En el cielo también se cometen injusticias

Casa de citas/ 574

En el cielo también se cometen injusticias

Héctor Cortés Mandujano

 

 

No parecía que María Sklodowska, polaca nacida el 7 de noviembre de 1867, hija de un profesor de física y química, no fea, y sí muy inteligente, fuera a encontrar un marido que no se sintiera apabullado por su seguridad y la brillantez de sus ideas. Lo halló en Pierre Curie y eso la trasformó en Madame Curie, como se le conoció en lo sucesivo.

Ni la película (2019, dirigida por Marjane Satrapi) ni el libro escrito por M. Morales (Seix Barral, 1945), ambos llamados Madame Curie, hacen justicia, creo, a la mujer –supongo que incluso pocos hombres han superado su proeza– que ganó dos veces el Premio Nobel de Ciencia (1903, compartido, y 1911) en dos áreas: física y química.

En la película, cuando Pierre le ofrece matrimonio le dice: “Nunca te consideraré ‘mi mujer’. Quiero compartir mi vida contigo”. Se casaron en 1895 y tuvieron dos hijas. Irene, la primera, quien también ganó, con su marido, el Premio Nobel de Ciencia.

El libro cuenta que a los 23 años llega a París y, con limitaciones y pobrezas, se licencia en matemáticas y física, en La Sorbona. Ella y su marido descubren dos nuevos elementos (el polonio y el radio), en 1898, y ella usa por primera vez la palabra radioactividad. Dice que Pierre (p. 59), “de acuerdo conmigo, renunció a sacar ningún provecho material de nuestro descubrimiento; en consecuencia, no sacamos patente alguna, y publicamos, sin ninguna reserva, los resultados de nuestras investigaciones, así como los procedimientos de preparación del radium”.

El 19 de abril  de 1906, Pierre murió (p. 72) “arrollado por un camión” y ella, después (p. 76) “no sólo no hizo nada por buscar nuevos honores, sino que rechazó los que le ofrecían”. Murió a los 77 años.

Foto: Raúl Ortega

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El elefante se deja acariciar, el piojo no

Conde de Lautréamont,

en Cantos de Maldoror

 

Leí en mi adolescencia los Cantos de Maldoror y me sorprendió, me acuerdo, leer sobre lo delicioso que era beber sangre de niños, y los consejos que Lautréamont da sobre violaciones, asesinatos, vicios, insultos directos a Dios, que antes y ahora están prohibidos por la ley, la moral, las religiones…

Leo de nuevo los seis Cantos… (publicados originalmente en 1869; mi ejemplar es de Premià Editora, 1978), del Conde de Lautréamont, que ya no me asombran por su evidente deseo de epatar burgueses y sí por la poesía, por su escritura hábil y bella, incluso por sus hipérboles escandalosas.

En el primer párrafo del canto primero dice que el lector puede desorientarse (p. 9) “a través de las Ciénegas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno”; si las lee sin aplicar una lógica rigurosa, dice, “las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma”.

Supongo que este párrafo se refiere a los hombres de poder. A ellos me parece les queda el saco (p. 11): “He visto durante toda mi vida, sin encontrar una sola excepción, a los seres humanos de hombros estrechos ejecutar actos estúpidos y numerosos, embrutecer a sus semejantes y pervertir a las almas por todos los medios. Justifican sus acciones con un nombre: la gloria”.

Es rara esta invocación, por cómo habla del Creador después (p. 12): “Dios que lo has creado con esplendor, a ti te invoco: muéstrame un hombre bueno”.

No trata de ser amable con los seres humanos (p. 21): “Grande o pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su guarida, y sale de ella muy poco para visitar a sus congéneres, acurrucados igualmente en otra guarida. La gran familia universal de los seres humanos es una utopía digna de la lógica más mediocre”.

A veces hace frases sabias (p. 39): “Un habitante de la ciudad no debe residir en una aldea, donde nunca dejará de ser extranjero”.

El libro no es progresivo ni cuenta sólo una historia. Los cantos, divididos en fragmentos, se refieren a temática diversa, sin cambios de narrador ni de intencionalidad.

Los libros sagrados, al final escritos por hombres, muestran a Dios con los defectos humanos. La Biblia, por ejemplo, nos retrata al Creador como un ser enojado, intolerante, asesino. Lautréamont, creo, parte de esa idea (pp. 51-52): “El cielo ha sido hecho por Dios, lo mismo que la tierra, ten por seguro que encontrarás los mismos males que acá abajo. Después de la muerte no obtendrás una recompensa de acuerdo con tus méritos, pues si cometen injusticas contigo en este mundo (como lo comprobarás por experiencia más tarde), no hay razón para que en la otra vida ya no las cometan más”.

Maldoror, que también es un vampiro, no sólo se solaza con el sufrimiento humano: le gustaría ver una ordalía general (pp. 64-65): “Si la tierra estuviera cubierta de piojos como de granos de arena la orilla del mar, la raza humana sería aniquilada, presa de terribles dolores. ¡Qué espectáculo! ¡Y yo, con alas de ángel, inmóvil en los aires, para presenciarlo!”.

En el último párrafo del canto segundo aparece de nuevo para hablarle al lector de su escritura (p. 88): “Ya es hora de ponerle frenos a mi inspiración, y de hacer una pausa en el camino como cuando se observa la vagina de una mujer”.

En el canto tercero, Maldoror relata paso por paso cómo viola a una niña y la mata; luego, por la vagina, le (p. 97) “retira sucesivamente los órganos internos; los intestinos, los pulmones, el hígado, y, finalmente, el corazón mismo”.

En este mismo canto, el Creador es insultado y golpeado por los animales, inconformes con los atributos con que fueron creados (p. 102): “El hombre que pasaba se detuvo ante el Creador irreconocible y, con los aplausos de la ladilla y de la víbora, ¡defecó durante tres días sobre su augusto rostro!”.

Tiene frases violentas para los lectores (p. 108): “Les aconsejaré que chupen la verga del crimen”.

En el canto cuarto habla de sus transformaciones (p. 131): “¡Al fin había llegado el día en que sería cerdo!”, y se burla de quienes piensan solemnemente: “Tomáis en serio el cómico rebuzno de vuestra alma”.

Abre el canto quinto con una disculpa (p. 141): “Que el lector no se disguste conmigo si mi prosa no tiene la suerte de agradarle”. Declara (p. 156): “En lo que a mí respecta, no amo a las mujeres. Ni tampoco a los hermafroditas”.

En canto sexto pretende explicar los precedentes (p. 170): “¿Pretendéis acaso que con haber injuriado, como en broma, al hombre, al Creador, y a mí mismo, en mis justificables hipérboles, mi misión está cumplida?”.

Sigue explicando (p. 171): “Los cinco primeros relatos no fueron inútiles; constituían el frontispicio de mi obra, el fundamento de la construcción, la explicación liminar de mi poética futura”. Pero le faltó espacio o talento o ganas, porque este último canto tiene pocas ideas plausibles; es el más retórico, el más hueco.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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