Silvia y Bruno

Casa de citas/ 587

Silvia y Bruno

Héctor Cortés Mandujano

 

Silvia y Bruno es uno de los libros menos conocidos de Lewis Carroll (1832-1898), celebérrimo autor de Alicia en el país de las maravillas, cuyo nombre real era Charles Lutwidje Dodgson

Esta novela, que se publicó en dos entregas (1889 y 1893), no tuvo mucho éxito, entre otras cosas porque no es tan fácil de leer (su estructura es compleja), no necesariamente es para niños, tal vez ni para adultos que buscan libros cómodos. Necesita un público especial. Lewis, desde el prólogo, dice que no quiere escribir nada siguiendo fórmulas, de modo que decidió emprender un nuevo camino con ésta; sin embargo, Silvia y Bruno, y Conclusión de Silvia y Bruno tienen varias cosas en común con los otros libros de Carroll: canciones, poemas, diálogos ingeniosos y a veces absurdos, presencia de animales que hablan (hay un palacio de perros y un rey perro), seres feéricos, algunos juegos de lógica (no olvidemos que Carroll en su vida ordinaria, es decir, como el reverendo Dodgson, era matemático). Me llamó la atención también que uno de sus proyectos, que explicita en el prólogo, es que quiere hacer una Biblia para niños.

Mi libro electrónico tiene la traducción de Axel Alonso Valle. Dice Carroll en su prólogo que cuando escribió Alicia en el país de las maravillas era una historia original; sin embargo, después (p. 30), “el camino que yo exploré de forma tímida –creyendo ser el primero que se había adentrado en ese océano silente– es ahora una calzada más que transitada: hace tiempo que todas las flores de sus márgenes fueron pisoteadas hasta enterrarlas en el polvo; y estaría exponiéndome al desastre si hiciera una nueva tentativa en ese estilo”.

Silvia y Bruno se presentan como dos niños, ella de unos diez años y él de cuatro-cinco (no habla bien todavía, no sabe pronunciar las erres, por ejemplo). Viven con su papá en Exotilandia, de donde, por intrigas de su hermano (aquí comienzan algunas de las constantes referencias shakespereanas), es enviado a Elfolandia, provincia de Hadalandia. Otra referencia a Shakespeare, de varias que hay, es que el rey de las hadas se llama Oberón y su esposa, Titania, como en Sueño de una noche de verano, y Bruno representa fragmentos escogidos de la obra del llamado Cisne de Avón.

El profesor le dice a Bruno (p. 43): “Espero que hayas pasado una buena noche, hijo”, y le contesta Bruno en su lenguaje niño-adulto: “He pasado la misma noche que usted. ¡Sólo ha habido una desde ayed!”.

Foto: Raúl Ortega

Una vez ubicados al padre noble, el tío y su mujer intrigantes (tienen a un hijo tonto), a los niños y a su profesor, uno pensaría que la novela tendrá ese carril y de pronto, sin mayores transiciones, la acción se desarrolla en un tren. Pronto nos damos cuenta que el narrador de la historia que hasta ahora hemos leído es un hombre que va en un tren durmiendo y que lo contado hasta ahora fue un sueño. La novela entonces nos lleva a conocer a Arthur, su amigo, quien está enamorado de Lady Muriel, quien a su vez tiene otro enamorado con el que seguramente se casará. Silvia, Bruno y todos los personajes que conocimos inicialmente desaparecen.

El narrador camina por un bosque y ve a un minúsculo ser: es un hada, ¡es Bruno!, luego ve a Silvia (p. 131): “Un destello de luz interior pareció iluminar una parte de mi vida que prácticamente había quedado en el olvido: las extrañas visiones que había experimentado durante mi viaje a Elveston, y pensé, súbitamente dichoso: ‘¡Aquellas visiones están destinadas a tener relación con mi vida real!”. Los niños-hadas comienzan a ser parte de su vida cotidiana; de hecho ve a Bruno que usa un ratón muerto para medir (en el prólogo a la segunda parte, Conclusión de Silvia y Bruno, Carroll dice que vio a un niño en la vida real haciendo eso) y él le dice que aunque son pequeños (p. 137): “Nunca nadie ha pisado un hada”.

Su pequeñez queda demostrada con esta escena (p. 157): “Silvia se sentó al momento sobre un champiñón diminuto que crecía casualmente frente a una margarita, como si esta fuese el instrumento musical más corriente del mundo, y se puso a tocar los pétalos a la manera de teclas de órgano. ¡Y qué música tan deliciosa y diminuta producían! ¡Qué diminuta y chiquitita!”.

La novela no se cansa de cambiar de rumbo, porque luego que el narrador ya conoce a Silvia y Bruno como hadas, éstos se le presentan como niños normales, y le demuestran que incluso pueden crear personas imaginarias (la palabra holograma supongo que no existía en los tiempos de Carroll, pero esa es la imagen) que pueden engañar a cualquiera sobre su existencia. Las llaman “flizz”; también, claro, pueden crear objetos que parecen reales (aparecen un ramo de rosas) y no lo son.

El narrador presenta a los niños hada con Arthur, lady Muriel y los dos profesores de la realidad (lo dual es marca también de Carroll), y en esta escena, que parece simple, se juntan los dos mundos: el sueño y la vigilia. Uno de los profesores tiene un reloj con el que puede adelantar o retroceder los acontecimientos, o producirlos en orden inverso (como en la película Tenet, de Christopher Nolan). En todo caso, el procedimiento también recuerda la ceremonia del té, en Alicia.

Otra de las dificultades en la lectura de Silvia y Bruno es que Carroll mete varias historias que desvían el camino de las tramas principales, ya de por sí complejas, que suponen las relaciones del narrador con el mundo de las hadas y con el mundo real. Hay incluso una escena donde ponen a un carnero al asador y, por influjo del reloj, todo camina en sentido contrario (p. 211): “¿Pero qué necesidad, oh, lector hipercrítico, decidido a no creer ni un punto de esta rara aventura […]?”, dice Carroll, y cuenta cómo lo contado al derecho se vuelve del revés.

Las ranas tratan de adivinar qué fragmento de Shakespeare va a interpretar Bruno a continuación (p. 217): “Así que, en adelante, cuando oigas a las ranas croar de un modo particularmente pensativo, no te quepa duda de que están intentando adivinar cuál será el siguiente fragmento de Shakespeare que interpretará Bruno”.

Este es uno de los párrafos finales. Es bello (p. 230): “Que desaparezcan, con la noche, el recuerdo de un amor difunto, las hojas marchitas de una esperanza malograda y las enfermizas tribulaciones y los sombríos remordimientos que aturden las mejores energías del alma, y que surjan, creciendo, ascendiendo como una riada viviente, la determinación viril, la voluntad tenaz y la mirada a los cielos de la fe: el fundamento de toda esperanza, la evidencia de lo invisible”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

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