Valorar lo que se tiene

Foto: Archivo

Después de tres días de intenso frío y cielo nublado, ese jueves el sol se asomó con todo su esplendor. Jazmín salió a su patio, su corazón se alegró, ya ansiaba tener días soleados. Regresó a la casa, fue a la cocina y tomó un montón de tortillas, las colocó sobre una charola y las sacó a asolear. Ese día cocinaría chilaquiles en salsa roja para la comida. Era uno de los platillos favoritos de Samuel, su pequeño hijo y de ella.

Buscó un rincón donde la luz del sol llegara con más intensidad, colocó un bote y sobre él puso la charola con tortillas. Se puso en cuclillas para estar cómoda y poder ir despegando las tortillas y acomodarlas en todo el espacio de la charola.

Mientras hacía esto se observó en la postura, rodillas flexionadas, sin que tuviera sensación de dolor. Fue sintiendo cada parte de su cuerpo en acción, huesos, músculos, articulaciones, venas. Les agradeció estar sanos. Hizo memoria de unos meses atrás en que una situación de salud le había dejado sin poder mover bien las piernas. La recuperación había sido poco a poco, por instantes había sentido desesperación, miedo y tristeza. Nunca le había pasado por la mente que podría tener una situación de salud que le impidiera caminar de manera normal, sentarse, moverse. Sin embargo, Jazmín no se dio por vencida, probó varias opciones de tratamiento, ahora veía los resultados.

Permaneció en la postura, los rayos del sol le llegaban directamente y lejos de incomodarla los disfrutó mucho. Fue como una especie de apapacho del universo y una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de valorar lo que se tiene, en este caso, la salud, su salud. Era tan feliz de poder mover sus piernas sin que el dolor le acompañara, lo agradeció desde el corazón. Se puso de pie y fue hacia la casa.

Samuel salió a su encuentro, le preguntó qué hacía. Jazmín le dijo que ese día comerían chilaquiles. Los ojos del niño brillaron más que de costumbre.

—¿Puedo ayudarte a cocinar, anda déjame?

Jazmín le acarició el cabello al tiempo que lo abrazaba.

—Ya sabes que sí, vamos a cortar el epazote, ese ingrediente le da un toque delicioso.

—¿Le llevaremos a la tía Sofi? A ella le gustan los chilaquiles con mucho epazote.

—Muy buena idea, pero mejor le llamaré para que venga a comer a casa.

Fue hacia el teléfono, ese día también era una oportunidad de comer en familia, de valorar lo que se tiene.

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