La banalidad del mal

Mientras escribía mi texto titulado Una tarde terrible publicado en mi anterior entrega a Chiapas Paralelo, pensé en introducir un comentario acerca de la noción del mal banal que propuso Hanna Arendt en varias de sus obras. Pero en ese momento me pareció que ello conduciría a una discusión muy compleja y lo dejé pasar. Justo después de publicado mi texto en esta columna titulada Encarte Crítico, me llegó un comentario de mi amigo y colega Pedro Tomé que a la letra dice: “Totalmente de acuerdo contigo en el inicio del análisis y de la violencia futbolística como reflejo (expresión quizás) de la descomposición social. Añadiría a lo que propones una reflexión….Me refiero a la banalidad del mal, de Arendt….Como recordarás…la tesis fundamental de esta filósofa es que el mal, la brutalidad, se puede normalizar siempre que se den las condiciones”. En efecto, mientras veía las imágenes transmitidas por la televisión de los sucesos acaecidos en el Estadio La Corregidora, pensaba en el contexto de una sociedad tan desigual como la  mexicana-denunciada en uno de sus varios ángulos por la gigantesca marcha de mujeres en varias ciudades del país-que el concepto de Arendt es útil para analizar la violencia generada no sólo en los estadios de futbol sino la que caracteriza al llamado “crimen organizado”. Hanna Arendt contextualizó su noción del mal banal en el juicio que se siguió a uno de los asesinos más terrible de los nazis: Adolf Eichmann, capturado por los Israelitas en Argentina y llevado a Jerusalem para que respondiera por sus atrocidades. En su libro, Eichmann en Jerusalem (Pinguin Books. La primera edición en inglés es de Viking Press, 1963), Arendt hace una descripción detallada del juicio, una excelente etnografía para decirlo en lenguaje de los antropólogos. La filósofa alemana afirmó que Eichmann era un hombre banal convertido en un asesino terrible, producto de un sistema político como el implantado por su tocayo Adolf Hitler en la Alemania nazi. Es decir, pensando en la violencia en los estadios,  el meollo de esta cuestión es dilucidar cómo el contexto de una sociedad tan desigual como la mexicana, puede trivializar la brutalidad que vimos en el Estadio La Corregidora en esa que llamé “una tarde terrible”, en la que vimos el despliegue de una violencia machista, estructural, que mostró la pérdida del sentido de afición deportiva. Truman Capote, intrigado por penetrar en la mentalidad de los asesinos que fueron capaces de matar “a sangre fría”, como tituló su novela de no ficción, entrevistó en la cárcel a los asesinos de una familia rural en los Estados Unidos a la que ni siquiera conocían, para robar unos dólares. ¿Qué motivó esa conducta sin sentido? pregunta que también es posible hacer en el caso de  los sucesos en La Corregidora. La trivialización del mal se expresa en que los golpeadores, esa turba brutalizada que actuó en aquella “tarde terrible” es incapaz de pensar en las consecuencias éticas y morales de sus actos, como sucede con Eichman o con los asesinos entrevistados por Truman Capote. Y esa incapacidad deviene del contexto en el que viven, un contexto de violencia cotidiana, una violencia existencial que resulta de la desigualdad social extrema que va borrando en ellos todo rasgo humano. Es una condición que Arendt nombró “mal radical”. Por supuesto que en los comentarios que hago, el análisis de esta complejidad es apenas un apunte hipotético y debe discutirse. Tendría que armarse un proyecto de investigación más allá de las medidas legales que se están tomando. A Truman Capote le tomó siete años, de 1959 a 1966, escribir su texto de no ficción. Una parte básica para dilucidar lo sucedido en el Estadio La Corregidora es entrevistar a fondo a los que participaron como agresores, describir sus entornos sociales, su condición, y estudiar el contexto de las “barras” y su estructura de poder enmarcada en la desigualdad social. Recuerdo ahora el libro de Roger Magazine, sobre las porras de los pumas, que aporta sugerencias muy importantes al respecto, titulado Azul y Oro como mi corazón, (Universidad Iberoamericana, México, 2008). Recomiendo también, Jorge Garriga Zucal, Compilador, Violencia en el Futbol, (Ediciones Godot, Buenos Aíres, 2013). Pedro Tomé sugiere el libro de Mickael Correia, Una Historia Popular del Futbol, con Prólogo de Carles Viñas y editado por Hoja de Lata en 2019. Así que el problema para las ciencias sociales es “sacar” los sucesos del estadio y enmarcarlos en el contexto de la Sociedad Mexicana actual.

Hace años, hacia 1975, mientras fundábamos el Departamento de Antropología de la UAM-Iztapalapa, se formaban también los equipos de futbol americano. En alguna de las tantas reuniones que sosteníamos en aquellos días, expresé mi opinión de que habría que tener cuidado y estar muy atentos a quiénes serían los integrantes de esos equipos, los cuerpos técnicos y las porras que los seguirían. Corrió por el Campus Universitario la voz de que me oponía al deporte y en particular al futbol americano. A tanto llegó el asunto que me buscaron los estudiantes interesados para conversar conmigo y convencerme de que el deporte es una actividad necesaria en un ambiente universitario. Recuerdo vivamente aquella entrevista y la sorpresa que causó a mis entrevistadores el que les enseñara algunos de los objetos que guardaba de mi vida de deportista, incluyendo recortes de la prensa chiapaneca. Y dejé claro y así lo entendieron los estudiantes, que no era en contra del deporte sino el rechazo a que el deporte sea el pretexto para formar grupos de golpeadores como lo eran las famosas porras que tanta violencia ejercían en las universidades del país y que eran usadas por las propias autoridades. Estoy seguro que más de un lector recordará lo temido que eran los “porros” en los ambientes universitarios y cómo fueron utilizados incluso en contra del movimiento estudiantil de 1968. Los estudiantes con quienes me entrevisté en aquella ocasión entendieron plenamente mi preocupación y tomaron las medidas adecuadas que favorecieron el desarrollo del futbol americano en la UAM. No tengo noticia de ningún acto lamentable al respecto.

He sido un asiduo asistente a los encuentros de futbol. Soy aficionado a ese deporte y en mi calidad de antropólogo he procurado analizar sus contextos como una contribución primeramente a los aficionados y después al público en general. Por fortuna, nunca me ha pasado el estar en medio de una agresión tan brutal como la que presenciamos el 5 de marzo pasado en el Estadio La Corregidora. En ese momento, mientras veía las imágenes por televisión, recordé a los “porros” cuando asolaban los pasillos universitarios sin pensar en las consecuencias de sus actos. Eran realmente temidos imponiéndose a base de la violencia, incluso en las llamadas “novatadas” o “perradas” con las que se recibía a las nuevas generaciones de estudiantes en las universidades. La humillación a la que se sujetaba a los novatos era terrible y yo mismo pasé por ella y hubiera sido peor si no me hubiera salvado el deporte. Mi habilidad para jugar al básquetbol fue tomada en cuenta por aquellas turbas para perdonarme pasar por todo un proceso humillante en la Facultad de Ingeniería de la UNAM. En todo ello pensaba mientras veía y veía las imágenes de los sucesos en el Estadio La Corregidora y en ejercicio de memoria, caí en cuenta que la violencia en los estadios en México tiene causas profundas y que seguro nada tienen que ver con el deporte como tal. Fue el Movimiento Estudiantil de 1968 el que terminó con los “porros” con las “perradas”, y esa es una contribución que hay que destacar. No en todos los casos, pero en algunos como la llamada “barra” de los Gallos Blancos, se repite la historia de los “porros”: grupos de choque que se usan en contextos concretos para defender intereses extra deportivos. Lo apunta muy bien Pedro Tomé: “Por otra parte, estas contiendas entre partidarios de unos y otros equipos-al menos en Europa y posiblemente en otros lugares-suelen ser aprovechadas por grupos que nada tienen que ver con el futbol     y que sin embargo, saben muy bien cómo aprovechar los resquicios para generar caos que precisen de salvadores y soluciones drásticas de orden. Lo sabemos bien desde hace años: el futbol solo es el instrumento utilizado para la expresión de sus ideas frecuentemente violentas”.  Y así es. Vivimos un período en México en el que la derecha se ha inclinado cada vez más hacia el fascismo. Justo ayer escuchaba un programa de radio en una estación en donde a diario y durante todo el día se dedican a lanzar insultos, diatribas y calumnias en contra del Presidente de la República. Uno puede estar o no de acuerdo con López Obrador pero una cosa es el análisis y otra el insulto. Esas ideas violentas de la derecha se escucharon también en boca de los golpeadores en el Estadio La Corregidora: “Que se mueran todos” gritaban mientras seguían pateando a quienes yacían inertes en el suelo. Así se expresan también en ese programa de radio: “gentuza esa” es la expresión que utilizan para referirse a los partidarios de la 4T. En relación a los sucesos de La Corregidora, comparaban al Gobernador de Querétaro (el “salvador del caos”), miembro del PAN, como un político responsable que de inmediato había organizado las investigaciones mientras que López Obrador “permanecía indiferente” lo que es una calumnia. Por supuesto una estructura social como la mexicana, caracterizada por una desigualdad elaborada en siglos, no desaparece por magia ni de la noche a la mañana. Se necesitarán años de esfuerzo sostenido para lograr una sociedad justa, libre de violencia. El camino es largo y tomará el esfuerzo de varias generaciones de mexicanos y mexicanas. Los sucesos como el del Estadio La Corregidora nos lo advierten.

Ajijic, Ribera del Lago de Chapala. A 13 de marzo de 2022.

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