Los europeos

Aunque es una investigación histórica, Los europeos parece una novela con muchas similitudes a Guerra y paz, de Tolstoi, solo que en lugar de narrar una historia de amor en el contexto de un conflicto armado, su autor, el historiador inglés Orlando Figes cuenta la relación amorosa de la famosa cantante Pauline Viardot y el escritor ruso Iván Turguénev en un contexto de cambios vertiginosos que conllevarían a la uniformidad de los productos culturales europeos.

Esta creación de un canon, que se reflejó en la estandarización de los gustos, fue producto de la invención y expansión del ferrocarril, que permitió llevar vinos franceses a diversas partes de Europa, así como quesos, embutidos, frutas, libros, pinturas, diversas obras de arte, y personas, que consolidaron el turismo como una nueva vía de esparcimiento y de actividad económica.

Aparte del ferrocarril, dos inventos aceleraron la comunicación: la rotativa y el telégrafo. Por vez primera, con estos artilugios técnicos los hombres y mujeres empezaron a escuchar a los mismos cantantes, a leer a los mismos novelistas y a entusiasmarse con los mismos pintores. Había ediciones originales y piratas. Lo mismo libros que partituras musicales y una reproducción casi infinita de cuadros, lo que Benjamin, llamó la pérdida del aura en la época de su reproductibilidad técnica.

Orlando Figes encarna todos estos cambios en Pauline y Turguénev, porque la primera aprovecha los beneficios del ferrocarril para ampliar sus presentaciones operísticas por Rusia, Inglaterra, Italia, Alemania y Francia, y porque el segundo, en lugar de quedarse aislado en su país de estepas, se embarca en un peregrinaje por toda Europa, para perseguir a Pauline, que se convierte en el amor de su vida.

Turguénev entendió las virtudes de los nuevos cambios registrados en la imprenta para publicar sus obras fuera de Rusia y dar a conocer en su país a escritores europeos. El intercambio cultural se intensificó en todos los planos de la creación artística.

El libro, que busca ser testimonio de los cambios en el gusto y la distinción europea, termina por convertirse en una espléndida novela de amor apasionado y atormentado, pero siempre dispuesto y leal, entre Turguénev y Pauline, dos artistas que fueron parte de ese remolino del canon europeo.

Turguenev se enamoró de Pauline cuando la escuchó cantar en un teatro moscovita. Para entonces ella ya estaba casada y embarcada en giras desomunales por todo el continente, gracias a la invención del ferrocarril.

Rusia, contagiada del gusto francés, acogió a los principales cantantes, y Pauline, conocedora de estrategias mediáticas, construyó su fama en Berlín, San Petersburgo y Viena, para preparar su desembarco en París.

Figes habla de la fealdad de Pauline. Es posible que exagere, pero no de la pasión intensa que despertó la cantante en el rico, popular y hoy imprescindible escritor ruso, que siegue siendo autor obligado en las escuelas básicas de su país.

Turguénev se enamoró de la voz de Pauline, quedó hechizado, le enviaba flores, le escribía cartas, la empezó a seguir por diversas ciudades, hasta que la cantante aceptó tomar un café con él. Las dos almas, nacidas quizá para estar juntas, se reconocieron y se enamoraron. El problema es que Pauline no estaba dispuesta a abandonar a su esposo.

A Turgúenev no le importó. Por el contrario, se hizo amigo del esposo de Pauline y se sumó a la caravana de músicos.  Se especula que Turguénev y Pauline vivieron su pasión amorosa, un tanto oculta y un tanto pública, y hasta es posible que hayan procreado a un hijo, que fue reconocido sin problemas por el esposo de la cantante.

Si habían disimulado su amor en Londres, en Baden Baden, ya no fue así en París; cuando ella tenía 54 y él 53, empezaron a vivir en la misma casa, bajo la mirada tolerante de Louis Viardot, el esposo, quien diez años mayor, aceptaba la relación de los dos artistas, que quizá para entonces habían apagado sus deseos sexuales, por el padecimiento constante en la vejiga de él y la asexualidad de ella. El esposo también padecía achaques. Los dos murieron en 1883, con una diferencia de días. Pauline falleció, a los 90 años, en 1910.

Para Figes, estos personajes ejemplifican, aparte de una relación amorosa diferente, la encarnación de proceso de masificación y uniformidad de los productos culturales, lo que él llama, el establecimiento de un canon de la cultura europea.

Esa uniformidad de los productos culturales, lo propiciaron, como ya vimos varios inventos que crearon una ecología de los medios: “Se abriría un mercado internacional para las reproducciones baratas de cuadros, libros y partituras. Daría comienzo la era moderna de los viajes por el extranjero, lo que permitiría a un número considerable de europeos reconocer sus rasgos comunes. Les permitió descubrir, en estas obras de arte, su propia ‘europeidad’, los valores e ideales que compartían con otros pueblos de Europa, por encima de su nacionalidad particular”.

Aparecieron entonces las estrellas fulgurantes de lo que sería la constelación de artistas de la industria mediática, Rossini, en primer lugar, el Napoleón de la música, que triunfó en Viena, París, Londres, en todo Europa; pero también la luminosidad de Victor Hugo, Zola, y el propio Turguénev que se convirtió en el escritor ruso más conocido en Francia y en Inglaterra.

“No solo las mercancías, escribe Figes, circularon con más rapidez y alcance geográfico, sino también las personas, las cartas, las noticias y la información, lo que, en todos los países con tendido férreo, produjo un mayor sentido general de pertenencia a Europa”.

Los europeos, tres vidas y el nacimiento de la cultura europea (Taurus, 2020) es un libro que, a través de la trayectoria de Pauline, Turguénev y Louis, se puede conocer el proceso mediante el cual las obras musicales, teatrales y literarias empezaron a identificarse con el gusto y a integrar rasgos de uniformidad de la cultura occidental.

 

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