Tatuajes e incrustaciones corporales 

LeValeur. Gaudeamus Igitur. Diseño para tatuaje, 2013

“-Sois unos verdaderos salvajes. Ya ha empezado la costumbre de llevar colgados dientes humanos. La próxima generación se perforará la nariz y las orejas para ponerse adornos de hueso y nácar” (p. 21).

Esta categórica frase, y tal vez premonitoria, surgida de la pluma de Jack London en su obra La peste escarlata[1] podría haber sido escrita en nuestros días si se le quitara el concepto de “salvaje”, aunque hay que tomar en cuenta que cuando fue publicada, en 1912, era un calificativo recurrente para denominar a los “otros”, a quienes eran ajenos al modelo civilizatorio llamado occidental.

Jack London fue un prolijo escritor, además de peculiar por ser autodidacta y construir su experiencia personal a través de sus múltiples ocupaciones y trasiegos vitales. Sus textos fueron muy leídos a pesar de ser acusado, en varias ocasiones, de plagio. Entre esas obras se encuentra La peste escarlata, una narración que empata, y también precede, la tradición literaria que apuesta por la visión apocalíptica del futuro de la humanidad. En su caso el mundo descrito queda reducido drásticamente en número de pobladores y ha abandonado los avances científicos y tecnológicos para retroceder a esa etapa que Jack London, en el lenguaje de la época, acerca al “salvajismo”. Libro que tiene precedentes en relatos como El último hombre (1826) escrito por Mary Shelley; la autora de la novela Frankenstein, seguramente la más conocida de su producción narrativa por las múltiples secuelas posteriores, en especial a través del cine.

Narraciones recuperadas en los últimos dos años, junto con otros textos de similar contenido, debido a la pandemia del Coronavirus que volvió la vista a las visiones apocalípticas de una humanidad mermada, o casi desaparecida, debido a algún tipo de enfermedad o plaga. Pero la recuperación de la novela de London, como se lee en la cita que inicia este artículo, tiene sentido aquí por su relación con los tatuajes y adornos “salvajes”.

No hace tantos años, la percepción de los tatuajes se acercaba a lo dicho por el narrador estadounidense puesto que se identificaban con personas marginales, muchas veces con estancias en la prisión. También se relacionaban con ciertas actividades laborales como la de marinero. Una de esas profesiones que, por no representar al sedentarismo identificado con un elevado nivel civilizatorio, causaba cierto desasosiego. Intranquilidad propiciada por el carácter itinerante de su vida aunque algunas imágenes, como los tatuados brazos de Popeye “el marino”, pudieron suavizar esas impresiones gracias a la popularización de la caricatura.

En la actualidad, como ha ocurrido en muchos pueblos del orbe desde hace siglos, adosar incrustaciones en el cuerpo o marcarlo, a través de distintos tatuajes, no resulta fácil de interpretar puesto que no son simples adornos. Grabar partes del cuerpo o llenarlo de incrustaciones alude a aspectos personales y colectivos. De hecho, las grabaciones corporales hoy atraviesan barreras sociales y culturales para observarse en cualquier colectivo humano, sin importar la condición económica y su rol en la sociedad. También la historia nos ha enseñado que una de las acciones para demostrar el poder conquistador se establece modificando los signos corporales de los conquistados a través del cambio de su vestuario, el corte del cabello o la eliminación de adornos corporales, por solo mencionar algún ejemplo.

El sociólogo francés Michel Maffesoli ha reconocido alguna de estas marcas, siguiendo sus líneas de investigación, como distintivos de pertenencia, de identificación con una colectividad social. Una especie de “comunión de conciencias” para recordar su vinculación gracias a una “comunidad de existencia” en una sociedad dividida en múltiples identificaciones emergentes y que necesitan emblemas para reconocerse. Es una posibilidad, no cabe duda, ya que Maffesoli lleva años trabajando esas nuevas formas de relación entre los seres humanos, en especial los jóvenes. Emblemas corporales de las nuevas “tribus” y de las heterogéneas identificaciones contemporáneas. Una interpretación factible, no cabe duda, de las muchas que un trabajo antropológico podría arrojar sobre los tatuajes e incrustaciones corporales que hoy se han convertido en una normalidad del mercado de los adornos prácticamente imborrables de los seres humanos.

[1] Jack London (2017). La peste escarlata. Barcelona: Libros del Zorro Rojo

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