Matar eternamente

Casa de citas/ 583

Matar eternamente

Héctor Cortés Mandujano

 

 

Nadie vive solo: cada uno habla con los que ya han pasado,

cuyas vidas se encarnan en él,

sube los peldaños y, siguiendo su huella,

visita los rincones del edificio de la historia

Czeslaw Milosz,

en El valle de Issa

 

Sólo había leído poesía de Czeslaw Milosz y ahora, en uno de mis lectores electrónicos, leo El valle de Issa (1981, traducción de Ana Rodón Klemensiewich), la vida de Tomás en ese valle de Lituania, donde curiosamente nació Milosz en 1911; ganó el Premio Nobel de Literatura en 1980 y murió en 2004.

Me gustó mucho esta novela, quizás biográfica, porque la infancia de Tomás se parece a la mía. Me sentí Tomás en varias páginas. Por ejemplo, por mi experiencia en el campo, no me resulta difícil “traducir” ladridos, mugidos, maullidos, piares. Sé qué “dicen”. Escribe Milosz: “Desde los bosques llega la música de los perros de caza: con voces de soprano, bajo y barítono, ladran sin dejar de correr, persiguiendo la presa y, por el tono, puede saberse si siguen la pista de una liebre o de una cierva”.

Hay varios textos donde se pone en duda que la luna sea femenina, éste es uno de ellos: “La luna (que entre nosotros es de sexo masculino) […] sale del lecho nupcial donde ha dormido con su esposa, el sol”.

Me llamó la atención esta costumbre: “Los campesinos del valle dejaban antaño, junto a las puertas de sus casas, un recipiente lleno de leche para las apacible serpientes de agua, que no temían a los hombres”.

Lo mismo que en el lugar donde nací, “una de las particularidades de Issa es que en él viven más demonios que en otros lugares”; además, “los demonios que se encogían rápidos cuando él se acercaba (se habla de Tomás) y se escondían debajo de los hojas, se comportaban como las gallinas que, cuando se asustan, estiran el cuello y muestran su ojo inexpresivo”.

Otra experiencia cercana es que Tomás fabricaba velas y jabón (por la guerra), y yo hacía velas con mi abuela, y se hacía jabón en El Ciprés, la finca donde nací.

También me resultaron familiares, comparadas con mi infancia, las historias terribles de Baltazar y de Magdalena. Él se casó con una mujer fea, pero rica, y era perseguido por los diablos: “Bebía tanto que, cierto día, el vodka se inflamó en su interior y la judía de la aldea tuvo que agacharse sobre él y orinarle la boca (es un remedio conocido, pero acarrea el deshonor)”; en el trascurso de la historia mata a un hombre que intenta asaltarlo; después incendia su casa y mata a quien intenta ayudar para apagar el fuego. Es atacado, entonces, por una multitud. Sobrevive. Recobra la cordura antes de morir. Sus últimas e incomprensibles palabras son: “Chicos, todos a la vez”.

Ilustración: HCM

Magdalena se suicida con matarratas. Se vuelve fantasma y asusta a los pobladores. El cura no puede nada. Hambres van al cementerio y ven que el cuerpo no se ha descompuesto y está bocabajo. La volvieron “y el que llevaba la pala más afilada se abalanzó sobre Magdalena y le cortó la cabeza en seco. […] A continuación, agarrando la cabeza por los cabellos, la colocaron a sus pies, volvieron a colocar la tapa y la recubrieron de tierra”. Fin de las apariciones fantasmales.

Hay recetas mágicas en el libro. Para hacer que un hombre se enamore de una mujer hay que “añadir a la comida un poco de sangre de menstruación, y el hombre a la que va destinada queda como atado por unos hilos invisibles”.

Otra coincidencia que ve Tomás y que vi yo: cortan la cabeza a un gallo y aun así vuela. También me resultó conocido el encuentro con niños malos; Tomás, en El valle de Issa, se encuentra con Domcio, quien se asume hermano de los sapos, pero es cruel. Deja de creer en Dios por las injusticias que ve: “Dios cuida que los fuertes estén bien y los débiles mal. ¡Si pudiera volar hasta los cielos y tirarle de la barba!”. Con una lezna hace pedazos una hostia para ver si escurre sangre (dado que han dicho que es el cuerpo de Cristo). Al ver que no, se pregunta: “¿De modo que no hay nadie, nadie, a quién pedir algo?”.

Una receta contra la mordedura de víboras (hay muchas en el valle, casi tanto como diablos): “La víbora, según el libro Vípera Berus, al morder, introduce un veneno que puede llegar a causar una grave enfermedad e incluso la muerte. Para curar las picaduras se puede, o bien a recurrir a fórmulas mágicas o bien quemar la herida con un hierro candente, o bien emborracharse hasta el delirio, aunque la mejor solución consiste en emplear los tres sistemas a la vez”.

Otra práctica de campo: “Romualdo, cuando se mostraba tal como era, decía: ‘Es hora de cagar’, se agachaba junto a un árbol y luego se limpiaba con una hoja, sin esconderse de nadie”.

Tomás es un niño cazador. Ama a los pájaros; sin embargo, los mata. Del urogallo dice, por ejemplo: “La vida de las personas que, al salir por la mañana de su casa, no han oído el gorgoteo de los urogallos, debe ser más bien triste, porque no saben, en realidad, qué es la primavera”. Dice también: “Los animales no tienen alma, de modo que, al matar un animal, se lo mata para toda la eternidad. Cristo no podrá ayudarlo”. Y luego: “¡Cuántos gatos! […] ¡Cómo es que estos pájaros no tienen miedo de cantar!”.

Tomás fracasa como cazador y abandona su rifle; luego de cumplir trece años se va del valle. Dice el narrador: “No queda más que desearte buena suerte, Tomás. Tu futuro será siempre una incógnita, nadie podrá adivinar que lo que hará de ti el mundo hacia el que te diriges. Los demonios de Issa te han trabajado tanto como han podido, lo demás ya no depende de ellos”.

 

***

 

La revista Universidad de México, de noviembre, 1991, se titula “Retrato de Arturo” y dedica sus casi ochenta páginas a la vida y la poesía de Arthur Rimbaud (1854-1891), el hombre mito, el ángel adolescente que revolucionó la poesía y dejó de escribir para dedicarse a actividades comerciales, que adelantaron su muerte. Me pareció certera la definición de Paul Valéry sobre el arte poético de este francés eterno (p. 55): “Rimbaud ha inventado o descubierto el poder de la ‘incoherencia armoniosa’ ”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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