Líneas y formas

«Paisaje rojo», mixta sobre tela. 80 x 100 cms. 2013. De Manuel Cunjamá

Pilar decidió viajar por la tarde noche a casa de Estrella, su mejor amiga de la universidad, tenía una invitación a pasar unos días en el campo. Era una de las cosas que le gustaba hacer, alejarse un poco de la ciudad, así que la propuesta le venía como anillo al dedo.

Dormitó un rato en el autobús, de pronto despertó y percibió que el camión se había detenido. Alcanzó a escuchar a unos pasajeros que iban en los primeros asientos, decían que había un derrumbe y demorarían unos minutos para continuar su camino.

¿Qué hacer mientras tanto? Pensó Pilar. Aprovechó para avanzar leyendo el libro La bailarina de Izu, de Yasunari Kawabata, lo había descargado en el celular. Leyó algunas páginas, la historia era interesante;  luego volteó a ver la ventana, hizo pausa en la lectura. Le ganó la atención la vista al paisaje, había ausencia de luces de viviendas,  el autobús estaba detenido en una parte alejada de ellas. De tal forma que las pocas luces que se lograban divisar a los lejos parecían cucayos, así se los imaginó Pilar.  Los destellos de la luna, que parecía pronto estaría llena, eran los que iluminaban la noche. Observó las estrellas titilando, la vista era hermosa.

La mirada de Pilar siguió recorriendo el paisaje hasta donde su visión le permitía, de pronto, detuvo su atención en las líneas, las dos que dividían la carretera, las líneas paralelas. Comenzó a darse cuenta las veces que estas líneas se hacían presentes en lo que la rodeaba. Luego dio paso a las formas que alcanzaba a ver, las montañas cuyos bordes delimitados se lograban divisar aún a distancia, también asomaban unas nubes que decoraban el cielo y le daban un toque especial. Cada una tenía diferente trazo.

Por un instante le dieron ganas de bajar del camión y ver directamente ese paisaje. Toda la gente que iba de pasajera permanecía en sus asientos. Así que regresó de nuevo la vista a la ventana intentando hallar nuevas formas. Divisó las de rocas, sombras de árboles cercanos con sus ramas y comenzó a imaginar que eran una especie de personajes que abrazaban la noche. Esa noche el viento no silbaba, no lograba escucharlo, de ser así le habría dado un ambiente de suspenso y quizá le provocaría nervios, o tal vez lo disfrutaría. Sonrió mientras seguía atenta con la vista a la ventana.

El ruido de encendido del autobús le hizo volver la vista hacia al frente, se desabrochó el cinturón de seguridad y se puso de pie para verificar si había movimiento en los carros que iban adelante. En efecto, el viaje continuaba, la pausa había terminado por el momento. Se sentó y colocó de nuevo el cinturón de seguridad, dio una última mirada al paisaje de ese espacio. Se puso los audífonos, hizo su selección musical, un poco de jazz. Cerró los ojos mientras degustaba Feeling good de Nina Simone, al tiempo que pensaba líneas y formas, siempre presentes en nuestras vidas.

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