Tiempos Ruines

Mural en una calle de Nuestra América. Fuente: https://www.celag.org/progresismo-latinoamericano-ante-los-retos-electorales-venir/#_ftnref1
Preámbulo
El más reciente escenario de protestas y movilización popular abierto en 2019 en Nuestra América, puso a prueba la doctrina del shock que trajo consigo la pandemia y su pedagogía de miedo: aislamiento forzado y distanciamiento social-corporal; estado de sitio y “normalización” de la excepción; robustecimiento de las fronteras y exacerbación contra la población migrante, siempre selectiva, claro; un sistema de gasto público incuestionable para la compra irrestricta y consumo de vacunas; controles sanitarios como nuevo discurso de seguridad nacional; pánico y angustia exhaustiva frente a una certeza biológica en el ser humano: la muerte.
La sustancia democrática popular de algunas sociedades latinoamericanas, en todo caso, desbordó los cercos en las principales ciudades de Ecuador y Chile en 2019, y este último logró avanzar la instalación de una Convención Constituyente a mediados del año pasado; mientras que en Colombia la tenacidad de las protestas durante 2021 y la brutal represión de un gobierno que se ha empeñado en destruir los acuerdos de paz y aplastar todos los espacios de la sociedad civil, llevaron a un escenario de potencial guerra civil lamentable que podría ser confrontada en las urnas en los próximos meses. En Brasil, la sistemática desarticulación del Estado social se ha acompañado de un declive en la capacidad cíclica de movilización de una sociedad que parece aguardar, con anhelo, los tiempos electorales para dar un giro en el timón. En los países de Centroamérica, por su parte, la persecución del gobierno de Ortega en Nicaragua sostenida con creciente violencia desde el 19 de abril de 2018 ha escalado hasta convertirse en un secuestro casi total de los espacios de deliberación, disidencia y participación política de oposición. En Honduras, las elecciones del cierre de año trajeron aires de esperanza después de una década de severa violencia y represión sistemática a todas las manifestaciones públicas contra la corrupción y el cambio social.
Mientras tanto, la retórica global sobre la democracia, en tanto régimen liberal hegemónico que parece debilitado ante el giro autoritario en los propios países occidentales (y en el corazón mismo de Estados Unidos) ha intentado ser atajada por la administración estadounidense de Joe Biden, quien a fines del año pasado convocó a la primera Cumbre por la democracia . En ella destacan las paradójicas exclusiones en “la lista de invitados” de países como Bolivia, que después de un golpe de Estado atajó la vía democrática electoral en 2020. Así como Cuba, Guatemala, Honduras, Nicaragua o El Salvador. Mientras que países como Pakistán, Brasil, Irak y Filipinas quedaron invitados a “la fiesta virtual de la democracia”. Las marcadas exclusiones de China y Rusia en la Cumbre generaron también reacciones importantes que abren espacios de atracción y márgenes de negociación para los países de América Latina y el Caribe, ante una Cumbre más preocupada por trazar alianzas y escenarios geoestratégicos pro-estadounidenses que por la democracia sustantiva.
La primera entrega de este año la dedico a reflexionar sobre los escenarios de crisis y alternativas que merodean la incierta democracia electoral en la región. ¿Hacia dónde se dirigen las tendencias políticas de los países latinoamericanos frente a las elecciones del año 2022?
Giros en la democracia latinoamericana: mapa del 2022
El calendario político electoral en la región latinoamericana enfrenta giros y encrucijadas importantes este año, como parte de un ciclo inmediato abierto desde el año 2019, periodo a partir del cual quedó claro que las sociedades latinoamericanas votaron, en su mayoría, por un cambio en el partido o coalición gobernante. Con las excepciones particulares de los autoritarismos enquistados en Nicaragua y Venezuela a través de sistemas electorales cercados, represión y personalismos recalcitrantes, un virtual vuelco (¿retorno?) a un “progresismo” nacionalista extractivo parece encontrar horizontes en la reciente coyuntura político-electoral de la región.
Honduras recobra un aliento. Las elecciones de noviembre de 2021 en el país centroamericano hacen de Xiomara Castro la primera mujer en ocupar la presidencia del país, al haber obtenido el 53.6% de los votos, al frente del partido Libertad y Refundación (Libre). El triunfo de la exesposa de Manuel Zelaya, quien fuera despuesto de la presidencia tras un golpe de Estado en 2009, significa el retorno de una izquierda moderada a un país que desde hace doce años ha experimentado una crisis social y política profunda . La violencia estructural y el estancamiento económico han hecho de Honduras el país más peligroso del triángulo norte centroamericano y un referente doloroso de las caravanas migrantes que abandonan de forma masiva al país. La posible convocatoria a una Asamblea Constituyente, una agenda orientada a fortalecer política de derechos para las mujeres y el retorno a las alianzas multilaterales con países de la región son banderas prometedoras, ante un complejo escenario amordazado por la corrupción, el narcotráfico y la ingobernabilidad.
En Chile se vislumbra una refundación constituyente. En la segunda vuelta de las elecciones de diciembre 2021, el joven político Gabriel Boric, al frente de la coalición de izquierda Apruebo Dignidad (una alianza entre el Partido Comunista (PC), el Frente Amplio (FA) y grupos ecologistas independientes), ganó la presidencia de Chile. Se trata del primer presidente de “izquierda” que promete un giro hacia la socialdemocracia, en un contexto excepcional para el país de Salvador Allende. Como parte del potente estallido social de 2019, los movimientos sociales, particularmente el estudiantil y el encabezado por el movimiento indígena mapuche, lograron avanzar en la instalación de una Convención Constitucional, aprobada por un exitoso plebiscito popular que dijo sí a la redacción de una nueva constitución que desplazará, por fin, la carta magna heredada del dictador A. Pinochet desde 1980. El flamante gobierno de Boric promete cambios relevantes para un país que fue cuna en la implantación del modelo económico neoliberal . En relación con su proyección regional, el gobierno de Boric podría gravitar cerca de las agendas impulsadas por Bolivia, Perú, el Brasil que promete un retorno de Lula, e incluso de la diplomacia de México y Argentina en torno a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Todavía como presidente electo, Boric recibió la visita del canciller Marcelo Ebrad, quien hizo explícita su intención de acercarlo a la órbita del proyecto regional que protagoniza el gobierno de la 4T.
Costa Rica registra 25 candidatos. Las elecciones presidenciales en el país del mito democrático están programadas para el mes de febrero, ante un escenario partidaria que refleja una particular fragmentación, más que una riqueza multipartidista. El registro de 25 candidatos anuncia una muy probable segunda vuelta en la definición de su nuevo/a presidente. Las encuestas colocan, sin embargo, a figuras como el expresidente José María Figueres al frente de la intención de voto, junto con la conservadora Lineth Saborío del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) y un pastor evangélico del Partido Nueva República: Fabricio Alvarado. En cualquier caso, ninguno proyecta alcanzar el 40% de votos necesario para imponerse en la primera vuelta, ni tampoco un viraje que entusiasme las agendas progresistas latinoamericanas.
Colombia: ¿será posible algo más que un gobierno de guerra? La intención del voto en el país parece inclinarse, por primera vez, al lado de emblemático líder de izquierda, Gustavo Petro, exguerrillero del Movimiento 19 de abril (M19) y exalcalde de la capital: Bogotá. Aunque el escenario está por definirse, es posible que la centroderecha esté representada por el exalcalde de Medellín, Sergio Fajardo, quien se sostiene en las encuestas como la segunda figura mejor posicionada. La agenda de Petro se enfrenta a dilemas estructurales de una guerra que parece inacabada, dada la violencia profunda que se ha perpetrado tras los acuerdos de paz firmados en 2016. En un contexto marcado por la ola de protestas y represión vivida en 2021, y la ineficiencia de un gobierno conservador que, fiel a los dictados del expresidente Álvaro Uribe, ha alcanzado cifras récord en la desaparición y asesinatos de líderes/as indígenas, activistas y exguerrilleros, tras los acuerdos de paz, las elecciones podrían ser un parteaguas. Colombia ha sido un bastión geoestratégico para EEUU e Israel en los últimos 50 años, al operar como bisagra para la intervención imperial en la región andina. Hoy por hoy es el territorio con la frontera más importante con Venezuela, que se sostiene como el “foco rojo” de la frustrada estrategia de intervención estadounidense y su intento por controlar el epicentro energético de la gran cuenca caribeña. El posible giro en la política colombiana sería inaudito, y parte de un ciclo prometedor para la integración latinoamericana, junto con la diplomacia del eje México-Argentina-Bolivia-Perú-Chile… y quizá, Brasil.
Brasil, Lula y el eterno retorno de un gigante dormido. La de este gigante sudamericano, promete ser también una elección emblemática y con un gran impacto no sólo para la propia sociedad brasileira sino para toda la región. Tras cuatro años de desastrosas políticas conservadoras impulsadas por el presidente Jair Bolsonaro, que han significado un repliegue sin precedentes en la última década de un Brasil que ha “desaparecido” de la escena internacional y perdido total liderazgo en la región, Luis Inacio Lula da Silva reaparece como el candidato fuerte para las futuras elecciones. Al ser absuelto de las denuncias por corrupción que lo llevaron a prisión entre 2018 y 2019, Lula podría postularse para alcanzar una tercera presidencia del Brasil. El choque de su agenda izquierdista moderada configura un polarizado escenario político, en el que Bolsonaro promete no reconocer una derrota y poner en jaque al sistema político, como ha ejercido el establishment conservador brasileño de forma recurrente.
En todo caso, el escenario regional de Nuestra América, aunque muy distinto al contexto de la ola progresista iniciado en el 2000 y en medio de una polarización sin precedentes marcado por un drástico giro autoritario populista de la derecha latinoamericana, parece abrir horizontes prometedores. El ascenso de Luis Arce en Bolivia, de Pedro Castillo en Perú, Gabriel Boric en Chile, y, virtualmente, el arribo de Gustavo Petro en Colombia y de Lula en Brasil, podría generar una concertación no lograda en las últimas cinco décadas, que gravite armónicamente con la posición latinoamericanista de México -que pocas veces coincide en el mismo ciclo-. Políticas orientadas a una mayor distribución del ingreso, mayor control social sobre las políticas extractivas; una ampliación de políticas sociales y el fortalecimiento en la capacidad de concertación regional norte-sur latinoamericano, resultan importantes ante un escenario de alta conflictividad internacional que anuncia el año en ciernes: agudización de la guerra comercial sino-estadounidense; militarización en el Indo-Pacífico; un escenario de guerra latente en el frente oriental de Europa ante la avanzada de Rusia sobre Ucrania; guerra biológica sostenida bajo discurso pandémico, etc. Los próximos meses revelarán los rumbos.

La presente situación internacional marcada por la llamada guerra entre Rusia y Ucrania, tiene raíces profundas en la historia europea. Es un conflicto que para entenderlo, necesitamos remontarnos incluso a la época de los zares rusos, la revolución de octubre, Lenin, Stalin, Trosky, la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS), el período conocido como el de la Glasnot y la Perestroika con Mijail Gorvachov al frente de la URSS y finalmente la fragmentación de la URSS en una serie de Estados Nacionales, más el ascenso al poder de Vladimir Putin en Rusia. Imposible dar cuenta de tal complejidad en un solo texto y por supuesto, esa nos es el objetivo del presente artículo. Más bien, llamo la atención a una situación muy compleja que los noticieros, por lo menos en México, simplifican de manera grosera y hasta caricaturesca: describir a Putin como el malote de la película y a los Estados Unidos como el “muchacho” que lucha por el triunfo del bien. Ni lo uno, ni lo otro. Mi punto de vista es que se trata de un complejo conflicto en el que se articulan los nacionalismos de Estado con las ambiciones capitalistas. En breve, se trata de controlar a un territorio, Ucrania, que es  el primer productor de trigo del mundo; no es nada despreciable como productor de titanio; posee el 12% de las reservas de manganeso del mundo; guarda en su subsuelo 30,000 millones de toneladas de hierro; es el tercer país de Europa en reserva de gas de esquisto, un tipo de gas de lutita, hidrocarburo en estado gaseoso que se encuentra en las formaciones rocosas sedimentarias de grano muy fino. Abunda en Ucrania. En una palabra: Ucrania es el cuarto país del mundo con mayor valor total de sus recursos naturales. Incluso, como productor de maíz es el tercero a nivel mundial y cuarto como exportador de ese producto tan apreciado en México. Con sus recursos, Ucrania puede alimentar tranquilamente a 600 millones de personas y sólo tiene 50 millones de habitantes. Pero, y es un pero fundamental de tener en cuenta, está gobernado por un comediante que fue seducido por los ofrecimientos de “aquel que les conté” para asociarse con la OTAN, dirigida por los intereses de los Estados Unidos. Además, Putin opina que el tal comediante es un neo nazi, lo que habría que comprobar. El discurso sistemático del comediante en cuestión llamado Volodomir Zelensky, insistiendo en que su país se unirá a la OTAN, por supuesto que molestó a Putin, quien no está dispuesto a tener en sus fronteras una batería de misiles apuntando a Moscú y que en sólo 7 minutos pueden destruir la ciudad. Pero también no está dispuesto a abandonar los recursos de que dispone Ucrania, un territorio que siempre se ha considerado ruso. Y a ello agreguemos que Putin quiere tener el paso libre al mar, como lo demostró la llamada “Guerra de Dombás” ocurrida en el este de Ucrania a partir del 6 de abril de 2014 y que tiene como antecedente la anexión ruda de la península de Crimea lograda y justificada por las protestas a favor de Rusia en esa parte del país. Es en esta parte en donde se localizan las autoproclamadas repúblicas independientes de Donesk y Lugansk. Vladimir Putin, el Estado Ruso, ha reconocido la independencia de estas regiones habitadas por una mayoría de origen ruso y ha esgrimido el argumento de que sus tropas entraron a defender la autonomía de esas repúblicas ante la imposición de Ucrania. Ante estos hechos, el comediante Zelensky ha solicitado la incorporación de Ucrania a la Unión Europea, lo que significaría para Rusia el tener a las fuerzas de la OTAN en sus fronteras. Una intervención de Ursula von der Leyen, Presidenta de la Comisión Europea, molestó profundamente a Rusia. Dijo la susodicha: “Hay muchos temas con los que trabajamos muy de cerca juntos, y a través del tiempo, nos pertenecen. Son uno de los nuestros y los queremos con nosotros”. Por supuesto, se refiere a Ucrania. Y Rusia considera que Ucrania es “suya” desde tiempos inmemoriales y que no tiene por qué dejar en manos “occidentales” toda la riqueza ucraniana.

No obstante la globalidad del mundo, el capital aún se mueve en el contexto de las fronteras entre Estados Nacionales. En ese sentido, la manipulación del “nacionalismo de Estado” es un recurso que usan los grandes consorcios bancarios para defender sus intereses. Aún no se ha llegado a lo que la película Rollerball predecía en 1975: un Super Estado que rige al Mundo entero para satisfacer los interés de diversas Corporaciones en las que se concentra el capital mundial. En el contexto de los Estados Nacionales, los intereses capitalistas tienen un árbitro, el Estado, que no sólo suprime los interés que no convienen al capital, sino que funge como árbitro entre los interés capitalistas diversos, precisamente para que no se acaben entre ellos. Pero no ha llegado el capital a configurar ese Super Estado que describe la película Rollerball. En el conflicto entre Rusia y Ucrania se articulan los interés capitalistas divergentes con los nacionalismos de Estado, provocando un conflicto que ya sabemos cómo se inició, pero que no sabemos cómo terminará. Es una catástrofe que puede resultar en la peor masacre ocurrida en la historia mundial dada la potencia de las armas actuales.  Para un lector interesado: la bibliografía sobre Rusia es abundante. Sugiero el libro de Paul Bushkovich, Historia de Rusia, (Akal, 2013). Esta lectura se debería combinar con el gran libro de Eric Hobsbawm, Historia del Siglo XX (Editorial Crítica, 1994). No hay que olvidar, además, las invasiones en América Latina y El Caribe impulsadas precisamente por los intereses de quienes controlan la economía política capitalista. Además, lo dijo con toda claridad Jhon Foster Dulles, Secretario de Estado con el Presidente Ike Eisenhower: “Estados Unidos no tiene amigos: sólo tiene intereses”. Es un tema que es oportuno comentar en un próximo texto.

Hago votos porque el actual terrible conflicto encuentre una salida y libre al mundo de una catástrofe.

Ajijic, Ribera del Lago de Chapala. A 28 de febrero de 2022.

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