moreno (p. 25): “El resultado final fue que Darwin pidió la mano a su prima Emma Wedgwood, quien aceptó, y con la que tuvo diez hijos”.

De hecho (pp. 43-44), “cualquier proceso de decisión, además de basarse en información sensorial (el episodio que vivimos en el presente), también utiliza información nemónica (episodios vividos en el pasado y prospectiva, episodios que podríamos vivir en el futuro)”.

Hay también las llamadas decisiones perceptuales, que (p. 58) “se basan mayormente en la información que existe ahí fuera en el momento presente, y también las decisiones económicas, que tomamos para comprar una casa o un auto, pero también cuando decidimos ser creyentes a ateos. El cálculo será siempre qué perdemos y qué ganamos al tomar una u otra decisión”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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