Una niña muerta que mira por la ventana

Casa de citas/ 586

Una niña muerta que mira por la ventana

Héctor Cortés Mandujano

 

En la primera escena violenta de The Suicide Squad (dirigida por James Gunn, 2021), un viejo siniestro mata de un pelotazo a un inocente pajarillo. Eso hace Pinocho con el grillo parlante en la novela homónima escrita por Carlo Collodi  (1826-1890), que regularmente se conoce en las versiones edulcoradas que les sirven en caricaturas a los niños.

Pinocho, la novela (mi ejemplar es de SEP/Editorial Juventud, 2004, traducida por M. T. Dini), es bastante violenta y no elude las muertes (el mirlo que trata de ayudar a Pinocho es muerto por el gato, a la serpiente que ríe se le revienta una vena en el pecho y muere…), aunque tiene diálogos y escenas divertidas. Cuando Gepeto va a buscar a su amigo Antonio, para pedirle madera, éste le pregunta (p. 13): “¿Qué os traído hasta aquí, compadre Gepeto?, y él contesta: “Las piernas”.

Gepeto no decide hacer un muñeco, sino un polichinela (que es un personaje clásico del teatro italiano) y cuando le hace la nariz, sin que todavía hable, ni se mueva solo (p. 16), “empezó a crecer; y crece y crece se convirtió en pocos minutos en una narizota que no se acababa nunca”. También, claro, le crece cuando miente.

El titiritero Comefuego le pregunta a Pinocho (p. 42):

“—¿Cómo se llama tu padre?

“—Gepeto.

“—¿Qué oficio tiene?

“—El de pobre.”

Hay escenas nada fáciles para explicarlas a un niño. Pinocho huye de la zorra y el gato, y encuentra una casa en el bosque. Toca desesperado y una niña se asoma a la ventana y le dice (p. 53):

“—En esta casa no hay nadie. Todos han muerto.

“—¡Ábreme tú, al menos! –gritó Pinocho gritando y suplicando.

“—También yo estoy muerta.

“—¿Muerta? Entonces, ¿qué haces en la ventana?

“—Espero el ataúd que ha de llevárseme.”

Pinocho, que es en bastantes momentos insoportable (mal educado, tonto, malagradecido, etcétera), decide irse con otros niños a un país, que le parece maravilloso, porque odia la escuela (p. 115): “¿Dónde quieres encontrar un país más saludable para nosotros los muchachos? Allí no hay escuelas; allí no hay maestros; allí no hay libros”. A fuerza de sólo jugar y hacer travesuras, los niños de ese país se vuelven, sin metáforas, burros y son vendidos como bestias de trabajo. Los maltratan, los golpean, sin saber que dentro de los burros hay niños. Pabilo, amigo de Pinocho, no aguanta el hambre y el maltrato, y muere.

El hombre que compra a Pinocho decide hacer con su piel un tambor y para eso decide primero ahogarlo (eso hará más fácil despellejarlo). Le pone una piedra en el cuello y lo arroja al mar. Los peces se lo comen y, mágicamente, se vuelve a transformar en el polichinela de madera que es, que ha sido.

Al final, por haberse enmendado y cuidar de Gepeto, por dejar de ser malo y ser bueno, el Hada Azul lo vuelve un niño de verdad.

Ilustración: HCM

***

 

Una de las cosas que más me gustan de las novelas de J. M. Coetzee es su diversidad estructural. El lenguaje no cambia tanto, pero sí el esquema narrativo, la forma. En medio de ninguna parte (Mondadori, 2003, con traducción de Miguel Martínez Lage) es la historia de Magda, una solterona fea y amargada que vive en el desierto africano acompañada por su padre y un sirviente que se casa con una jovencita. El padre se vuelve amante de la joven y eso parece detonar una especie de locura en Magda que la hace contar su historia (es ella la narradora) de distintas maneras: mata a su padre y a su amante de un hachazo; mata solamente al padre a balazos; esconde el cadáver con ayuda, lo medio entierra sola, los quema, etcétera.

La novela está escrita con fragmentos numerados del uno al 266. Dice (p. 8): “No soy una campesina feliz. Soy una miserable virgen negra y mi relato es mi relato, por más que no sea sino estúpida, sombría, ciega, negra historia, ignorante de su propio sentido y de todas sus hipotéticas, felices variantes”.

El hombre que ha tenido cerca siempre es su padre. Por eso sólo puede imaginar a un hombre como él (p. 17): “Cuando pienso en la carne de un varón, blanca, pesada, aturdida, ¿qué carne habría de ser, sino la suya?”. La primera vez que mata a su padre y su amante, a hachazos, lo ve desnudo, describe su sexo (p. 20): “El pez hastiado y ciego, causante de todos mis pesares, adormecido en su entrepierna (¡ah, ojalá hace mucho que se le hubiera arrancado de cuajo, con todas su raíces y sus bulbos!)”.

Entiende, además, que nuestro presente está empapado del pasado, porque una de las características de los personajes de Coetzee es que meditan, filosofan (p. 28): “A fin de cuentas, no son idos los días de antaño”.

Conoce la diferencia injusta de los papeles de género (p. 33): “De haber sido yo varón, no me habría tornado tan desabrida; me habría pasado el día entero al sol, haciendo lo que hagan los hombres, sea cavar zanjas en la tierra, tender cercados, contar ovejas. A mí, ¿qué me queda en la cocina? El charloteo de las criadas, la cháchara, la indisposición y el malestar, los críos, el vapor de las cacerolas, el olor de la comida, el roce de los gatos en los tobillos… de todo eso, ¿qué vida puede hacerse una?”.

Cuando ya no queda claro si lo que está contando ha sucedido en la realidad o sólo en su imaginación, piensa ella (p. 71): “Mis cuentos, cuentos son; no me asustan; tan solo posponen el momento en que he de preguntarme: ¿Es mi propio gruñido lo que oigo entre la maleza?”.

Al final de la novela, comienza a oír voces, una de ellas dice (p. 183): “Dios no ama a nadie […] y tampoco odia a nadie. Dios está libre de pasiones y no siente placer ni dolor. En consecuencia, quien ame a Dios no puede esforzarse por lograr que Dios lo ame a su vez; al desear tal cosa, en el fondo desearía que Dios no fuera Dios”.

Cuando ya ha quedado ¿claro? que asesinó a su padre, que los dos sirvientes se fueron, que está abandonada por todos, hambrienta, nos da dos imágenes que nos hacen desconfiar de lo que ha contado (p. 185): “Me siento en el porche junto a mi padre, viendo cómo transcurren las cosas de este mundo, los pájaros de nuevo ajetreados en la construcción de sus nidos, la fresca brisa en mis mejillas y tal vez también de las suyas”, y (p. 187): “Tiendo a mi padre sobre su lecho, le desabrocho el camisón y le quito el pañal. […] Tiro el pañal viejo al cubo y le pongo uno nuevo”.

La maquinaria novelística de Coetzee está hecha de compleja inteligencia, por eso vale la pena leerlo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

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