La derrota del Canelo

Saúl «Canelo» Álvarez. Foto: Cortesía

La derrota del Canelo Álvarez se ha transformado, de una noticia deportiva, a un acontecimiento nacional. Todo el mundo comenta si es justa o no la decisión por la cual perdió quien ahora es el mejor boxeador del mundo. Habría que ver los detonantes por los cuales una pelea de box se trueca en murmullo social que inunda las redes sociales y las charlas cotidianas.

Como se sabe, el box es un deporte muy popular y de gran arraigo en el país. Han existido grandes ídolos nacionales, y es ahí donde se fertilizan las figuras que, en su inmensa mayoría, son de origen humilde y de una clase social precarizada. Eso lo hace distinto y contrario al deporte más popular de México, el futbol, donde la clase social se eleva unos niveles más arriba (recordemos a los clasemedieros Enrique Borja, Rafa Márquez, el Chícharo y el Cuau Blanco tal vez, dentro de esta pléyade, el único oriundo de un barrio “bravo”).

Ya hemos escrito en estos espacios las posibles causas por las que Saúl Álvarez, el Canelo, carece aún de ese carisma para ser considerado ídolo de las masas (https://www.chiapasparalelo.com/opinion/2021/11/el-canelo-2/). Pero ahora, después de su segunda derrota en su carrera, los bandos se dividieron significativamente, de tal manera que hay gente que lo odia deportivamente, y el otro que lo ama.

Podríamos decir que las “viejas” generaciones, las que vieron a aquellos extraordinarios pugilistas campeones mundiales como el Púas Olivares, Pipino Cuevas, Salvador Sánchez y, por supuesto, Julio César Chávez, entre otros muchos, son los que invocan falta de técnica y de estilo boxístico, un eufemismo evidente para decir que el Canelo es un mal peleador y, sobre todas las cosas, está inflado por la propaganda y la publicidad. A este sector no se olvida que Saúl Álvarez nació en Televisa.

Por el otro, las nuevas generaciones, para quienes el box es una referencia de espectáculo deportivo, de masas y cuando pelea un mexicano se convierte en un evento nacional porque se canta el Cielito Lindo. El Canelo es un gran peleador, dicen, y quienes lo critican lo hacen por envidia hacia alguien que ha sobresalido pese a todos esos reproches. Esta gente cree en el made-himself y les da gusto que el mejor boxeador del mundo sea mexicano, cueste lo que cueste, es decir, independientemente de ser bueno o no, el hecho está en que es un personaje inclinado siempre a dar el espectáculo requerido y ello es garantía de todo, pasarla bien apoyando a un connacional y pone en alto el nombre de México.

Y ahí radica un elemento para ver por qué tanto empeño en hacer notar la balanza en favor o en contra del Canelo. Sus críticos dicen que es eso, una máquina de hacer shows y dinero, mucho dinero. Una figura que boxea, no un boxeador que pelea. Un actor especializado en espectáculos a gran escala donde lo que menos importa es el box mismo. Pero del otro lado hay una necesidad de tener figuras nacionales a quien seguir y admirar. En este país convulsionado por muchas cosas, la figura de un líder deportivo se hace más constante; un asidero de imaginarios colectivos en donde se “performancea” la necesidad de ser tribu, formar parte de los rituales nacionales que nos haga sentir “dentro de”. Ante la debacle del futbol como aglutinador de las masas deportivas, por todos los escándalos de dineros mal habidos en la liga, la ineficiencia de la selección nacional y los brotes de violencia que han detonado los peores escenarios de crisis futbolera, el afán de tener ídolos deportivos (así como musicales y en el celuloide) representa una válvula de escape y salida a una pertenencia que ahora, más que nunca, la necesitamos. El Canelo Álvarez y el Checo Pérez con seguridad la representan, éste último se cuece aparte y es otro tema también muy interesante en su escalada como actor nacional deportivo.

Al Canelo le hace bien perder. Lo hace humilde como boxeador y le quita, en parte, ese aire de soberbia artificial creada desde Televisa. Desde luego, no hablamos de él, como persona, sino del personaje ahora convertido polémicamente en ídolo mexicano. Ya habíamos dicho que, sin esfuerzo, el Canelo es altruista, buena gente y hasta sencillo; un chavo de 31, millonario (su fortuna es de conocimiento público), que no logra conectar con (todas) las masas nacionales, pero su intención demuestra ciertos grados de “pueblo”.

Perder una pelea también le hace remontar, dejar de lado esa idea de comodidad profesional que siempre le ha antecedido; que pelea con sparrings, con costales haciéndole el juego para seguir en el pedestal, sin osadía, como el mejor del mundo. La revancha va bien siempre y cuando sea franca, o sea, que sepas que perdiste por la buena y debes prepararte mejor para afrontar el futuro duelo. Lo cual hizo el Canelo. E hizo bien y habla mucho de él. Ahora es la oportunidad de demostrar que viene de atrás.

La derrota significa que eres humano y en el deporte se pierde y se gana con cierta facilidad en los dispersos límites de la grandeza, así, a secas, y con el prestigio social que eso conlleva. De ser un “campeón sin corona” y rozar el Olimpo, pero no llegar a ser el más grande de todos.

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