La sabiduría, esa sirena avara

Casa de citas/ 569

La sabiduría, esa sirena avara

(Una de dos partes)

Héctor Cortés Mandujano

Dios me libre de terminar alguna vez algo

Ismael,

en Moby Dick, de Melville

 

En un ensayo, cuyo título no recuerdo, leí que Moby Dick, de Herman Melville, fue un estrepitoso fracaso cuando se publicó, en 1851, y su autor fue casi considerado loco por escribir algo tan fuera de las convenciones novelísticas [lo mismo dice en la serie La directora, 2021, un especialista en Moby Dick]. Con el tiempo, novela y autor fueron considerados, como hasta ahora, clásicos.

He leído varias versiones de este libro y he visto varias de sus conversiones al cine, pero no había leído su versión íntegra, como ahora. Mi Moby Dick o la ballena blanca, de Melville, es bello, robusto (767 páginas) y alto; pasta dura, cuidada edición, traducción de Enrique Pezzoni e ilustraciones de Rockwell Kent. Editorial Debate, 2001.

La síntesis es la que todo mundo conoce: el capitán Ahab busca obsesivamente a la ballena blanca, Moby Dick, porque ésta le quitó la pierna. La ballena termina con la embarcación, El Pequod, la tripulación y el capitán; sólo sobrevive el que pide ser llamado Ismael, quien es el que cuenta la historia. Parece simple, ¿pero en que se emplean tantas páginas, si lo que he dicho se soluciona en las treinta últimas? En muchas cosas.

La novela tiene extractos de distintos libros donde se habla de ballenas, se detiene morosamente en cómo Ismael llega a la posada “El chorro de la ballena” donde conoce a Queequeg, su amigo del alma, caníbal y arponero; llegan a El Pequod hasta la página 153, el capitán Ahab aparece en la 185 y hay muchas páginas dedicadas a la embarcación, a datos sobre la pesca de ballenas, a enfermedades del mar, a la revisión de la cetología (estudio sobre cetáceos), a las imágenes, retratos y pinturas de ballenas, a cómo se destaza una ballena, a la descripción y presentación de varios de los tripulantes , a la historia bíblica de Jonás (en “El sermón”, capítulo IX, y más adelante), al doblón que Ahab ofrece a quien divise la ballena que busca, a conversaciones con tripulantes de otros barcos. La fracasada caza de Moby Dick se divide en tres días y abarca de la página 730 a la 765, y allí está todo lo que se resume de ella. Pero leer el libro es una gran aventura.

Ilustración: HCM

En los extractos, Harris Coll., en Viaje a Groenlandia, de 1671, dice (p. 19): “Uno de nuestros arponeros me dijo que una vez atrapó una ballena, en Spitzbergen, que era blanca”.

Es indispensable citar el mítico inicio, que en esta traducción dice, elusivo con la identidad del narrador (p. 29): “Pueden ustedes llamarme Ismael”; es decir, no significa que así se llame.

Hay una serie de consideraciones de por qué hacerse a la mar, del por qué los seres humanos buscan el agua (p. 31): “Si el Niágara fuera una cascada de arena, ¿viajarían ustedes tantas millas para verlo?”. La palabra verga, aludiendo al palo mayor, se usa reiteradamente aquí. En México, en Chiapas, suena comprometedor este párrafo (p. 33): “Me tienen a mal traer con tantas órdenes y me hacen saltar de verga en verga como una langosta en una pradera de mayo”.

Hay un capítulo dedicado a la esperma de ballena, que en aquellos años se usaba como aceite para encender las lámparas. Una ballena daba muchos barriles de esperma (p. 69): “Dicen que en Nueva Bedford los padres dan ballenas como dote a sus hijas. […] Todos tienen reservas de aceite en sus casas y cada noche se queman sin economía velas de esperma”.

Hay momentos filosóficos (p. 95): “No hay cualidad en este mundo que no sea lo que es a causa del contraste. Nada existe en sí mismo”; (pp. 239-240): “La verdad no tiene confines”.

Ahab, el nombre, le dicen a Ismael, fue (p. 130) “un rey muy perverso. Cuando ese rey perverso fue asesinado, los perros no lamieron su sangre”.

La novela, como se ha visto, no tiene suspenso. Los breves capítulos son interesantes en sí mismos, pero no avanzan trama. Tal vez fue eso lo que sorprendió a sus primeros lectores (p. 133): “Que el cielo tenga piedad de todos nosotros, presbiterianos y paganos, porque todos, de algún modo, tenemos alguna rajadura en la cabeza y necesitamos desesperadamente que nos la arreglen”.

Ahab no duerme (p. 189): “La vejez siempre es insomne, como si al alargarse el lazo que lo une a la vida, el hombre quisiera alejarse de todo lo que se parece a la muerte”.

Algo extraño en la novela es que muchos capítulos están escritos con el formato de una obra de teatro. Esta extraña decisión arranca con el capítulo XXXVI, “El Alcázar”, cuyo inicio es una indicación teatral, didascalia, que regularmente se escribe para los actores y el director (p. 234): “(Entra Ahab; después, todos)”. En otros capítulos hasta se señalan apartes y acciones (p. 245): “(Agitando la mano, se aparta de la ventana)”.

Se supone que lo que leemos son las notas, la narración de Ismael; sin embargo, a veces se mete sin explicaciones Melville, el escritor. Por ejemplo, en la página 273 que dice: “Es tarea superior a las fuerzas de Ismael explicar cómo ocurrió todo esto”. No sé si es Ismael o Melville quien dice sobre Ahab (p. 292): “Que Dios te ayude, anciano; tus pensamientos han creado a un ser en ti; un buitre devora el corazón del hombre convertido en Prometeo por obra de su intenso pensamiento. Ese buitre es el ser que ha creado”.

Hay definiciones (p. 325): “Ese extraño caos que llamamos la vida”.

La línea arponera es una soga que da vueltas en la lancha con la que salen a cazar ballenas y que a veces avienta a algún marinero al mar, tal vez a la muerte (p. 396): “Todos los hombres viven envueltos en líneas de arpones. Todos han nacido con dogales en torno al cuello; pero sólo cuando los atrapa el rápido, fulmíneo giro de la muerte advierten los silenciosos, sutiles, ubicuos peligros de la vida. Y si eres filósofo, lector, sentado en el bote ballenero no sentirías en tu corazón ni una pizca más de terror que frente al hogar, en el atardecer, con un atizador a tu lado en vez de un arpón”.

Dice el cocinero a los marineros (p. 412): “Vosotros sois tiburones, sin duda; pero si domináis al tiburón que hay en vosotros, entonces seréis ángeles. Porque los ángeles no son otra cosa que tiburones dominados”.

Hay un capítulo dedicado a la cola de las ballenas. Así empieza (p. 516): “Otros poetas han gorjeado alabanzas a los dulces ojos del antílope o las encantadoras plumas del pájaro que nunca se posa; yo, menos etéreo, celebro una cola” y sigue (pp. 517-518): “Sus flexiones siempre tienen una gracia suprema. En esto, ningún brazo de hada puede superarlo”.

[El título de esta columna está tomado de Moby Dick o la ballena blanca, página 565.]

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

 

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