Caer y levantarse

«Paisaje rojo», mixta sobre tela. 80 x 100 cms. 2013. De Manuel Cunjamá

Xóchitl estaba pasando por una situación complicada no solo en lo económico sino también en lo emocional, había sido injustamente despedida de su empleo y coincidió con la etapa de trámites del divorcio con el padre de su pequeño hijo Elías.

Una tarde de fin de semana Elías le pidió a su mamá que lo llevara al parque, Xóchitl no tenía ánimos, sin embargo, el niño estaba entusiasmado, ya había preparado su bicicleta y se había cambiado.

—Mami ya tengo mi bici lista, ¿sí iremos al parque? Y yo te invito una nieve, la pagaré con lo de mis ahorros, guardé lo que me dio la abuelita Julieta.

El rostro de Xóchitl dibujó una sonrisa y se acercó a Elías para abrazarlo.

—Claro que iremos Elías, te falta  tu casco, voy por él y  me pongo mis tenis.

Salieron rumbo al parque. El sol estaba radiante, evidencia de una cálida tarde veraniega. Una vez en el parque Xóchitl lo acompañó un par de vueltas, mientras Elías iba en la bici ella iba trotando tras de él, se agotó pronto y buscó un espacio para sentarse y poder estar pendiente de él. Cerca de ella había una familia con dos niños, uno de aproximadamente 7 años -calculó que era quizá un par de años menos que Elías- y otro de unos 2 años. El niño pequeño se movía de un lado a otro, tal cual son los niños cuando descubren la fascinación de poder caminar, desplazarse y correr. Xóchitl estaba pendiente de Elías y se quedó pensando que el niño pequeño podría caer y golpearse si seguía con ese ritmo de movimiento.

Al observar a Elías, Xóchitl se percató que estaba montando la bici con más seguridad que otras ocasiones, eso le dio mucho gusto. De pronto se dio cuenta que el niño pequeño había tropezado con un borde en el piso y había caído, a unos cuantos pasos de donde estaban sus papás. El llanto no se hizo esperar. Ella buscó en su bolso su botellita de gel antibacterial para compartirle a los papás, pero ellos ya le habían puesto agua en la rodilla golpeada y le daban masaje. El pequeño lloró un momento, se dejó apapachar por su mamá y su papá, les mostraba su rodilla. Y en menos de lo que ella imaginó ya estaba de pie nuevamente en busca de una nueva travesía, corriendo y con el rostro sonriente.

Mientras Xóchitl seguía nuevamente la mirada hacia Elías, vio que venía hacia ella, se detuvo y bajó de la bici. Estaba acalorado, se quitó el casco y se sentó a su lado.

—¿Cómo va el paseo en la bici? ¿Te animas a dar otra vuelta?

—Ya me cansé —dijo  mientras Xóchitl le acariciaba el rostro colorado.

—¿Nos vamos a casa?

—Antes te invito tu nieve y me convidas, ¿sí?

Mientras iban caminando en busca del señor que vendía las nieves en el parque, Xóchitl comenzó a repasar el aprendizaje que le había dejado la caída del pequeño esa tarde. Caer y levantarse era algo que estaba presente en todas las personas, en distintas etapas de la vida. Podría ser triste y dolorosa la caída, pero levantarse era una tarea que valía la pena hacer, como ella ante lo que estaba pasando. La voz de Elías la hizo volver la mirada.

—Ahí viene el señor de las nieves, ojalá que traiga de limón, ése es tu sabor favorito.

El rostro de Xóchitl se llenó de alegría, vaya que valía la pena esa ida al parque, Elías era el responsable. A lo lejos se escuchaba…

—¡Nieves, nieves!

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