Café y Política: los años juveniles. (Una nota autobiográfica)

Foto: Archivo UNAM

Después de la comida la platica de sobremesa era conducida por mi padre, el Maestro Andrés Fábregas Roca. Como dice el soneto que Rosario Castellanos le dedicara, “Emigrado, la ceiba de los mayas/Te dio su sombra grande y generosa/Cuando buscaste arrimo ante sus playas/Y al llegar a la Mesa del Consejo, nos diste el sabor noble de tu prosa/De sal latina y óleo y vino añejo”, lo que es una genial y exacta descripción de las maneras de conversar que desplegaba el Maestro Fábregas Roca. En aquellas sobremesas escuchábamos la familia reunida las historias de la guerra de España, la traición de Francisco Franco, el peligro del fascismo, los crímenes de guerra de la Alemania nazi y los caminos perversos del capitalismo. Así que al ingresar a la Facultad de Ingeniería en la UNAM en 1963, ya llevaba sembrada la semilla de una visión de izquierda. En la UNAM disfruté por vez primera de las cafeterías. Cada Facultad poseía su cafetería, lugar de reunión predilecto de los estudiantes. Fuera de las tortas de ensueño que se vendían en la terminal de autobuses de la Ciudad Universitaria (CU), las cafeterías ofrecían sus productos a precios bajos, ajustados a los bolsillos de los estudiantes. Por ello, al ingresar en 1965 a la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), situada en el Museo Nacional de Antropología e Historia, extrañé la cafetería. En efecto, en esa escuela no había propiamente una cafetería sino que los estudiantes teníamos que acudir a la del Museo, con precios que para nosotros eran exorbitantes. Por ello, celebramos que en un rincón del enorme jardín que se extendía frente a la entrada principal del Museo, se instalará una cafetería con precios a nuestro alcance. Entre clase y clase, allí acudíamos Javier Guerrero, Isac Teitelbaum (+), Luis Barjau, Fito Sánchez Rebolledo, An-Marie Vie de Ludlow, Brixi Boehm, Viky Novelo, Beatriz Bueno, José Lamediras, Roger Bartra,y un largo etcétera. En esa cafetería discurrían nuestras discusiones acerca del país y del mundo. Con raras excepciones, como un colega Chileno, todos éramos de izquierda y algunos incluso miembros del Partido Comunista Mexicano. En lo particular, tuve otra experiencia en la cafetería de Ciencias Políticas, al conjugarse el hecho de ser ayudante de investigación de Guillermo Bonfil durante las mañanas y estudiante de antropología por las tardes. En aquellos años previos al 1968, entre 1966 y 1967, Bonfil era Investigador Titular de la llamada Sección de Antropología (dirigida por Don Juan Comas Camps, ilustre antropólogo republicano español) del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (dirigido por Miguel León-Portilla, otro personaje ilustre de la academia mexicana). Por cierto, Don Miguel como le decíamos a León-Portilla, tuvo a bien aprobar mi nombramiento como Ayudante de Investigación de Guillermo Bonfil, lo que siempre que nos encontrábamos me mencionaba: “Fábregas, yo le di a usted la primera beca que recibió” a lo que invariablemente respondía; “Así es Don Miguel y muy agradecido”. En esos años conocí a inolvidables personajes: José Rendón, Mauricio Swadesch, Evangelina Arana, Fernando Horcasitas, autor del Teatro Náhuatl, con quien compartíamos cubículo, lo que me permitió asistir también a Horcasitas mientras escribía su magna obra. Pero lo más interesante era la asistencia a la cafetería de la Facultad de Ciencias Políticas. Parafraseando a Hemingway “era una fiesta”. A las once de la mañana.  Guillermo Bonfil ordenaba, “vamos a tomar café”, ante el visible enojo de Don Juan Comas que para nuestra mala suerte tenía su oficina enfrente del cubículo en el que laborábamos. A hurtadillas nos escurríamos del cubículo para dirigirnos a la Cafetería que no estaba nada lejos, puesto que en aquellos años la Sección de Antropología estaba situada exactamente debajo de las escaleras de la Facultad de Ciencias, contigua a la de Ciencias Políticas. En la cafetería de Ciencias Políticas concurrían Pablo González Casanova, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Juan Brom, Guillermo Bonfil, Pepe Rendón, Alonso Aguilar Monteverde y varios más que se me borran en la memoria. Los estudiantes que éramos ayudantes o protegidos de tan ilustres personajes, nos sentábamos detrás de ellos con nuestra tacita de café (20 gloriosos centavos de aquellos años) para escucharlos departir acerca del mundo, la Revolución, las izquierdas, el conflicto chino-soviético, el estalinismo, la guerra civil española, la Revolución Cubana, el Che Guevara (Bonfil me obsequió en un cumpleaños las Obras del Che, con la dedicatoria: “Andrés, con un fuerte abrazo”), varios de cuyos temas había escuchado en mi propia casa de labios de mi padre, el Maestro Fábregas Roca. No menos de dos horas transcurrían en aquella cafetería convertida en aula viva de Ciencias Sociales. Por las tardes, en la ENAH, en la cafetería del “rincón”, las discusiones seguían con los mismos temas. Se mencionaban los libros del momento como La Democracia en México de Pablo González Casanova. También se hablaba del autoritarismo del régimen de Díaz Ordaz y el “viraje a la derecha” de la Revolución Mexicana justo después del período de Lázaro Cárdenas (1934-1940) y las represiones ejecutadas por el ejército bajo las ordenes presidenciales, como el asesinato de Rubén Jaramillo y su familia, la represión a los maestros, a los ferrocarrileros, a la izquierda en general. Se mencionaba la injustificada encarcelación de los presos políticos como Othon Salazar o Demetrio Vallejo, de quienes se demandaba su libertad. En aquellas cafeterías universitarias, el café y la política estaban unidas. Se conversaba sobre los asuntos del país y del mundo alrededor de una mesa de café. Por eso una vez pasado el Movimiento Estudiantil de 1968 se prohibieron las cafeterías dentro de las Universidades públicas. Recuerdo que en la Universidad Autónoma Metropolitana en Iztapalapa, las sillas estaban atornilladas al suelo para que no se pudiera hacer grupos de más de cuatro. Salíamos a comer en los restaurantes improvisados en las salas de las casas aledañas al Campus Universitarios para platicar en grupos de más de cuatro. En la actualidad, recuerdo que en la UNAM surgieron los puestecitos expendedores de refrescos y chucherías. Luego vinieron los restaurantes, algunos de ellos de plano de lujo, pero nada como aquellas maravillosas cafeterías de antaño. La vida estudiantil sufrió un cambio radical. Se desterró al café y a la política. Sólo se puede hablar de ello en el aula y eso con todas las limitaciones que implica. Quizá esté equivocado pero percibo que la ausencia de esas cafeterías le quitaron a la Universidad un espacio vital. O será la nostalgia de aquellos días lo que no me deja ver claro. El tiempo lo dirá.

Ajijc, Ribera del Lago de Chapala. A 18 de septiembre, 2022

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